lunes, 10 de marzo de 2014

DEL FUTURO (?)

Marzo 9 de 2014  Aeropuerto Orly París

Hace nueve días salí de los campamentos de refugiados Saharauis en Tindouf, Argelia, y siento que no solo la continuidad de mis textos quedó interrumpida, todo quedó como suspendido, yo misma suspendida; sobre mi cabeza creo que flota, como un globo de helio, una copia de mi cuerpo que huele a incienso.  Todo lo tengo aún por contar, todo por mostrar.  Las notas caóticamente tomadas en varios cuadernos arrugados y en cientos de imágenes hechas con las cámara esperan un poco de calma para ser organizadas.  Mientras tanto la otra parte del viaje sigue, aunque este miedo a la enfermedad del olvido cada tanto viene a zumbarme en el oído como una ambulancia que perdida rodará en círculos alrededor mío.

Justo ahora que trato de evadir la corriente de frío que se alcanza a colar en el hall del aeropuerto pienso en la finísima arena que sobre el asfalto baila como si fuera fuego, como si fuera humo.  Pienso en el interior de aquella jaima enorme y luminosa que con ambas puertas abiertas dejaba ver pasar a los vecinos; pienso en ese bebé que de seguro ya nació en casa de Galia, un saharaui más, otro que engrosa la lista de los nacidos en los campamentos, lejos de casa.

Del futuro... y otras historias de miedo, así debería titularse este o algún texto, uno que consiguiera contar que lo que quizás hace más dura la vida en los campamentos hoy, es la desesperanza por lo venidero.  ¡No futuro! parecen decir algunos saharauis con sutiles gestos, con pausas silenciosas, con palabras desganadas: Para qué, si luego aquí en los campamentos no hay nada que hacer, me dijo un chico joven cuando le pregunté si quería seguir estudiando. ¿Para qué? Y claro, lo que el mundo necesita de sus mezquinos moradores a lo mejor no es conocimiento enciclopédico, diplomas, tal vez ni siquiera destrezas técnicas, operativas y artesanales.  Lo que es necesario puede ser otra cosa, pero sea cual sea, debería tener su motivación en la certeza del porvenir, en la sospecha de que un poco más allá de este día se avecina uno más; que esto que hago hoy, sea cual fuere el resultado, tiene un eco en otro tiempo, en mañana.   ¡No futuro!  diría alguien que es eso que se respira en los campamentos.  No futuro aquellos que se alejaron por más de una década de su familia y su pueblo para formarse académicamente en Cuba, en Polonia o en la más cercana España y que hoy, en los campamentos, apenas si han podido ejercer y utilizar laboralmente sus conocimientos. No futuro los estudiantes de la escuela donada por Venezuela (Simón Bolívar, por supuesto se llama la escuela) donde los chicos estudian con el modelo cubano para continuar su formación profesional en Cuba o Venezuela, proyecto hoy represado por las débiles economías de sus padrinos latinoamericanos. Frente a este panorama, los estudiantes se ven enfrentados a la dificultad de seguir estudios en Argelia donde necesitarían haber estudiado árabe o francés en lugar de español, y donde además les haría falta cursar un año más para lograr la equivalencia del modelo educativo.  No futuro los saharauis que resisten y luchan en medio de las represiones del ocupante y del olvido de los poderes internacionales.  No futuro los soldados.  No futuro las madres, las esposas.  No futuro aquel que cada tanto vende lo que tiene para ir a buscar una porción de trabajo al otro lado del Mediterráneo. No futuro el pequeño comerciante.  No futuro el carnicero que vende la carne de ese camello que comió encerrado en un corral.  No futuro el mecánico que con partes de recambio prolonga la vida de los viejos Mercedes de motores robustos que resisten la hammada, de los clásicos Land Roverd y de las camionetas.  No futuro las mujeres que cada vez ven más reducidas las ayudas humanitarias como coletazo de las crisis en la Unión Europea.  No futuro la diplomacia.  No futuro la causa saharaui, bien podría decir un ingenuo, ¡pero sí que hay futuro!  Sí hay certeza del mañana, una certeza abrumadora.   Los saharauis saben que regresarán a su territorio plenamente liberado, no saben cuándo ha de suceder, pero saben que pasará.  No existen muchos atisbos de certeza sobre el porvenir practico: el laboral, financiero, educativo y tantos otros empezando por los referidos a las necesidades básicas, pero la victoria de la causa, la liberación y el retorno es una certeza que creo sentir en todos.  Hay futuro en un pueblo que hizo habitable “el infierno”, que vinculó a sus tribus dispersas para luchar juntos contra el colono y luego contra el ocupante.  Uno que ha conseguido la proeza de construir un estado, organizarse política y administrativamente en un campamento de refugiados.   
Aunque en el aire se siente la zozobra, este -no tengo dudas-  no es un pueblo sin futuro. 

– Ojalá la próxima vez nos veamos en L’Aaiün liberado, dijo alguien, dijeron muchos. Inshallah.

Más fotos en mi web:  http://www.anakarinadelgado.com/#!inshaallah-la-vida-entre-parntesis-/c2ra

martes, 25 de febrero de 2014

AIRES DE PAZ, VENTARRONES DE GUERRA


Febrero 2014. Protocolo de Smara, Campamento de refugiados Saharauis en el sur de Argelia

Me pregunto cómo se verá este lugar cuando todo termine. Cómo se verá la hammada Argelina sin los saharauis precariamente poblándola. Hoy, cadáveres de autos están sembrados como si algún gigante los hubiera esparcido al azar o los hubiera apilado juguetonamente. Si hoy restos de viejos contenedores de agua y de elementos de construcción están dispersos en los campamentos, qué quedará cuando los saharauis regresen a la añorada badía. (Badía designa algo como nuestro campo. Beduino, campesino, poblador de esos espacios extensos y poderosos) Añorada incluso por aquellos que no la conocen más que por las nostálgicas historias de los ancianos y por las imágenes fragmentarias y tantas veces frías de la tv. Yo misma he visto más badía que muchos de los niños y jóvenes de los campamentos.



Cuando llegué y caminé por primera vez entre las casa y jaimas, cuando vi a Smara desde una pequeña colina de piedras, me pregunté cómo hacen los saharauis para no sentir en este pedazo de tierra estéril, hostil y claramente prestada, un fragmento de patria, un suelo al que arraigarse.  Para muchos, a pesar de ser la tierra del exilio, es lo más parecido a un hogar –pensé– lo único que han conocido. Aquí nacieron, crecieron, se casaron y tuvieron hijos, o esperan tenerlos; muchos niños –dijo un joven amigo– necesitamos muchos porque somos pocos. La otra, el Sahara, es la tierra prometida, el paraíso que saben que un buen día, cuando dios quiera –inchallah– ya no será una promesa, será casa de nuevo. 





Pero estos ya no son nómadas, son otra cosa, una suerte de sedentarios en un territorio transitorio que han tenido contacto con otras formas de vida, que en esta estancia forzosa en los campamentos han configurado otros ritmos de vida, otras maneras de verla y entenderla, a lo mejor otros deseos, alejados de los sueños de antaño en el desierto. Este es un pueblo simultáneamente nuevo y milenario que, empujado por los hechos, lleva cuarenta años inventando una nación. Aun cuando es un pueblo que se renueva por el contacto con otras culturas y las mismas estrategias de supervivencia, en la relación con el visitante, en las dinámicas al interior de las familias, en procesos sociales determinantes como el matrimonio, se conservan las antiguas tradiciones o sus nostálgicos vástagos.




¡Cuando todo termine! Pero cuál ha de ser el camino que los conduzca de regreso. Llevan 22 años apostándole al Plan de Paz, al diálogo, a que Marruecos finalmente abandone sus artimañas burocráticas para poder realizar el referéndum donde los 89.402  votantes identificados por la ONU, digan si prefieren ser una nación independiente y autodeterminar su destino o si sienten más pertenencia con Marruecos.  Pero este proceso, a mis ojos y a los de otros tantos, resulta dilatado hasta el estancamiento. 

En el Plan de paz están contemplados todos los pasos a seguir para resolver el conflicto hasta un “final feliz”, o al menos aceptable para la mayoría de los saharauis según pueda determinar un proceso democrático.  Primero estuvo el alto al fuego, instaurado el 5 de septiembre de 1991. Luego, la liberación de prisioneros de guerra –aunque los Saharauis siguen sin conocer el paradero de un buen número de sus desaparecidos–  A continuación, el estancamiento de las tropas de ambas partes para verificar que las maniobras militares no se reinicien.   Hoy, el ejercito saharaui, estructurado de forma convencional, está dividido en siete regiones militares, cada una ubicada frente a un sección del muro Marroquí, listos, si es el caso, para abrir fuego o para derribar su parte del muro.
Hasta aquí llegó el proceso en 22 años.  

Lo que vendría, o vendrá después, es el regreso de los refugiados, la campaña electoral y el sufragio. A continuación siguen las acciones de la ONU para que se ejecuten los resultados obtenidos democráticamente, que serían, la salida gradual del ocupante marroquí o, por el contrario, la disolución del Polisario o su adhesión al ejercito de Marruecos.  Mientras tanto, la vida sigue en medio de su precariedad en los campamentos y las violaciones a los derechos humanos y el saqueo de los recursos naturales con beneficio de Europa continúan en los territorios ocupado frente al silencio internacional.

La guerra tiene costosísimas facturas, pérdidas invaluables, cicatrices físicas y culturales desproporcionadas; pero a pesar de eso, aquí para muchos parece que es la única vía que los conducirá a su victoria.  Un pueblo pacífico y paciente, como lo prueban tantos años de espera, también llega a hartarse, también llega a concebir en las armas que ya una vez empuñaron, la única forma de salir de esta provisionalidad que cada vez parece más permanente.  De varios lo he escuchado, algunos jóvenes me lo han dicho: –hay que ir a la guerra, y si deciden que así sea yo iré, todos iremos.  –Incluso algunas mujeres irán, dijo uno.  –Pareciera que siempre los que nos visitan tienen más prisa que nosotros. No hay nadie que quiera más lograr nuestro propósito que nosotros mismo–  me ha dicho un chico muy joven cuándo le pregunté por la guerra y la paz, un chico que estudió en España y espera para prestar el servicio militar y luego ser adjudicado a alguna misión por parte del Polisario de acuerdo a su conocimiento de otros idiomas y sus habilidades; un chico que no duda sobre las capacidades de los dirigentes Saharauis para elegir el mejor camino, sabe que si ellos consideran que la vía política sigue siendo la conveniente, ha de ser una buena elección.





Cuando los Saharauis finalmente consigan regresar a su territorio, por la vía que fuera, aquí, en la hamada argelina, quedarán restos de las jaimas como enormes globos aerostáticos desinflados. Quedarán corrales de cabras, ya de por si construidos con escombros. Se verán desde lejos las ruinas de grandes salones de adobe. Voces encerradas entre las gruesas paredes, risas e interminables historias se alcanzarán a oir en medio del silencio. Después de los saharauis, en la hamada quedará olor a incienso sobre la tierra reseca.




Más fotos en mi web:  http://www.anakarinadelgado.com/#!inshaallah-la-vida-entre-parntesis-/c2ra


ASUNTOS DE FAMILIA (O LAS CHICAS BUENAS DUERMEN SIEMPRE SOLAS)






Febrero 2014. L' Aaiún, Campamento de refugiados Saharauis en el sur de Argelia

Galia asegura que existe un animal legendario llamado Sad, una serpiente producto de la cópula entre un águila y un zorro.  Yo también estoy segura que existe el Sad. Aun cuando no entiendo su descripción en hasanía y nadie se dispone a traducirme con detalle, lo imagino un dragón portentoso, como ese que debe esconderse bajo la arena en la badía dejando al aire parte de su lomo escarpado que, mirándolo sin mucha atención, nos hace creer que es un galb, un corazón-montaña.  El Sad, como Galia, debe tener un ojo enturbiado por grises nubes de otros tiempo, como una de esas esferas de cristal en que las brujas de las historias de mi infancia leían el porvenir. Yo trato de ver con atención el ojo de ella sospechando que lo que hay adentro no es lo venidero sino historias de ayer, de tiempos mejores, de las tierras que recorrió con sus camellos, de la lluvia y las plantas, del sol que tuesta, historias de antaño.



Galia, está siempre en su jaima de interior azul. Vista desde la puerta frontal suele estar del lado derecho, al fondo. Al otro lado está tendido Sidi, su callado esposo. Yo, sentada o tendida con el costado sobre un cojín, descanso a su lado, la escucho embelesada y miro sus manos hechas enmarañados nudos por la artritis girar las cuentas del tsbeh,  (rosario musulmán) mientras murmura los nombres de Allah.  La piel de sus brazos y su cara están teñidos de negro por los colorantes de sus melfas siempre negras o al menos oscuras. El rededor de sus ojos, que a veces me miran por encima de la cabeza aunque se que es a mí quien miran,  en ocasiones está maquillado con el color de la henna.  Galia siempre está allí.  Sidi en cambio se levanta para rezar cinco veces.  Ella siempre está en su lugar sentada, conversando, viendo la tv o jugando al sick, un juego de mesa o de suelo en este caso, que se juega sobre una duna de arena en la que se dibuja un camino por el que avanzan los hijos (las fichas) de cada uno de los equipos; se lanzan, como si fueran dados, unos palos con dos caras, cada una de un color, y se avanza matando por el camino a los hijos ajenos.


Las vidas de todas los miembros de la familia parecieran satélites que giran alrededor de Galia y de Sidi, como si el interior de su jaima fuera una bóveda celeste, la jaima azul celeste.  Alrededor de los dos ancianos hay hijos, nietos, sobrinos, primos cercanos, lejanos y lejanísimos, también hay tíos y vecinos, que aquí son casi parte de la familia.  En su jaima, incluso yo me siento en casa; ¡que suerte la mía! suerte de encontrar amorosas familias putativas por donde paso.



Acompaño a Fati, una de las jóvenes hijas de la jaima-celeste a hacer sus labores, que van desde alimentar dos veces al día a las cabras, cocinar dos veces a la semana y limpiar hasta ver pasar el tiempo en la jaima.  Conversamos sobre su matrimonio, que será en Abril, sobre todas esas tradiciones que en su familia son tan importantes que ella asume que son igualmente determinantes para todos los saharauis.  Hablamos del amor, de los novios, no hay novios aquí, dice, aquí solo se casan.  Se lo pensó un poco y se retractó, sí hay novios pero esos solo los tienen las chicas que no son buenas y que no llegan inmaculadas a su matrimonio, donde el novio verificará si tiene “aquello”, dijo Fati, sin llegar a hablar fluidamente alrededor del sexo y sin encontrar la palabra apropiada para “eso” que dicho de esta manera parece ser un objeto, una cosa grande y redonda que el esposo sacará con cuidado del cuerpo de ella, verificará su legitimidad con ojo de experto y luego de aprobar con un gesto, pondrá a un lado.  –Hay que vivir un poco, dijo, refiriéndose a lo que vendría para ella cuando se casará.  Con la sobrina de Fati, que está por tener su primer hijo, volvimos al tema y las dos estaban indudablemente de acuerdo en que casándose se alcanzaba un enorme grado de libertad, se quitan de encima la vigilancia de los padres y sobretodo, de los hermanos, –aunque lo hacen para cuidarnos, cuidarnos de los hombres que son malos, dijo Fati.




En mi casa putativa, mi jaima putativa, he conversado con el joven que acaba de llegar de estudiar medicina en Cuba, he tenido conversaciones ininteligibles con Galia, he espiado a hurtadillas a Sidi, he tomado infinidad de veces el té, y he hecho el intento de prepararlo pero mis profesoras de té suelen impacientarse después de que al intentar hacer espuma derramando de un vaso a otro el contenido de té desde muy arriba, mi torpeza deja la bandeja-mesa inundada con un charco de té. En mi jaima putativa duermo, como, y sueño con un enorme Sad cabalgado por una joven Galia de ojos brillantes y manos firmes y ágiles como las patas de un insecto legendario.