domingo, 9 de febrero de 2014

III: VIAJE AL CORAZON DEL DESIERTO


Febrero de 2014. Agüenit, Sahara Occidental.  Territorios liberados por el Frente Polisario.

Lo que nos trajo hasta aquí es un encuentro con al diáspora del sur, los exiliados en Mauritania, poetas y activistas. También han venido saharauis que viven en los territorios ocupados, son la intifada, el levantamiento popular, la resistencia.  Junto a mi amigo voy con calma de habitación en habitación tomando el té con unos y otros, escuchando al poeta que revuelve un manojo de papeles amarillos mientras habla del “don”, de que el poeta nace siendo tal, que está en la sangre y la tierra la poesía.  Otro, envuelto en su bella darráa (túnica tradicional saharui y mauritana azul o blanca) dice que quien ha resistido estas ancestrales condiciones extremas de la naturaleza, puede resistirlo todo, puede consagrarse a su causa, una que empezó de la nada, con dispersos grupos que robaban armas a los españoles poseídos por la sed de independencia.




Luego vamos a buscar a nuestros amigos soldados siempre al amparo de una talja haciendo el té y contando historias por turnos, porque como me dijo algún saharaui, los libros son frágiles, se extravían, se rompen, habrá algunos que solo llegan a ser leídos por su autor o un solo lector; la voz en cambio es imperecedera, lo que se conversa es escuchado por todos, se eterniza pasando de boca en boca. Por eso aquí, los viejos, e incluso los no tan viejos, son bibliotecas vivas y la conversación entorno al té es mágica y esencial.

En el evento ha habido carreras de atletismo corridas a pie descalzos o en sandalias, fútbol en medio del desierto, voleibol y una exposición de pinturas y de fotos de algunos mártires de la zona, así: mártires, aquí no se habla de victimas, porque los que han muerto en la guerra por la independencia lo hicieron dando testimonio de su causa.

Ha habido también una maniobra militar.  En una infinita llanura se ha dispuesto un ficticio enclave marroquí, y los militares saharauis lo atacaron varias veces.  La gente, civiles y militares, se esparcieron sobre un escarpado galb donde muchos se mimetizaban y desde allí los hombres vitoreaban las hazañas y a cada estallido las mujeres daban emotivos etzegarit (grito festivo femenino que se emite moviendo la lengua de lado a lado).  Se combatió con infantería, con armas de largo alcance, con tanques.   Viendo el espectáculo creía escuchar a los Saharauis gritar ¡estamos listos, más que antes, más que nunca, estamos listos para la guerra! Muchos consideran ya caduco el camino diplomático, como el veterano aquél en los campamentos  me dijo que Marruecos no entregará nada voluntariamente, habrá que arrebatárselo dando la batalla como antaño –dijo él- cuando mujeres y niños también salieron a enfrentar dos ejércitos más fuertes y numerosos, pero aun así ellos, los saharauis, consiguieron la rendición de uno de los adversarios (Mauritania).   Mirando fijamente a mi cámara, el anciano dijo que los Saharauis son buenos por las buenas, y malos, muy malos, por las malas.

En medio del ambiente festivo, los soldados de nuestra escolta se inquietaron, había mucha gente desconocida, así que ellos permanecían muy cerca de mi, temían por la cercanía con Mauritania donde hay bandas de secuestradores de extranjeros, que aunque se disfrazan de causas musulmanas, no son más que extorsionadores.  Yo no tengo miedo, nunca pensé sentirme segura y feliz junto a militares.  Es que estos no son hombres de armas, ni siquiera las exhiben, son guerreros, revolucionarios, dicen ellos mismos.  




En las noches, en un escenario en medio del desierto protegido del viento por un enorme círculo de tráileres, sucede el evento cultural, música saharaui cantada por mujeres con melfas tradicionales, poetas que recitan, temas humorísticos alguno, pero la mayoría aborda asuntos políticos asociados a la causa.  Aquí hasta los soldados son poetas, con su uniforme puesto se levantan orgullosos a recitar; uno sobretodo, muy joven y con semblante severo, ha tenido gran éxito entre el publico, me dicen que su poesía increpaba a los políticos, exigía abandonar el camino diplomático, el de la espera pacífica, para una vez más, tomar las armas y recuperar lo que les pertenece.

Este viaje a los territorios liberados ha sido poderoso y esclarecedor, pero terriblemente acelerado, los periodistas siempre tienen prisa y había una agenda que cumplir por temas diplomáticos y de seguridad.  En este viaje aún no pude acercarme a la vida beduina, a la de los nómadas que persiguen las nubes con sus rebaños de enormes camellos, pero al menos pude verlo, ver el desierto, respirarlo.  No conocí a los beduinos pero si conocí a los militares del Frente Polisario.  Los chicos de nuestra escolta y los conductores eran hombres recios, con sus pieles duras como rocas y sus manos fuertes y enormes, pero tan dulces, tan cálidos, que acorralaron mis prejuicios. 
Tomamos el infinito té con los chicos, soldados y conductores, además del “Doc”, el médico gastroenterólogo formado en Polonia e Italia que trabaja y trabaja en los campamentos y en los territorios liberados.  Escuché sus historias aun sin entenderlas, por el solo placer de compartir el tiempo con ellos, de estar en su “casa grande”, en el desierto con sus anfitriones.


En la cima del galb con Daf y Sgayer.  Del otro lado de la cámara Aidid.


Estoy en el territorio liberado rodeada por un espacio imponente y bellísimo, y mis amigos, los militares del Frente Polisario, bromeando me llaman cariñosamente Karina Lemyenina (antes me llamaban Karina Cafur, como una actriz hindú famosa) Karina Lemyenina: la muy loca, la loquísima.  En un escapada hemos escalado un galb, del galaba de Agüenit, es una montaña de piedra negra pulida y brillante.  Desde aquí pareciera que se ve el mundo entero, que no puede haber nada más que esto que veo.  Estar aquí produce unas irresistibles ganas de gritar, gritar y gritar, o en mi caso cantar a gritos: “cuando calienta el sol aquí en la playa”.  Daf, uno de los soldados de aparente mirada dura, pero dulcísimo como pocos, se ha contagiado de la locura, y canta a gritos la misma frase que yo aunque no entiende lo que digo.  Así, gritando la única frase que recuerdo, los dos andamos por la cima del galb entre carcajadas y palabras incomprensibles que van y vienen entre ambos.  –¿Qué playa? Pregunta Aidid, aunque él ha cantado durante todo el viaje eso de “alza la vela, coge el timón”.  Ha de ser esa idea de que el desierto es un enorme océano sin agua.  Aunque parezca una frase hecha, un lugar común, todo aquí parece la promesa o la huella del añorada agua: los espejismos que mienten lagunas, los fósiles marinos, los conductores marineros.

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AFICIONADA


Febrero de 2014. Tifariti, Sahara Occidental.  Territorios liberados por el Frente Polisario.

Cuando era muy chica solía preguntarme cuál sería el mejor súper poder que podría tener, consideraba todos los que se me ocurrían pero siempre terminaba eligiendo la invisibilidad. Un buen día en que conocí la palabra, añadí la ubicuidad a los súper poderes que deseaba.  Aún quiero con fuerza esos poderes (baraka dirían aquí).  Quisiera ser invisible, desvanecerme para que, aquellos que miro y trato de conocer puedan ser -cuanto sea posible-  lo más cercano a lo que son cuando no les estoy mirando.  La ubicuidad, por su parte, más que tratarse ahora de estar en simultanea en diferentes lugares físicos, creo que se trata de estar en dos lugares culturales, dos cosmovisiones a la vez.  Estar enteramente con aquellos que quiero conocer, entregada a quienes visito, pero, a la vez no dejar de habitar la que soy, mi origen, el pasado que en gran parte me compone. La ubicuidad sería estar con aquellos que miro sin pretender desembarazarme de la que soy. 

Estar con los Saharauis me enseña todo el tiempo, sobre la paciencia, la camaradería, la liviandad, la fuerza y la perseverancia.  Estar cerca de estos periodistas argelinos también me enseña, en ellos veo lo que no quiero ser.  Si ser profesional implica esa lejanía, esa mirada en picada, ese sutil menosprecio por el otro, no quiero serlo.  Si ser aficionada es entre otras cosas, fotografiar y mirar con asombro una puesta de sol claro que si, soy una aficionada.  Por estos días aficionada me suena a corazón y tripas; profesional a dinero, a ego, a reconocimiento.    ­–¿ella es una profesional? preguntó uno de ellos a mi amigo.  Él dijo sí frente a la incredulidad del otro que me miraba fotografiar la silueta de Daf con el atardecer amarrillo detrás suyo.  Yo diría que no.  Sin soberbia digo que soy aficionada, buscadora, ladrona, eso es lo que soy.

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II: VIAJE AL CORAZON DEL DESIERTO


Febrero de 2014. Agüenit, Sahara Occidental.  Territorios liberados por el Frente Polisario.

En el galb Rich (galb: literalmente traduce corazón, se refiere a una montaña de piedra) que aunque su nombre en español es  "pluma", a mi me resulta más como el lomo de un enorme dragón oculto bajo la arena, empieza Tiris; Tiris fecundo, la tierra del mejor pasto, de la libertad beduina.  En esta zona hay menos vegetación y muchos e imponentes galaba (plural de galb) de todas las formas posibles, angulosos, redondos, alargados y chatos.  Allá, al fondo, veo uno que me recuerda una teta, una teta de niña que parece estar coronada por un pezón plano y alto.  En el carro en movimiento sigo viendo el galb teta pero ahora más que eso parece una enorme jaima.  Antes, en mi sueño, fue jaima-barco, ahora jaima-galb, jaima-teta, teta-barco.




De camino nos detenemos a comer algo rápido, un sándwich de sardinas o atún, pero aún cuando no se cocina para no gastar demasiado tiempo, siempre se enciende un fuego a la sombra de una intrincada talja, se prenden sus ramas y se separan unos carbones ardientes para hacer el té lentamente.  Se hidratan las hojas y se pone al fuego. Antes de extender los vasos se derrama un poco de agua para que no se pegue la arena, y con delicadeza, quien hace el té, empieza a pasarlo de vaso en vaso para que  haga espuma.  El té del descanso y de la conversación, que recuerda el mate gaucho y la hoja de coca de los pueblos andinos.

Después de dos largos y poderoso días atravesando el Sahara Occidental en caravana a unos 100 km/h, a veces un poco más, a veces un poco menos, llegamos a destino.  Tuvimos un par de averías y en la segunda noche nos hemos perdido aunque nuestro conductor seguía esa estrella que también yo miraba pero que parecía acercarnos demasiado a una base militar Mauritana en la frontera.  El coche saltaba furiosos dunas y resbaladizos wed y yo sentía que iba mar adentro y que no quería detenerme, quería seguir y seguir viendo a través del vidrio las estrellas, sospechando que más allá del cono de luz que producía el auto sobre la arena, no había nada o estaba todo oculto, en silencio para no ser detectado.


Lo que vino después fue la desesperación argelina, el estrés de los saharauis más occidentalizados. Al parecer continuábamos perdidos, pero ahora no valían de nada los GPS  que iluminaban las caras argelinas.  Buscábamos una puerta por la que teníamos que entrar al territorio de Agüenit. Una puerta que en realidad eran dos columnas adornadas con banderas de la RASD.  Sí, una puerta perdida en medio de la oscuridad del desierto.  Cuando por fin la encontramos pudimos decir que, ahora si, estábamos en Agüenit. Toda esta es la tierra que ha de ser el principio o el final de todo. Es el territorio liberado en batalla por el frente Polisario, es la tierra libre, aunque hay aún quienes temen vivir aquí nomadeando, temen que en cualquier momento Marruecos haga una escaramuza.  Es una tierra fuerte que respira vida, tierra legendaria que los suyos han nombrado recordando el cuerpo humano: las enormes montañas de piedra pulida por la erosión y el tiempo se llama Galb, corazón en español, muchos corazones forman Galaba, cadenas de montañas negras e imponentes.  También hay colinas con formas diversas: dala (costado), sen (diente) hayeb (ceja) esbee (dedo)  hanfra (nariz) sag (piernas). Fuentes de agua: ain (ojo,  aiun: ojos) y largas dunas, erg (vena).  Esta tierra es el cuerpo y está en el cuerpo de los saharauis, es tierra viva y vibrante.

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