Mostrando entradas con la etiqueta Crónicas Desarmadas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Crónicas Desarmadas. Mostrar todas las entradas

domingo, 1 de octubre de 2017

EL THÊ´ WALA Y LA HOJA DE COCA



De la laguna del páramo emergió el hijo del Trueno y las estrellas. El que fue amamantado con la sangre de las doncellas y, en nombre del pueblo Nasa, enfrentó las sucesivas invasiones: la de los Pijao, los Guambianos y los españoles. Tras las batallas y la delimitación del territorio de su pueblo, el hijo del Trueno desapareció disolviéndose, una vez más, en las aguas de la laguna mientras su poderosa voz resonaba: –yo no muero jamás, yo no muero jamás.

Antes de partir Juan Tama, el hijo del Trueno, le entregó todo su conocimiento a los mayores y los instruyó para traspasar esa sabiduría al linaje del pueblo Nasa. De eso, hace mucho tiempo ya. Desde entonces, el sonido del Trueno se ha oído retumbando en la cordillera y entre los frailejones que cuidan el páramo como enormes soldados. Un día, el Trueno vino a dar a la Amazonía en el margen del caudaloso río Putumayo, muy al sur de aquella laguna sagrada que parió a la leyenda. El Trueno resuena con fuerza y aún cuando lo escuchan todos en la comunidad, lo que su voz dice sólo lo entiende Misael, el Thê´ Wala, palabra en nasayuwe que traduce al español algo así como: Gran Hombre.












Al sueño lúcido y revelador del Thê´ Wala acudió por primera vez, hace mucho tiempo, el Trueno, eso fue cuando él era sólo un niño y vivía aún en el Cauca antes de que su mamá y hermanos, como tantos otros, tomaran rumbo al sur, para descubrir la selva del Putumayo. Aquella vez, el Trueno venía disfrazado de anciano, se acercó desde detrás del rancho, caminando pesadamente y llevando su jigra*  llenita de hojas de coca. Misael había sido elegido. Allí empezó el camino que lo condujo a ir tras el poder y la sabiduría del padre Trueno. Aprendió a conocer las plantas, a leerlas, a ver la armonía o su ausencia en los cuerpos de las personas y en el otro cuerpo, ese que conforman las sociedades de los hombres y las mujeres sobre la tierra. Aprendió la manera correcta de ejecutar los rituales: los de refrescamiento, ofrecimiento, limpieza, los que sirven para apaciguar el volcán y traer la lluvia, los que guardan la historia y el poder de la cultura.
*Jigra: mochila tradicional del pueblo Nasa construida con cabuya tejida



-->

HISTORIA COMPLETA EN:



LOS HIJOS DEL MONTE


El paso lento de la mula era azuzado por el viejo. Él la halaba con fuerza mientras miraba en derredor temiendo corroborar, en la negrura del monte, la aterradora posibilidad de encontrárselos detrás cualquier ceiba. Al principio, cuando la abuela le dio la bendición y le besó las manos, Cañitas iba sentado como un jinete, apaleado pero digno y con el espinazo derecho. Al poco tiempo de andar alejándose del pueblo, la cabeza se le fue descolgando sobre su pecho como si la sostuviera sólo un hilito y daba tumbos largos a cada paso de la bestia.

Más arriba del arroyo, los oyeron antes de verlos. Eran dos y, aunque hablaban en susurros, sus voces llegaron hasta los oídos del viejo, quien se detuvo en seco y sintió la cabeza de la mulas casi rozando su espalda. Volvió la vista hacia Cañitas tratando de decirle con los ojos que se mantuviera callado, que no respirara si no era necesario, él sólo levantó un poco la cara y no musitó palabra. Rodearon a los dos soldados que estaban conversando mientras hacían la guardia, ellos no se dieron cuenta que el que andaban buscando pasaba casi entre sus piernas.


-->
Cañitas parecía una masa de carne que vibraba; el viejo le tocó el pecho y la barriga, ardía consumido en fiebre. Con esfuerzo trató de bajar a su hijo para tenderlo en el suelo, pero mientras lo hacía, temió que después de acostarlo sobre la tierra no le alcanzaran las fuerzas para volver a ponerlo sobre el lomo de la bestia. Tomó una cabuya larga que tenía en la cintura, amarró al muchacho con fuerza a la mula y se alejó, monte adentro. Cuando volvió, la mula lo miraba con reproche, él bien sabía que no son estúpidos esos animalitos, debió pensar que la había dejado ahí, abandonada con un muerto amarrado a las costillas. El viejo le dio a mascar unas hojas a Cañitas y otras se las frotó con fuerza en la espalda; el pañuelo húmedo se lo puso en el amasijo roji- negro en que había quedado convertido su ojo de tanto golpe que había recibido.

































HISTORIA COMPLETA EN:



SOÑADORES EN LA PENÍNSULA


Arriba, en el extremo noroccidental de Suramérica, en esa extensión de tierra que se derrama sobre el Mar Caribe y que constituye el territorio ancestral de los indígenas wayuu, se escucha el romper de las gotas gordas de agua estrellándose contra el techo de la enramada. Llueve en la baja Guajira y tres niños, aún bajo techo, miran la tierra mojada. Atardece rojo encendido y los niños, ahora eufóricos por el agua que no suele venir en abundancia en Mayo, ni casi nunca en los últimos años, saltan y gritan sobre la cama-baja de un camión estacionado. Los otros dos ayudan al tercero que se desplaza con dificultad, arrastrando la mitad izquierda de su cuerpo que siempre parece resistir los intentos por moverla. Cuando por fin consigue subir, los otros bajan rápidamente. Segundos después, solo y angustiado, el tercero estudia cómo bajar de nuevo al suelo para seguir a los demás, pero luego se distrae, deja caer la cabeza hacia atrás sintiendo llover en su boca abierta, grita y se golpea el pecho con los puños cerrados como un pequeño orangután.

En la península, lo dicen sus habitantes, conviven un mundo físico, el de lo visible (anasü) y otro (pülasü) donde habitan los yulujas, las sombras de los espíritus separados de los cuerpos muertos. Entre ambos mundos existe un puente tendido por Lapü, el espíritu y fuente de todos los sueños; a través suyo los que viven en el mundo visible reciben premoniciones encriptadas. Los mensajes versan sobre las anheladas lluvias, la mortal sequía que se avecina, el lugar apropiado para levantar la enramada, la guerra a la que la familia se enfrentará en disputa con otro clan, la vida próspera que tendrá el recién nacido que se mece en el chinchorro, la tragedia, la muerte.
Según algunos, Lapü no es sólo el sueño de los durmientes, es la fuerza que deposita el alma en los wayuu que nacen y va arrancándola a los que mueren.




Por la violencia de Lapü, a veces sufren los soñadores, pero sufren más los que no sueñan, sólo les espera la enfermedad, porque quien no consigue soñar, puede decirse que está casi muerto. Otros, en cambio, son especiales, son soñadores a voluntad, interpretes de Lapü, son Outshi —hombres— u Outsu —mujeres—son chamanes, médicos tradicionales. Dicen los wayuu, que lo que Lapü ordena, conviene obedecerlo, que siempre hay que permitir que outshi u outsu oficie los actos que se hayan pedido para evitar la desgracia.


HISTORIA COMPLETA EN:


LEJOS DE CASA


Landa, Lan-da, la palabra se descuelga por la garganta mientras baja la mandíbula y hay quien al oírla podría pensar en África, en Malawi, Tanzania. Lwanda, Luanda, Landa. Aunque hay un Landa Hill en la sabana del África occidental, en un parque nacional en el noreste de Nigeria, el apellido Landa parece venir de otro continente. Hay quien menciona Italia, pero la mayoría habla de Euskal Herria, o el País Vasco, como le llaman en español: Landa, nombre de una localidad en Ubarrundia, páramo arenoso, tierra de plantas silvestre, llanura inculta.

Landa es también un negro alto de pelo largo y trenzado nacido en la vereda Aguacate, en la manigua de Tumaco adentro, entre el Río Mejicano y el Mira. Se llama Wilfrido, Wilfrido Landa. En periódicos se le vio vestido de blanco y con un gorro rastafari ocultando la mitad de sus trenzas, un collar largo de cuentas de colores y algunas canas pintado de gris las patillas que alcanzaban a verse al borde del tejido negro, rojo, amarillo y verde. A Landa se le vio posando rígido junto a otros que, provenientes de diferentes regiones de Colombia, comparten historias de dolor y guerra. Se le vio estrechar las manos de funcionarios y guerrilleros.


A Landa, se le ha visto sonriente bajar de aviones en diferentes aeropuertos de Estados Unidos, concentrado y ansioso en La Habana, aterrado y sin aliento en Cali y Bogotá.
Los viajes de Landa empiezan en el agua, en canoas talladas en troncos de chachajo, de chaquiro o purga; y en la tierra, viajes a pie por los caminos apenas dibujados en los rastrojos de Aguacate, una de las 15 veredas que hoy conforman un territorio de propiedad colectiva de las negritudes: el Consejo Comunitario Rescate–Las Varas.



HISTORIA COMPLETA EN: