domingo, 23 de marzo de 2014

ESE MITO LLAMADO PARÍS

Hace unos años, ya lejos de mi “levítica villa” y del desgarbo adolescente, habría imaginado que París para mí sería el rodeo nostálgico por los pasos de los bohemios latinoamericanos exiliados allí; la persecución de Cortázar; el mapa de los pasos de Oliveira en sus encuentros y desencuentros con la Maga, con Pola, con ese “centro” que solo intuye o sospecha, como aquellos escritores que también sospechaban la existencia de algo etéreo.  Creyeron que al poner de por medio al Atlántico entre ellos y sus (nuestros) convulsionados países encontrarían “lo latinoamericano”, si es que algo como eso existe o, a lo mejor resultó siendo solo una ficción compuesta por esos escritores del “boom”, como algunos llegan a creer.

A pesar de ese magnetismo que para mi ejerce el viaje de “los expulsados”, la maratónica visita a París no fue el Boom latinoamericano, no fue la literatura.   París provoca esa sensación extraña de haber arribado tarde, de llegar a una casa donde ya todo el mundo hizo sus maletas y se fue dejándolo todo limpio, ordenado, terriblemente intacto.  Algunas de sus calles se antojan museos o cementerios, muy bellos por cierto, que alojan los cuerpos, sino inertes, al menos dormidos de algo que alguna vez estuvo vivo y vibrante, y lo digo con la fascinación que los cementerios me despiertan.  En estas palabras no hay ningún remedo de decepción romántica, no es necesario un diagnóstico suspicaz que me asocie con el síndrome aquel que ataca a los pobres japoneses: japonés cuello entumido en dirección Notre Dame, obtura.  Japonés candado en Pont des Arts, obtura.  Japonés sonrisa indiscutiblemente nipona delante de Torre Eifell, obtura. Japonés búsqueda infructuosa de Amelie, obtura.  Japonés taticardia.  Japonés ansiedad.  Japonés repatriado.

París, como todos los lugares, está en la memoria etiquetada con muchos nombres propios que como post its abultan diminutos puntos en los mapas ajados de tanto doblarse, desdoblarse y arrugarse en el bolsillo entre otros tantos papelitos con anotaciones importantísimas.  Servilleta con nombres de calles garabateados. Diminuto papel rasgado con algún número telefónico de sujeto prometedor.  Tiquete de metro que recuerda que no hubo alternativa frete a la euro-multa. Palabra en idioma desconocido. Frase espiada que merece ser recordada pero que por la premura se convertirá en un mensaje críptico imposible de descifrar.  Palabras, palabras, números, nombres, nombres, palabras.  Entre todos los nombres propios dibujados en mi mapa de París,  el que más se repite es el de mi peludo hermano.  París está almacenado en mi memoria con la inicial del nombre con el que lo llamo. París es el reconocimiento de que nuestras vidas no van a andar en paralelo la mayoría de las veces, pero que al menos propiciaremos unas tantas intersecciones. París son largas caminatas imaginando lugares desconocidos y misteriosos donde nos daremos cita.  París es también otros nombres poderosos, como el de aquella leyenda de la fotografía cuyas imágenes miré como hechizada, es el nombre de aquella amiga con la que desvariamos sobre la memoria, sobre los amores (así, en fabuloso plural) sobre lo que se desvanece con ese acento tan suyo que a veces en claro español ya se le escapa.  Pero sobretodo, París es una fotografía en un blanco y negro muy sucio, donde se ve un vampiro que mientras rodea con una capa negra a su víctima, se acerca, no ya para morderla, sino para besarla.  (Al final puede ser cierto, París y la cercanía con la primavera ponen romántica a la gente.)





Un poco más de París:  https://www.flickr.com/photos/karinadelgado/sets/72157642783270365/

En mi web: http://www.anakarinadelgado.com/#!por-las-ciudades/c1cev



lunes, 17 de marzo de 2014

EL CLUB DE LOS RABIOSOS (VII): Por Chuchito lindo (Por: El Negro)

    Yo no se, pero pa’ mi que el viejo Cantor tiene su guardado. Yo no termino de creer todo lo que dice de su mujer cuando está así, pasadito de brandys: que yo tanto que la quiero; que desde que la vi sentadita en la cerca esa de piedra que había por su rancho, mirando pa’ fuera, pa’lejos, se me hizo chiquito el corazón, me dije: Eusebio Cantor, hijo de Eusebio Cantor padre, esa mujer es la que mi diosito le mandó, agarre y cójala.  Eso dice él, y entre trago y trago empieza a echar todo ese cuento de cómo empezó a pasar sagradamente todos los días a dejarle frutas a la tía de ella, que era la que cuidaba a la vieja Cantor, cuando no era ni vieja ni mucho menos “de Cantor”, y la cuidaba porque la mamá se murió dándole un hermanito a la vieja, y el papá, según dice el viejo, se murió de pena, de pura tristeza sin su mujer. Y así, entre fruta y fruta fue ablandando a la tía de la vieja, hasta que un día la señora le dijo a su sobrina –vístase mija que usted se va con ese señor.  Y él se la llevó, la sacó del rancho con cerca de piedra y se la llevó pal' pueblo. Y dice el viejo Cantor que desde ese día la vieja ha sido la mujer más contenta, y él, el hombre más de buenas porque le tocó una mujer de su casa, juiciosa y buena, aunque su barriga nunca le pudo dar ni un solo hijo; que eso, según el viejo, es como brujería, como una maldición que su mamá le pasó al morirse, la maldición de no quedar nunca preñada. Él dice que es mejor, porque a lo mejor la vieja se habría muerto, como su mamá, pariendo un niño para el viejo Cantor.
     Con todo y eso, yo si soy de los que cree que al viejo Cantor la que le pone chiquito el corazón es la señora Socorro.  Sino a cuenta de qué el viejo Cantor le cuida tanto a su hijo el Darko.  Porque a mi también me ha tocado salir pitado de la casa cuando a mi papá se le alborota el animal por el aguardiente, y mi mamá nos abre la puerta a escondidas pa’ que salgamos y el “señor” no nos pegue más.  Pero a mí nunca, por más que le he pedido, el viejo Cantor me ha guardado en su casa. 

     Yo creo, como creen varias señoras que yo he oído, que el viejo Cantor lo que está es enamorado de la doña Socorro, y por eso tanta cosa con el Darko, tanto cuidado tan raro.   Y es que yo lo he visto, por Chuchito lindo que lo he visto cuando ella entra a la tienda a pedirle la harina de arepas o el arroz, y él, ahí hecho una baba, blandito blandito, que casi ni es capaz de mirarla de frente.  Y cuando ella sale,  él rapidito se toma un pocillado lleno de brandy y pone música duro, tan duro que desde adentro la vieja de Cantor pega un grito, y yo creo que no es por la música sino de puros celos; porque ella también debe saber, como también sabe el papá del Darko, que cuando camina por esta calle, nunca lo hace por el andén de la tienda del viejo a menos que venga a buscar al Darko, y ahí si entra lleno de coraje. Y yo creo que su rabia cuando entra no es por el Darko, porque se haya ido volado cuando oyó hablar del ejército, sino por su señora Socorro, porque siempre le han querido quitar lo que es suyo.  Aunque eso de que ella sea de él también tiene su engaño, ahí también hay otra historia, y a mi me podrán decir “ve este Negro tan mentiroso”, pero uno ha escuchado cosas, cosas que suenan a cierto.

EL CLUB DE LOS RABIOSOS (VI) (Por: Lucho)

     Cuando no teníamos mucho sobre que hablar, que no pasaba muy seguido, caminábamos desperdigados por la calle, cada uno contando a baja voz los pasos, para que al final, cuando llegábamos a donde íbamos, cada uno dijera cuántos pasos había dado desde que la charla se acabó.  Yo siempre dejaba que ellos dijeran su número de pasos primero, para luego yo decir un número cercano al suyo.  Yo nunca contaba mis pasos, yo iba cabezón, dándole vueltas a alguna tontería, casi siempre a lo mismo: a la morenita que me dejaba quieto y sudoroso cuando pasaba al lado mío sin mirarme, al asunto ese del Darko y la pandilla, y claro, a los aviones, a esas ganas locas de estar dentro de uno alguna vez; y de nuevo la morena, de nuevo la pandilla.
–Setenta y cinco y ni uno más.
–¡Ciento ocho!
–Que pelado tan paticortico–  dice el Negro y se echa a reír.
–¿Y usted?
–Ochenta y dos
El negro le da un codazo al Flaco luciendo su sonrisita lateral.
–¿Cómo hará este para quedar siempre en el medio? ¿ah?
Del otro lado de la barra de madera, como siempre, estaba el viejo Cantor. Siempre fue muy gracioso que el viejo jamás cantara, ni borracho, ni triste, y según decían ni dándose un baño el viejo Cantor se permitía cantar.
Ese día el Flaco entró mirando para todos lados y el Negro se sentó frente al viejo Cantor en una de esas sillas altas y poco seguras:
–¿Se va invitar un brandisito Don Cantor?
–No chino, yo no le invito a un pobre diablo que en su puta vida va a tener con qué devolverme el favor.
Y soltó su risa ronca que olía ya a muchos brandys.
En la tienda, que se me parece tanto a los bares esos de las películas gringas de vaqueros después de que el malo ha pasado arrasando con todo, no había un alma además de la del  viejo Cantor.  Mientras esperábamos en la puerta, solo entró una mujer bajita y regordeta pidiendo una libra de sal fiada, el viejo se la dio de mala gana y casi con rabia anotó en un cuaderno desgastado y amarillento el valor que ella le quedaba debiendo.
–¿Están buscando al perdido? ¿Qué tendrá ese pelado que lo visitan tanto?
Yo, él menos malo, el más decente, al que el viejo le tenía algo de cariño, aunque hablar de cariño puede ser demasiado,  era el encargado de buscar el acceso al encaletado.
–¿Y se le puede hacer otra visitica don Cantor?
El viejo me miró por encima de sus gafas gruesas de carey e hizo un gesto casi imperceptible que uno sabe que en el fondo es aprobación, y el Flaco, con ese descaro suyo, se le acercó con varias botellas abrazadas contra el pecho.
–Nos anota estas y una cajetilla don Cantor.

–Esas son las últimas, mocosos de mierda. Si no me pagan la semana entrante vamos a tener un problema ni el berraco.

lunes, 10 de marzo de 2014

DEL FUTURO (?)

Marzo 9 de 2014  Aeropuerto Orly París

Hace nueve días salí de los campamentos de refugiados Saharauis en Tindouf, Argelia, y siento que no solo la continuidad de mis textos quedó interrumpida, todo quedó como suspendido, yo misma suspendida; sobre mi cabeza creo que flota, como un globo de helio, una copia de mi cuerpo que huele a incienso.  Todo lo tengo aún por contar, todo por mostrar.  Las notas caóticamente tomadas en varios cuadernos arrugados y en cientos de imágenes hechas con las cámara esperan un poco de calma para ser organizadas.  Mientras tanto la otra parte del viaje sigue, aunque este miedo a la enfermedad del olvido cada tanto viene a zumbarme en el oído como una ambulancia que perdida rodará en círculos alrededor mío.

Justo ahora que trato de evadir la corriente de frío que se alcanza a colar en el hall del aeropuerto pienso en la finísima arena que sobre el asfalto baila como si fuera fuego, como si fuera humo.  Pienso en el interior de aquella jaima enorme y luminosa que con ambas puertas abiertas dejaba ver pasar a los vecinos; pienso en ese bebé que de seguro ya nació en casa de Galia, un saharaui más, otro que engrosa la lista de los nacidos en los campamentos, lejos de casa.

Del futuro... y otras historias de miedo, así debería titularse este o algún texto, uno que consiguiera contar que lo que quizás hace más dura la vida en los campamentos hoy, es la desesperanza por lo venidero.  ¡No futuro! parecen decir algunos saharauis con sutiles gestos, con pausas silenciosas, con palabras desganadas: Para qué, si luego aquí en los campamentos no hay nada que hacer, me dijo un chico joven cuando le pregunté si quería seguir estudiando. ¿Para qué? Y claro, lo que el mundo necesita de sus mezquinos moradores a lo mejor no es conocimiento enciclopédico, diplomas, tal vez ni siquiera destrezas técnicas, operativas y artesanales.  Lo que es necesario puede ser otra cosa, pero sea cual sea, debería tener su motivación en la certeza del porvenir, en la sospecha de que un poco más allá de este día se avecina uno más; que esto que hago hoy, sea cual fuere el resultado, tiene un eco en otro tiempo, en mañana.   ¡No futuro!  diría alguien que es eso que se respira en los campamentos.  No futuro aquellos que se alejaron por más de una década de su familia y su pueblo para formarse académicamente en Cuba, en Polonia o en la más cercana España y que hoy, en los campamentos, apenas si han podido ejercer y utilizar laboralmente sus conocimientos. No futuro los estudiantes de la escuela donada por Venezuela (Simón Bolívar, por supuesto se llama la escuela) donde los chicos estudian con el modelo cubano para continuar su formación profesional en Cuba o Venezuela, proyecto hoy represado por las débiles economías de sus padrinos latinoamericanos. Frente a este panorama, los estudiantes se ven enfrentados a la dificultad de seguir estudios en Argelia donde necesitarían haber estudiado árabe o francés en lugar de español, y donde además les haría falta cursar un año más para lograr la equivalencia del modelo educativo.  No futuro los saharauis que resisten y luchan en medio de las represiones del ocupante y del olvido de los poderes internacionales.  No futuro los soldados.  No futuro las madres, las esposas.  No futuro aquel que cada tanto vende lo que tiene para ir a buscar una porción de trabajo al otro lado del Mediterráneo. No futuro el pequeño comerciante.  No futuro el carnicero que vende la carne de ese camello que comió encerrado en un corral.  No futuro el mecánico que con partes de recambio prolonga la vida de los viejos Mercedes de motores robustos que resisten la hammada, de los clásicos Land Roverd y de las camionetas.  No futuro las mujeres que cada vez ven más reducidas las ayudas humanitarias como coletazo de las crisis en la Unión Europea.  No futuro la diplomacia.  No futuro la causa saharaui, bien podría decir un ingenuo, ¡pero sí que hay futuro!  Sí hay certeza del mañana, una certeza abrumadora.   Los saharauis saben que regresarán a su territorio plenamente liberado, no saben cuándo ha de suceder, pero saben que pasará.  No existen muchos atisbos de certeza sobre el porvenir practico: el laboral, financiero, educativo y tantos otros empezando por los referidos a las necesidades básicas, pero la victoria de la causa, la liberación y el retorno es una certeza que creo sentir en todos.  Hay futuro en un pueblo que hizo habitable “el infierno”, que vinculó a sus tribus dispersas para luchar juntos contra el colono y luego contra el ocupante.  Uno que ha conseguido la proeza de construir un estado, organizarse política y administrativamente en un campamento de refugiados.   
Aunque en el aire se siente la zozobra, este -no tengo dudas-  no es un pueblo sin futuro. 

– Ojalá la próxima vez nos veamos en L’Aaiün liberado, dijo alguien, dijeron muchos. Inshallah.

Más fotos en mi web:  http://www.anakarinadelgado.com/#!inshaallah-la-vida-entre-parntesis-/c2ra