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domingo, 16 de octubre de 2016

MI ABUELO TIGRE


Si pudiera, le preguntaría al tigre, porque él, que conoce todos los secretos, también debe tener su versión.  Pero no puedo.  Nunca pude hablar con uno, aunque intenté.  Ni siquiera lo conseguí con mi abuelo, el que se convertía en ese tigre robusto para salir de cacería al monte. No hablé con ninguno, ni con ese, ni con el otro tigre, que cuando lo conocí, estaba a solo segundos de convertirse en difunto. 

Aunque era el nieto de Pandehumo, un chamán grande como hubo pocos,  yo terminé de criarme lejos de su maloca.  A la hacienda del patrón llegué siendo un niño no más, un niño que no conocía una sola palabra del español. Ahí me crié y me civilizaron, como decían.  Crecí cuidando el ganado, ordeñando, cocinando, aprendí a hacer el arroz, la carne sudada, todo.  Pero aunque me trataban como a un hijo y me enseñaron a hablar así de bien como me oyen, ese lugar no me quería, y el que me lo hacía saber era Centinela, que no me soportaba, me odiaba y se le veía en los ojos que se volvían candela cuando yo pasaba por ahí cerquita.  Uno de esos días, yo estaba con la comida, llevaba horas cocinando y luego sirviendo para todos esos niños y los señores, pero no estaba cansado, en esa época yo nunca me cansaba.  Iba ahí caminando tan derechito como podía llevando dos platos grandes de sopa cuando lo vi,  lo miré y supe que estaba por traicionarme.   Centinela corrió hacia mí y mientras tanto yo iba haciendo volar los platos por los aires, me giré y el maldito perro me mordió una nalga, la sopa cayó como cascada encima de la señora y sonaron los platos rompiéndose contra el piso.  Y no, aunque dijeran otra cosa por ahí, a mí no me echaron, yo me fui de la hacienda porque sabía que Centinela no iba a dejarme tranquilo y, en el fondo sabía también que al final o él me mataba, o lo mataba yo a él, y eso de matar perros, todo el mundo lo sabe, trae muy mala fortuna.  Así que me fui huyéndole a la mala suerte sin saber que ella ya tenía su mano tendida sobre mí desde hacía mucho.  Volví a mi familia y a la maloca grande del abuelo Pandehumo.

Después de eso me puse a cazar, le dije a mi papá: consigamos la escopeta y vamos al centro del monte.   Las escopetas entonces eran caras, todavía son, pero mi papá encontró la manera de comprar una y nos íbamos juntos. Matábamos borugo, guara, venado, cerillo y luego vendíamos en el pueblo y en Leticia. 20 centavos, 30 centavos por libra. Yo todavía guardo centavos de esos, mi hijo un día quería tirarlos, pero no, son los recuerdos de mi juventud, yo me los gané cuando más fuerte era y merezco tenerlos conmigo.

Aunque quise mucho esa escopeta que terminó siendo mía y después fue por un tiempo de mi hijo el que quedó vivo, no el bobo, sino el otro, yo aprendí a cazar con otras armas mucho antes, con mi abuelo.  Pandehumo era un hombre pequeñito, cuando me acuerdo de él se me cruza por la cabeza la figura del marcianito ese de una película que miré un día: pequeñito, regordete y con los brazos extrañamente largos. Pandehumo parecía inofensivo, pero era un chamán de temer por aquí.   Él lo sabía todo sobre el monte, cuando joven se había internado mucho tiempo allí para que la selva le hablará y le enseñara sus secretos.    El abuelo aprendió y conoció a los dueños de todo, porque todos los animales, los árboles y los salados en la selva tienen su dueño, y a ellos hay que saber pedirles permiso para llevarse sus cosas.
Antes de que me mandaran a la hacienda, Pandehumo ya me había enseñado a usar la flecha y el arco, me obligaba a pasar dos días a su lado viendo cómo se cocinaba el curaré y luego salíamos con las flechas que tenían la punta pintada con ese veneno y las escupíamos con la cerbatana larga que casi no podía yo sostener: puf puf, y caían uno, dos churucos y los otros de la manada ni cuenta se daban.  
Pandehumo era bueno conmigo, me enseñaba los arboles donde vivían los espíritus y me susurraba en la nuca palabras que yo no conocía envueltas en humo.  Una vez, a escondidas de mi mamá, me robó en medio de la noche y me llevó rumbo a la selva, dijo que me convertiría en chamán. No conseguimos ir muy lejos antes de que mi mamá enfurecida llegara a nuestro encuentro. Sin mirarlo directamente, porque eso habría sido un desafío, le dijo que no, que yo no sería como él.  Después de eso, tras unos meses, vino mi historia con la hacienda y con Centinela.

Hay sueño que es bueno soñar y sueño malo, sueño muy malo, decía Pandehumo en un español muy rústico que le enseñaron los curas.  Con el tiempo uno va aprendiendo a distinguirlos.  Soñar con muchos soldados, por ejemplo un batallón entero, es bueno, al día siguiente se mete uno en el monte y ve el caminito de la guara, y ahí seguro la mata.  Soñar mujer, es a veces bueno y a veces malo.  Pero esos sueños se repiten y entonces uno va conociendo a esa mujer, va sabiendo si tiene o no buen espíritu: si después de soñarla el cazador va al monte y no trae nada, era mal espíritu, ya la próxima vez que aparezca en sueños, así este toda untada de barro que lo hace pensar a uno en un puerco de monte, no, el cazador no sale, ya sabe que es mal sueño.  Pero si sueña un motelo o una culebra, sabe siempre que es malo, sabe que si va al monte caminará horas, días, bebiendo el agua de la quebradas y siguiendo un rastro engañoso, con hambre y sin cazar ningún animal.
De ese asunto de los sueños hablaba mucho Pandehumo, pero ya no conmigo, porque nunca volvió a hablarme directamente desde ese día que mi mamá impidió que él me robará para hacerme chamán.  Decía que los sueños saben cosas y solo el necio es capaz de ignorarlos.   Eso decía.  Yo, acurrucado, escuchaba mientras él conversaba con otros viejos, y a veces me escondía para vigilar su sueño, lo miraba tendido en la hamaca: un pie conectando con el suelo y otro arriba, los brazos cruzados sobre la barriga.  Lo vigilaba porque había escuchado cosas, decían que Pandehumo cuando dormía se convertía en boa, en oso hormiguero, en árbol.   Aun cuando lo miré mucho tiempo con disciplina, por esos días nunca lo vi ser mas que ese abuelo casi enano y barrigón.   Pero fue después, cuando estaba yo distraído que lo vi, vi que mi abuelo era un tigre.
Fue en mitad de la tarde, en la maloca no había nadie más que él tendido en su hamaca, yo venía de la chagra y me senté en una piedra fuera de la maloca, traía unas yucas que tiré al suelo y me quedé mirando los dibujos que el sudor que se escurría de mi cara hacía en la tierra.   Un ruido espantoso, como un bramido atronador, llamó mi atención y miré hacia la hamaca, alcanzaba a ver el pie conectado con la tierra de Pandehumo. La hamaca se mecía suavemente de lado a lado y, de repente, el pie en tierra hizo un movimiento fuerte y la hamaca dio un giro completo sobre sí misma, como un trompo, y mientras todavía se movía vi salir de entre las fibras una garra robusta y pesada y a continuación el cuerpo pardo pintado de un tigre mariposo que, sin prisa, fue alejándose a zancadas de la maloca, hasta que se perdió entre el monte.   Yo permanecí sentado como una estatua mirando en la dirección en que Pandehumo se había alejado.  Al fin recordé la hamaca, seguía moviéndose perezosamente pero ya no se veía el pie en tierra.  Seguí mirando durante casi tres horas, sentía que las rodillas me aguijoneaban pero no pensaba bajar la guardia, hasta que una vez más el rugido se escuchó y la hamaca volvió a girar con fuerza y, frente a mí, el pie conectado a la tierra volvió a posarse como si solo hubiera estado recogido sobre la barriga.  Corrí hasta allí y vi a Pandehumo hundido en la hamaca desperezándose, le hablé pero, igual que siempre, hizo como si voz no existiera.  Sin mirarme gritó el nombre de alguno de sus hijos y le indicó un punto específico en la selva, dijo que fuera a recoger la caza que él había dejado.  Yo seguí allí, frente a Pandehumo, hasta que los hombres volvieron con las borugas y el churuco que el tigre había dejado justo donde el abuelo acababa de indicar.
Muchos años después, se dio mi segundo encuentro con el tigre.  Justo antes de verlo, tuve uno de aquellos sueños.  Soñé que por el monte tupido caminaba un cura con su sotana larga y negrísima, andaba entre las matas y el fango, porque ahí cerquita había una quebrada.  Él andaba casi volando por encima de todo, se veía como un santito.  Era de madrugada cuando me desperté bañado en sudor y dije en voz alta, me acuerdo: dios mío, ¿ese qué animal es?  Me puse las botas, cogí la escopeta y mi único cartucho, y salí rumbo al monte.  
Caminé muchas horas hasta que llegué ahí a donde yo sabía que tenía que llegar,  me eché en el suelo contra un árbol grande y clavé mis ojos en el mismo lugar que veía mi escopeta.   De repente, allá en el fondo, casi al frente de un arrollo, vi algo, era como una mariposa grande y pesada que se elevaba un poco y caía al suelo, se levantaba y bajaba: fuu, pum, fuu, pum.  Yo estaba embelesado mirando cuando descubrí que más atrás se levantaba la cadera imponente de un animal.  Junto al arrollo había un lomita pequeña, ahí estaba él echado con la cabeza frente al agua y la cola hacia mí. Me acomodé para mirar mejor y vi que la mariposa no era más que la punta negra del rabo del tigre que se elevaba mientras él dormitaba.  Me quedé quietecito, pensé en ir hacia él, en retroceder y huir pero, antes de que yo terminara de decidir, la cabeza enorme se giró de golpe hacia mí y pude ver los huecos negros de su hocico ensanchándose, me había olido.  Y ahí estaba yo parado con mi escopeta, mirando esos ojos que me devolvían la mirada.  El animal saltó en dirección a mí y yo pensé: echo plomo o me muero.  ¡Pum!  Le di entre dos costillas.  Cayó y reculando se quedó detrás de un palo grande.  Yo seguía ahí quieto, pensando que si se movía otra vez ganaba él, porque yo no tenía más cartuchos.   Era gigantesco, como un ternero grande y pesado, todo musculo era ese tigre mariposo.  Yo seguí mirándolo y pude ver cuando cerró los ojos y se quedó así, casi como yo lo había encontrado, tendido junto al arrollo.  Hasta ahí llegó la vida del tigre, hasta que se topó conmigo.   Lo dejé y eché a andar de regreso a casa.  Ese cura que volaba había sido un muy mal sueño, después de matar a ese tigre solo podían venir días de mala suerte para un cazador como yo.
Y lo que llegó con el tiempo fue hambre y pobreza.  No cazaba nada, no conseguía pescar. La escopeta se cayó al lago, las flechas se doblaban como si fueran ramitas.  Mi mujer se fue y me dejó solo.  Yo, buscando otro camino, sembré en la chagra, compré pollos y ovejos, pero en una sola noche un monstruo amarillo, como dijo la muchacha que cuidaba la chagra,  se comió todo y destruyó el sembrado de plátano y de yuca.  No quedó nada.  Después de eso, por líos de tierras un hijo mío, ambicioso como pocos, terminó matando al otro, al que había nacido bobo pero con buen corazón. Y así me quedé sin nada: sin chagra, sin caza, sin mujer, sin hijos, porque el que quedó vivo ya no es  hijo mío, ojalá esté muerto o pudriéndose en un pantano brasilero.

Ahora,  puesto a pensar en medio de mi soledad, creo que todo fue culpa de ese tigre, o mas bien culpa mía por matar a ese tigre que solo estaba esperando por mí.  Si hubiera podido hablar con él, hace años, le habría preguntado si era el mismísimo Pandehumo, si una vez más trataba de invitarme a conocer los misterios de la selva y los espíritus.  Siendo ya este hombre viejo y cansado, no necesito preguntar nada, estoy seguro que sin saberlo, maté a Pandehumo tigre, y luego él desde el lado oculto vino a acabar conmigo por haber despreciado dos veces la oportunidad de ser como él: el hombre árbol, el hombre boa, el hombre oso, el hombre tigre.           

miércoles, 24 de febrero de 2016

ALACHES EN LA CASA

          Si la temperatura continúa en ascenso y las paredes de la casa no dejan de exhalar este vaho abrasador, estoy segura de que Luciana no sobrevivirá esta noche para rezar su rosario al alba.
Lo he vuelto a confirmar: en la alacena aún quedan provisiones para cuatro días, aunque si perdemos otro comensal, ganaremos un par de días más.  Las velas del altar son suficientes para cinco noches y, si consigo dominarme, lograré llegar con cigarrillos en el delantal para el momento  final.
     El clima empezó a cambiar justo después de las cabañuelas. Antes de cerrar definitivamente la casa, lo recuerdo, alcancé a escuchar rumores en la calle que decían que empezaban a verse peces muertos sobre la tierra reseca del cauce del río.  Hoy, veintisiete días después, parece que la casa hubiera ido a dar a la boca de un volcán en erupción.    El calor es mortal.  Ellos no lo dicen, nadie habla ya pero, tras descubrir a José Manuel durmiendo desnudo sobre el suelo de cemento de su habitación empecé a sospechar que lo que nos dará muerte a lo mejor no es el visitante inoportuno, sino el maldito calor que con la casa completamente tapiada nos convierte en trozos de carne en un horno de tierra.  
     El primero en debilitarse fue El Gozque que siempre fue tan juguetón a pesar de su edad, y si de años hablamos cabe recordar que ese perro y yo somos los jovenzuelos de casa, aunque a mi edad nadie, ni siquiera comparándolo con los centenarios de aquí, puede llamarse joven.   El Gozque fue poco a poco abandonado su eterna tarea de seguirme a todos lados, de mover la cola frente a cada habitación y ladrar como endemoniado a las seis de la mañana con su delirio de gallo. Al cuarto día tras el cierre de la casa, el animal casi no se movía, solo lo necesario para que no coincidieran los lugares para comer y para defecar; ya ni eso consigue el pobre.
     Para el sexto día, Clarita de repente se apagó sin hacer ruido, como una vela soplada al descuido por una corriente de aire.  El octavo día fue Rafael,  y el noveno empezó la agonía de Alberto que, un momento parecía tan vivaracho y al siguiente solo recordaba a una babosa tendida al sol.  El décimo día decidí ponerlos todos juntos en el cuarto de Clarita, que es el que está más atrás, en el fondo de la casa, y entre los sollozos generales, yo maldije mil veces por haber tenido que tapiar también el zaguán que da al solar, donde habríamos podido cubrirlos con tierra y poner una cruz aquí y allá entre la maleza.
     El día aquel en que en compañía de El Gozque y con la ayuda de José Manuel cerré todas las vías de acceso a la casa, los benditos alaches llevaban ya una semana acechándonos.  Primero fue solo uno, lo descubrimos revoloteando por la sala de estar, hacía esas piruetas que al principio resultan tan encantadoras.  Anisóptera –gritó Alberto levantándose milagrosamente de su asiento frente al televisor.  Anisóptera Anisóptera –gritaba el pobre, y todos los que aún podíamos darnos el lujo de reconocernos confundidos, nos miramos interrogándonos unos a otros hasta que el viejo de forma condescendiente señaló al alache dibujando con el dedo los círculos de su vuelo:  –es una libélula, un alache azul brillante, ¿no lo ven?
      Para el día siguiente ya podíamos contar al menos tres alaches que volaban  por toda la casa frente a la mirada inerte de la mayoría de los viejos.   El terror empezó a asomar cuando Rafael mencionó que por su tierra,  allá en el pueblo de “los traga nubes”, como les llaman a los habitantes de esas calles onduladas siempre cubiertas por la neblina, los alaches eran el infalible anuncio de una visita.  ¡Una visita! Sus palabras vibraron un rato en el aire estático del medio día, varios rostros se levantaron, algunas espaldas se pusieron erguidas.  ¡Una visita!  Esté lugar no recibe a nadie desde hace al menos tres años cuando trajeron a la última,  Rosario se llamaba la vieja de cara dulce y regordeta que sabía mas palabrotas que cualquier camionero.  Ese día Rosario hizo su entrada triunfal a la que sería su última casa, gritando y llorando como una mocosa.  Mientras ella hacía su espectáculo, entraba también a la casa Carmenza de Pumarejo, lo recuerdo bien porque es el último nombre en el libro de visitas y porque en la última “o” de su apellido hay dibujados unos ojos y una sonrisa que son, por lo menos, infantiles.   La señora de Pumarejo miró estupefacta a Rosario con la sonrisa desencajada y el bolso aferrado entre sus garras pintadas de rojo.   Rosario finalmente consiguió calmarse y tomar un té frente al televisor pero, para ese momento, la señora de Pumarejo ya debía estar a kilómetros de distancia detrás del volante de su pequeño autito; su mamá, Javiera estuvo sentada en la sala de visitas tres cuartos de hora esperándola, luego dejó caer la cabeza sobre su pecho y roncó sin pudor.
Esa fue la última, después no habido nadie más que pase a saludar, que quiera saber si estamos bien, o si al menos seguimos con vida.  El dinero suele llegar puntual, incluso hay mensualidades que a pesar de las comunicaciones que enviamos anunciando enfermedad, muerte, velorio, sepelio, no dejan de llegar sin falta los días  cinco de cada mes, pero ¿una visita? eso ya no hacía parte ni siquiera del mundo de las fantasías del viejo más soñador de la casa.
     Por esos días, tras el anuncio de Rafael, algunos se animaron a dejar volar la imaginación.  Clarita empezó a preguntar cada tres horas si su hijo Duván ya había llegado,  Carlina se bañó sin ayuda  y se puso un vestido de gala azul rey que no se quitó  por cinco días.   Alfonso, con algo más de compostura, ubicó su sillón frente al  televisor ligeramente angulado para poder vigilar la puerta sin que pareciera que se ocupaba expresamente de ello.  Yo, lo admito, envuelta en algo parecido al entusiasmo, volví a usar el uniforme, me queda algo chico ya, después de tanto años, pero aun así me sentía casi cómoda caminando por la casa vestida así.  En medio de esa extraña emoción pasaron un par de días durante los cuales vimos aumentar el número de alaches, ahora podíamos contar cinco, seis, siete bichos que nos sobrevolaban.   La esperanza de que algo bueno entrara por la puerta principal se extinguió con el ataque del primer alache.   A pesar del calor, aún llevaba el suéter del uniforme puesto cuando lo vi lanzarse en picada contra la cara de Luciana, era uno verde esmeralda, enorme y de vuelo ruidoso, la emprendía contra Luciana una y otra vez, parecía que tratara de entrar a su boca, de comer sus ojos; ella se veía aterroriza pero no podía hacer mucho más que gemir y temblar.   Yo, movida por la ira, enfundé la mano en un bolsa de plástico que estaba sobre la mesa y me lancé al encuentro con el bicho. Tras dos intentos lo atrapé y lo retuve en mi mano presionando con fuerza hasta que lo sentí crujir y deshacerse.
     Después de ese día contar los alaches se volvió una tarea imposible, era tantos y tan inquietos que no había forma de llevar la cuenta con claridad.  Pero no solo aumentaron en número, los bichos cada vez parecían más pendencieros.  En medio del calor infernal  los veíamos atacarse ferozmente entre ellos hasta arrancarse trozos de ala, se lanzaban en picada contra nosotros, e incluso un par de veces vimos aterrorizados como un grupo se sincronizaba para atacar en conjunto la desprevenida cabeza de cualquiera de nosotros.
     Primero me empeñé en cazarlos, en compañía de El Gozque y José Manuel íbamos por toda la casa con bolsas de plástico, sábanas, camisas, lo que estuviera a mano para agarrar uno a uno a los bichos. Cuando los teníamos, cada uno se las ingeniaba para acabar con ellos: El Gozque se comió a varios, José Manuel los asfixiaba en las bolsas y luego los tiraba por el inodoro.  Yo sentía algún placer oyéndolos crujir entre mis manos, como al primero. Cuando finalmente me di cuenta que la cacería era completamente infructuosa, lo decidí, no iba a permitir que entrara ni uno más.  Aunque es cierto que José Manuel con sus cavilaciones  en voz alta y el incidente de esa noche, tuvieron algo que ver con mi determinación.  Primero fue José Manuel, mientras mantenía fuertemente cerrada la bolsa con cinco alaches dejó caer su reflexión: – la visita que viene, o son muchos, o es muy, pero muy mala.   Yo contuve la respiración y casi como un acto reflejo miré fijamente en dirección a la puerta principal.  Estaba paralizada, casi alcanzaba a ver, como un espejismo, en el filo del horizonte una horda de bárbaros; un ejercito blandiendo hachas y machetes; un hombre, un solo hombre acercándose lentamente, caminando como un vaquero con las rodillas muy separadas, venía sin prisa hacía nosotros, las manos en los bolsillos, la cara ligeramente inclinada hacia delante, venía como un verdugo a acabar con nosotros.
     No pude quitarme de la cabeza al hombre aquel. No comí, no fumé, no vi la tele, solo pensé en él y vigilé de cerca la puerta principal.  ¿Tocaría el timbre? ¿golpearía con los nudillos? ¿abriría sin más?  Estaba sudando sobre mi catre cuando sentí que alguien venía por el pasillo, me levanté de inmediato y sin pantuflas me aventuré al pasillo aferrada a la pared.  El Gozque caminaba junto a mí respirando ruidosamente, tras dos pasos me estrellé de frente con José Manuel. –Escuché algo caminando en el solar.  “Algo” dijo José Manuel, no “alguien”, dijo “algo” pero yo supe que era él.  De inmediato, ahí en medio de la noche, empezamos a tapiarlo todo.  Primero, por supuesto fue el pasillo que daba al solar.  Luego todas y cada una de las ventanas, la puerta principal, el agujero de ventilación de los baños y el hueco de escape de la cocina.   Nada entraría a la casa.  Nada va a entrar nunca más a la casa.   A los que preguntaban en medio del sueño qué hacíamos en su ventana, solo les decía que eran los alaches, teníamos que deshacernos de ellos.  En el desayuno lo reafirmé, se trataba de una estrategia temporal para impedir que los alaches nos invadieran, estaban enloquecidos por el calor y representaban un peligro para nosotros.  José Manuel no me quitó los ojos de encima ni un minuto pero, no dijo una palabra, nadie dijo nada; algunos asintieron con la cabeza, los demás, siempre ausentes, por supuesto, no tuvieron queja.  Ese fue el día uno.  Hoy es el día veintisiete, somos menos, pero seguimos aquí.   Él no ha venido aún. Los alaches que consiguieron permanecer adentro fueron cayendo uno a uno al suelo. Si la temperatura continua en ascenso y las paredes de la casa no dejan de exhalar este vaho abrasador, estoy segura de también nosotros seguiremos cayendo uno a uno hasta que no quede espacio para nadie más en el cuarto de Clarita.


miércoles, 15 de abril de 2015

ITINERARIO DE LA CULPA O EL TIGRE DE LOS RIOS


                        Lo que estoy por contar no es la confirmación de un rumor, de una leyenda dirían muchos.  No. No seré yo quien certifique que él no era lo que se dice, normal. Esas historias han dado la vuelta al pueblo, se han deslizado por los callejones del mercado, se han escabullido entre las cortinas púrpura de los confesionarios de la iglesia y entre las botellas y ceniceros hediondos de la cantina. Lo que él es, o lo que dicen que es, se ha filtrado entre bocas y oídos de todos en el pueblo desde hace ya tiempo. Desde ese día que en la puerta de la iglesia, la viejita de la limpieza encontró eso que debía ser un niño envuelto en bolsas de papel. Así que no seré yo quien inicie el rumor, ni siquiera quien lo prolongue. Solo trataré de explicar cómo inevitablemente tuve que pasar esa larga noche con él. A pesar de las escamas, del olor a agua estancada, a pesar de todo, no hubo más remedio que dormir a su lado hasta bien entrado el amanecer.
            Para no faltar a la verdad, habría que decir que yo no dormí en ningún momento de esa, bien o mal, memorable noche.  Desde el principio sentía ese olor agazapado en la garganta; era como si esa hediondez a charco, a cadáver de animal a orillas del río, no viniera de él sino que hirviera en mi estomago y tratara de salirse por mi boca pero se quedara varado en mi garganta.  Juro que no vomite por pura fuerza de carácter que tengo. Apretaba con todo ímpetu los pulgares entre los demás dedos y cerraba los ojos. No quería mirarlo y, además, así me costaba menos pensar en otra cosa, en algo tierno y fresco, en algo dulce.  Entre más fuerte aprisionara los pulgares, se hacía más vívida la imagen de mi abuela y su torta de ahuyama fuera del horno mágico enfriándose sobre la nevera.  Si los apretaba más, hasta que me doliera, alcanzaba a sentir el olor, la textura de un pedazo de torta deshaciéndose en mis manos, llegando incluso a rozar mis labios.  Si no fuera porque eventualmente, por puro dolor, tenía que relajar los dedos y volver a mi tortuosa situación, mi dulce recuerdo de ahuyama estaría intacto.  Si no fuera por ese olor de él, por su sola presencia en mi pasado, aún sentiría mi boca inundada de saliva con solo pensar en el color naranja, en el tenedor en las manos arrugadas de mi abuela aplastando la ahuyama pastosa, en los pedacitos de bocadillo de guayaba fundido dentro de la torta, la dulce torta. Pero no, ahora la ahuyama es él, es charco sucio, es mala noche.
            Para mí ese día había empezado como todos los días, me había levantado con el primer rayo del sol y había dejado la ducha para el medio día, porque al amanecer el pueblo está envuelto en una neblina espesa que hiela hasta el ultimo hueso.  Me lavé la cara y me vestí apurada para ganarle por velocidad al frío. Para agarrar fuerzas me bastaba por esos días con un café negro y un pan redondo, de esos que estaba cubiertos con una mantequilla nevada de azúcar.  Me envolví en cuanta ropa de lana tenía y salí.  
            Abrir la tienda no tomaba mucho tiempo, era fácil: dos candados, una tranca de madera y ya está, pero el frío ya entonces empezaba a hacer lentísimos todos mis movimientos.  Cuando estuvo abierto, me ubiqué detrás de la vitrina y me dispuse a ver el tiempo pasar.  Agarré mi “tejido de Penélope", como le decía la hija de mi comadre cada vez que al final del día venía por el mandado y con una hojeada rápida se daba cuenta de que a pesar de tejer y tejer durante el día, no había avanzado una puntada. Eso decía, que yo tejía y destejía todo el día pero, la verdad era otra. Yo no terminaba ese suéter, nunca lo terminé, porque no tenía la menor idea de cómo hacerlo. Casi la totalidad del día transcurría con el tejido en mi regazo, las agujas empuñadas y mi mirada fija en la lana. Largo rato pasaba así hasta que me animaba a enredar la lana en una aguja y trataba de anudarla de alguna manera para que se quedara en el suéter pero, lo único que lograba era que los esporádicos clientes, al entrar a la tienda, me sorprendieran balanceando la aguja en el aire o sosteniendo frente a la cara el tejido como si admirara mi obra.  Encontré ese suéter embrionario en el asiento de un bus en la ciudad cuando fui a un entierro y, desde ese día, durante varios meses, estuve tratando de probarme a mí misma que si las ancianas casi ciegas, casi seniles, casi muertas tejen toneladas de bufanditas, suetercitos y gorritos, yo seguramente podría, por lo menos, terminar ese suéter de espantoso color verde. 
            Así solían transcurrir esos días, yo sentada tras mi vitrina de marcos de madera sosteniendo en el regazo mi proyecto de turno y, atendiendo con desgano a los contados clientes que iban por arroz, pan, panela, una cajita de chinches, una bolsa de pasta en moñitos; puras tonterías rutinarias endulzadas con chismes románticos, mención a los difuntos recientes y preguntas que realmente no esperan respuesta: buen día, ¿cómo está?, lindo clima, ¿no?
            El chisme del día, como abrebocas del destino, me lo traía a rastras entre las palabras cuchicheadas de Doña Paulina.  Según la vieja decía, Él ya no estaba. Había escapado. El cura había ido a darle los santos óleos como todos los viernes desde hacía 20 años -por prevención decía-, y se había sorprendido al no encontrarlo en su casucha que quedaba allá afuera del pueblo, sobre esa tierra roja en la que no crecía nada, mala hierba y malos bichos, nada más.  A mí la cosa no me interesaba mucho, ningún chisme de estas viejas llegaba a interesarme realmente, pero si uno quiere seguir siendo quien les cobre por el arroz, hay que fingir cierta afectación por sus parloteos.  Yo asentía con la cabeza, me lucía con mi mejor gesto de espanto y sostenía sobre mi boca abierta de preocupación, mi mano de actriz de segunda. Mientras la vieja Paulina seguía hablando como si la hubieran mantenido muda toda la vida, entraron “Los Pichones”, los tres mocosos hijos de ese que le dicen “El Pájaro”. Venían, por supuesto, hablando de Él. Decían que era un monstruo, que una vez lo habían visto abajo, en el río, que medía más de cuatro metros y tenía sobre los hombros en lugar de la cabeza humana, una de bagre con todo y bigotes.  Según Los Pichones, ellos le tiraron piedras, dijeron que las que dieron contra la cabeza se absorbían por la piel como si se tratara de la arena movediza de las películas. Según ellos, Él volteo enfurecido y abrió su boca de par en par dejando salir millones de bichos que los persiguieron por todo el pueblo hasta pasada la media noche.  
            Esa mañana la cosa siguió más o menos igual: uno entraba y contaba de las aletas, otros dos venían conversando sobre el charco podrido que se escurría de su boca, otro más decía que dormía de pie con una pecera en la cabeza. Todos tenían alguna bobería que decir de alguien que nadie más que el cura había visto de cerca; porque, valga decir que la viejita de la limpieza que lo encontró, murió hace años, algunos meses después de aparecer Él y, hasta donde sé, siempre se negó, sin posibilidad de negociación, a decir palabra sobre el susodicho. El desfile de chismosos siguió ininterrumpido hasta el medio día, hora en que yo, realmente desentendida del asunto, cerré la tienda y fui a prepararme el almuerzo, quería además leer mi novela de aventuras y darme la ducha aplazada. 

            En el fondo de la olla, muy grande para albergar alimentos para una solterona con poco apetito, había un puñado de alverjas. Yo solía pararme frente al fogón sintiendo cómo el calor enrojecía mi cara y me divertía mirando las alverjas saltar por el hervor. Estuve por un buen rato en mi placentera tarea frente a la olla, con mi novela de turno bajo el brazo. Por esos días, solía pasar más tiempo paseando mis libros por la casa que en realidad leyéndolos. No es que no me gustara leerlos o que secretamente solo pretendiera ser tomada por una intelectual, es que cuando llegaba a esa parte, a veces tempranísima, en que es inevitable presentir el destino de los personajes, prefería aplazar el placer de corroborar mis intuiciones. Podían pasar semanas enteras en las que yo disfrutaba amargamente el retrasar mi lectura. Caminaba, incluso dormía con el libro bajo el brazo para no olvidar que esperaba, para seguir teniendo presentes a los personajes y poder regodearme imaginando qué sería de sus vidas, qué me deparaba el interior del libro.  
            Me comí mi sencillo almuerzo mientras rozaba tiernamente con los dedos el lomo de mi libro y, cuando bien acabé, me preparé para la ducha que, sin yo saberlo, era en realidad el preámbulo de mi encuentro con Él.
            En esos días mi casa, como la mayoría de las casas del pueblo, no tenía lo que se llama hoy un cuarto de baño, una ducha.  Afuera de las casas, en el gran patio, había un cubículo con lo necesario.  En la mía estaba ese cubículo pero, además, tenía una pequeña bañera algo improvisada que había mandado secretamente a confeccionar a un viejo albañil con cemento y azulejos. Me encantaba mi bañera azul brillando a pleno sol. Ahí, en medio de la maleza, esa suerte de piscina cuadrada y rústica era la representación de mi capacidad para complacerme. Mi bañera era grande; yo, con un poco de decoro, diría que habrían cabido cuatro personas bien acomodadas. Era ancha e inusualmente profunda. Estaba ubicada entre el cubículo y una pequeña bodega, la rodeaba una cerca con enredaderas enmarañadas que alcanzaban a ocultarla a la mirada de un observador ubicado en la puerta de la casa.  Nunca tuve vecinos por la parte trasera, de modo que meterme ahí desnuda no preocupaba a mi pudoroso espíritu. No podía ser vista desde ningún flanco.  
            Llevaba conmigo el libro de turno, porque ya habían pasado seis días de placentera espera para retomarlo y, era ya hora de darme ese gran gusto.  Me quité la bata y metí los dedos de mi pie izquierdo en la bañera. El agua había estado ahí desde la noche anterior y durante toda la mañana había estado calentándose con el sol que le caía directamente. Ya completamente dentro del agua levemente tibia cerré los ojos como anticipando el placer que en la bañera y el libro me esperaba. Sentía mis nalgas blancas contra el azulejo húmedo, los dedos de mis pies dibujaban círculos sobre las paredes. Pensaba en el Arthur Gordon Pym de mi libro encerrado bajo cubierta a la espera de una gran aventura y, sin darme mucha cuenta, empecé a enredar con mis dedos los dorados vellos de mi antebrazo, costumbre que sin excepción alguna terminaba siempre sumiéndome en un profundo sopor. Ahí estaba yo, adormecida bajo el sol y con los dedos de pies y manos arrugados por exceso de hidratación, cuando algo ligeramente baboso rozó mi rodilla derecha.  Me quedé de una sola pieza. Aunque estaba petrificada, confiaba en que me había adormecido y la sensación en mi rodilla era parte de uno de esos sueños súbitos que esperan para asaltarlo a uno a los pocos segundos de cerrar con fuerza los ojos. Apreté los dientes y pasé saliva con dificultad, se demoraba en bajar. Sentía mi lengua aferrada al paladar, la punta aplastada contra los dientes del frente. Fueron dos minutos años.  Abrí los ojos y miré hacia abajo, en la dirección en la que se extendía mi cuerpo. No sentía mis pies, ni siquiera alcanzaba a verlos desde la posición en la que estaba, pensé que ya no los tenía cuando vi moverse, casi imperceptiblemente, la superficie del agua. Entonces supe que podía no estar sola.  Temiendo no se claramente qué, cerré fuertemente los ojos y me quedé inmóvil como hacen algunos pequeños animales para pasar por muertos frente a sus atacantes, contando claro con que no se trate de feroces carroñeros.  Respiré una enorme bocanada de aire y me abandoné en el agua. Traté con fuerza de pensar en Gordon Pym pero cualquier imagen clara de su bergantín se me escapaba. De pronto, sentí la cosa babosa, una vez más, cerca de mi rodilla derecha, dos segundos después, contra mi muslo izquierdo y, luego algo áspero rozó mi cintura y yo temí que un leve suspiro de terror hiciera mover mi ombligo. Algo como dos pequeñas garras aceradas y a la vez babosas, una sobre la cara posterior de mis muslos y otra sobre el arco de mi espalda, me levantaron sutilmente. Sentí mis nalgas separándose pesadamente del suelo de la tina. Estaba flotando en la superficie del agua tibia. Cualquiera supondría que en un momento como el que describo, una persona como yo, una solterona de pueblo, pensaría en mil posibilidades alocadas para tratar de encontrarle explicación a la situación. Pero no. Yo entonces tenía la cabeza completamente obnubilada con un único pensamiento que me ocupaba: no respirar, extender por un tiempo eterno mi vida con la ultima bocana que había aspirado. Mi abdomen estaba rígido, los hombros entumecidos y las manos a punto de crisparse.  Sentí de pronto la cima de mis senos asomarse fuera del agua, una corriente de aire rozó mi cuerpo y producto de un acto reflejo, aspire. Mi pecho se abombó desmedidamente con la entrada de aire, y, casi al mismo tiempo, las garras me soltaron. Con un suave golpe mi cuerpo volvió a su lugar contra el suelo de la tina. Abrí los ojos y aun cuando la luz del sol era casi dolorosa, no podía volver a cerrarlos. Ahora respiraba agitadamente sintiendo al rededor mío otro cuerpo que se movía con la dificultad que le ofrecía el estrecho espacio. Debí levantarme y salir desnuda corriendo a pedir ayuda sin importarme nada lo que pasaría con Él, aunque para este momento aún no se trataba de su destino, sino de mi imposibilidad para reaccionar a lo que pasaba. 
Tras algunos segundos, el otro cuerpo dejó de moverse; como sabría después, al igual que yo, Él estaba aterrado. También Él había tratado de no ser notado pero mi respiración había terminado por perturbar la aparente calma de nuestro encuentro. 
            No creo poder calcular cuánto tiempo pasó en esa inmovilidad, en esa tensión que nos impedía desenfundar las piernas del agua, pedir auxilio con un grito desesperado, o por lo menos buscar con la mirada la causa del miedo.
            Ahí estaba yo, con la cabeza fuera del agua y la mirada clavada en el cielo, y en el lado opuesto, solo asomado desde la nariz, Él como mirando a través de mí. Casi estoy segura de haber visto planear como un enorme ave de mal agüero, la desgracia sobre nosotros. Sobre mí, para ser más exacta. Como si la desgracia planeara pesadamente sobre mi cabeza, solo sobre mi cabeza, única cabeza en el mundo. Así es el miedo, más aun que el amor o la tristeza, el miedo individualiza, te deja absolutamente solo en el mundo, como si nadie más, ni antes ni después, pudiera sentir el terror en los huesos que solo tu, esa única vez, sentiste.  
            El patio estaba entonces sumido en una pausa cargada de zozobra. No corría ni una suave brisa. Todo estaba detenido.
            Me gustaría decir que lo que me trajo de vuelta fue un repentino arranque de valentía, de curiosidad por lo menos, pero lo que me sacó de mi terror inmóvil fue esa extraña sensación de cosquilleo como si te rozaran con unas manos ásperas desde adentro: tenía los pies adormecidos y, casi involuntariamente, los sacudí de forma violenta haciendo mover el agua. Seguramente lo golpeé, o solo lo asusté con mi brusquedad, porque él también se agito en el agua.  En lugar de saltar, de tratar de alejarse de mí, se sumergió y se movió reptando sobre el suelo de la tina. Yo traté de seguirlo con la mirada pero solo veía el agua moverse y, arrastrada por no se qué impulso, también yo me sumergí.  Cerca al suelo de la tina, entre el azul que me rodeaba por todos lados y los haces de luz que se filtraban, la visibilidad era por lo menos difícil, confusa. Yo me movía torpemente y veía piernas y brazos, no sabía si me pertenecían o si eran el cuerpo del intruso. De pronto, mi torso giró rápido, el agua se sacudió con violencia y yo, a menos de diez centímetros, me encontré de frente con unos ojos especialmente redondos y de un amarillo que solo podría llamar enfermo.  Sentí que el aire se escapaba rápidamente de mis pulmones. Él parpadeó. Yo me desvanecí. 
            Dicen que cuando uno se desmaya no sueña, que es como un corto circuito sin contenido, pero yo soñé. Soñé mi cuerpo yerto y desnudo sobre el césped de una cancha de fútbol, no había nadie más pero, escuchaba gente gritar y corear arengas. No tenía miedo ni vergüenza. Solo me invadía una sensación de vacío, de callada angustia, de desmedida desazón que aún hoy no olvido.
            Cuando desperté, lo único que sostenía mi cabeza fuera del agua era mi mentón puesto sobre el borde de la tina haciendo que mi coronilla casi tocara mi espalda. Las rodillas contra el suelo estaban rodeadas por una cuna de pequeñas pero pesadas piedras, al parecer estaban ahí para que mi cuerpo no se deslizara al fondo de la tina conduciéndome, hoy estoy segura, a una horrorosa muerte.
            Parecía que había pasado mucho tiempo, estaba cayendo lentamente la noche, lo que quiere decir que llevaba por lo menos cinco horas en el agua, cada músculo me dolía como si lo hubieran apaleado minuciosamente durante un día entero.  Pero más intensa que el dolor, era la pesada mirada que sentía sobre mi cuerpo, clavada insistentemente en algún lugar entre mis omoplatos. 
            Ya completamente despierta, apreté fuertemente los ojos y traté de pensar en la yema de mis dedos, me concentré con fuerza en visualizar cada uno de los veinte dedos arrugados para así tratar de evadir el irracional impulso que trataba de obligarme a girar la cara para encontrar la mirada invasora.  Era mi meñique, el de la mano derecha. Vi en mi cabeza las tres falanges y la yema completamente arrugada hasta rozar la pequeña uña con pintura nacarada, pero entonces irrumpió una vez más la mirada o el recuerdo de haber sentido esa mirada y casi como un acto reflejo moví un poco la cabeza, lo que me permitía el entumecimiento y, con el rabillo del ojo, lo vi.  Fuera del agua solo se veían su frente y sus ojos que estaban cubiertos por unos párpados con muchas pequeñas venas dibujadas. Parecía dormido. Haciendo un esfuerzo bíblico logré levantarme lentamente, parecía que mis rodillas no soportarían el peso pero no me detuve hasta tener todo el cuerpo fuera del agua.
            Ahora sé que no estaba dormido, que me vigilaba en silencio, me veía caminar desnuda e insegura alejándome de la tina, yendo hacia la bodega, abriendo la puerta, agarrando con temor la pala y después desandando mis pasos.  Supongo que no pensaba claramente, sentía que tenía que luchar por mi vida o, por mi honor.  El golpe sonó seco, sonó a desolación, sonó a tormenta legendaria, a latidos de corazón asesino. 
            Lo que pasó de aquí en adelante es el itinerario de la culpa.  Inmediatamente después de que pasara caí en una repentina confusión, era como si no hubiera sido yo, aun cuando seguía sosteniendo la pala con fuerza entre mis dos manos. Sentía como si acabara de ver a otra persona, a un salvaje, castigar esa cabeza. Me quedé otra vez petrificada y sin entender por qué, caí de rodillas llorando como un niño.  Lloré mucho, lloré mares. Solo me detuvo la idea de una tina azul llena de agua teñida de sangre y, entonces me levanté y sin pensármelo mucho me metí una vez más y, como si se tratará de la profundidad de una piscina olímpica, busqué y busqué hasta que lo vi.  Los párpados cubrían sus ojos color amarillo enfermo, solo que ahora sobre la sien derecha se escurría un delgado hilo de sangre. Me vi colgada, sentada en la silla eléctrica sintiendo la esponja húmeda sobre la cabeza, con ciento dos años acurrucada en la esquina de una celda húmeda en una isla siniestra, decapitada, muerta, asesinada en nombre de la justicia. 
            Ya era noche cerrada cuando terminé de sacarlo de la tina. Dejé su cuerpo extendido sobre la hierba del patio y me senté respirando con dificultad en el suelo, a unos cinco metros de él.  No había casi nada de luz, solo un haz oblicuo entraba franqueando la pared del patio, era la farola del alumbrado público. El delgado chorro de luz caía justo en medio de los dos iluminando levemente su cuerpo. Acurrucada en el suelo, desnuda y tiritando de frío, miraba fijamente el bulto que era su cuerpo, un bulto amorfo sobre un charco oscuro.  Lo miraba y aún sentía la textura de su cuerpo, también desnudo, sobre mis manos.  Era una repulsión culposa, un profundo temor de constatar que ese cuerpo no respiraba más, sumado a la extrañeza, a la animadversión que naturalmente Él despertaba.
            Lo miré durante minutos eternos tratando inútilmente de pensar qué debía hacer ahora, cuál debía ser mi paso a seguir, qué habría hecho Gordon Pym si estuviera en mis zapatos pero, un movimiento conjunto y violento de su cuerpo, como si todos sus músculos se contrajeran en simultánea, me distrajo de mis pensamientos. Sin moverme de mi lugar miré aterrorizaba como contorsionaba su cuerpo, era obvio que estaba vivo pero parecía sufrir inmensamente. Se sacudía cómo si tratara de saltar de costado, de elevarse y alejarse del suelo.  De pronto lo supe, literalmente era un pez fuera del agua. Sin ninguna duda era Él. 
            Me levanté y tomé mucho aire por la boca, quería llenarme de fuerza, fuerza en mis brazos para volver a arrastrarlo y fuerza para conseguir hacerlo sin sentir arcadas.  Traté de acercármele, pero sus movimientos hacían imposible que llegara a tocarlo. Sin pensármelo mucho tomé otra vez la pala, logré ponerla en su abdomen y hacer presión con cuidado consiguiendo que bajara la intensidad de sus movimientos y, finalmente lo agarré por las piernas. Aparatosamente hacía presión con la pala y lo arrastraba hacia la tina, hasta que, de una forma que es para mi casi un misterio, conseguí tirarlo dentro. El cuerpo se hundió pesadamente, y después de unos diez segundos, yo, presa del miedo, me zambullí para sacarlo a flote. Sus manos se aferraron con fuerza a mi brazo y subimos juntos a la superficie.  Una vez más estaban sus ojos y frente fuera del agua, pero ahora, más de cerca, su piel se veía verde pálida y las venas de sus párpados parecían inflamadas, enormes.
            Traté de zafarme de sus garras y salir de la tina, pero estaba fuertemente aferrado a mi brazo, me aprisionaba hasta casi hacerme daño.  Al principio pensé que estaba perdida, que me había engañado, que lo que quería era rozar a toda costa mi cuerpo desnudo pero, cuando entreabrió sus ojos y pude ver la esfera terriblemente amarilla y algo nublada mirándome, supe que era Él quién tenía más miedo, temía soltar mi brazo y ver lo que vendría después. Así que no tuve más remedio que aquietarme, dejar de resistirme y solo esperar.  Fue entonces cuando mi recuerdo de ahuyama entre las manos de mi abuela finalmente dejó de ser entrañable. Fueron larguísimas horas, horas de silencio, de quietud, de ese olor, de esa presencia suya que me obligaba a aferrarme a mi recuerdo de ahuyama para impedir que saliera huyendo. Era algo superior a la culpa, era algo semejante a la compasión, como una soledad que ve su reflejo y aunque la imagen es aterradora, se niega a dejar de mirarlo.
            De alguna manera hoy sé, y lo intuía entonces, que no fue el golpe, ni siquiera el tiempo que pasó fuera del agua desde que salió del estanque en su casa lo que terminó por matarlo.  Era inevitable.  Al principio me obsesionó la idea de descubrir por qué se había alejado de su segura casa. Lo consideré todo, pero finalmente he llegado a pensar que un ser de su calaña debe intuir claramente el final y a lo mejor solo quiso salir a conocer el mundo antes de abandonarlo, pero sus fuerzas solo lo dejaron llegar a mi patio, a mi cuerpo desnudo, a mi tina.  Antes del amanecer su cuerpo se apagó lentamente, sentí sus manos liberando mi brazo, luego se hizo pesado y se hundió.