martes, 21 de octubre de 2014

LA DESDICHADA SUERTE DEL HUESITOS

           Aunque ha pasado mucho tiempo y mis ojos han visto ya tantas cosas en este lugar, cuando hago memoria llego a ese día sin ningún esfuerzo, al día en que desaparecí, el día ese en que me volví invisible.  
            Me veo claramente en mis recuerdos. Ahí estoy yo, me reconozco porque antes, cuando me veían, era flaco flaco, de hombros escurridos y espalda encorvada. Ese día, después de practicar secretamente, había conseguido caminar muy derecho, con el pecho ensanchado y con los codos lejos del cuerpo para ir abriéndome paso entre la gente. Ese día tenía algo enorme entre manos. 
             “Hay que andarse con mucho cuidado por el mercado”; “Hay cada malazo por ahí queriendo hacerle daño a los otros”, le había escuchado decir a mi mamá cientos de veces. Pero lo que ella no sabía entonces y seguramente no supo nunca, es que desde algún tiempo antes de ese día, mientras yo caminaba por las callecitas del mercado sosteniendo su mano, solo pensaba que quería ser uno de esos malazos de los que la gente se cuida. Quería ser el que todos temen. Quería ser el terror del mercado.  Lo malo es que eso que el yo de mi memoria pensaba con seguridad ya no va a pasar, ya no voy a ser nunca una cara en la memoria asustadiza de los parroquianos, para eso hace falta, por lo menos, tener una cara.
            El día elegido por fin había llegado y el plan era más o menos sencillo. Primero debía caminar hasta al fondo, donde estaba el puesto grande, el de la señora Mercedes a la que le decían “Mechas”. Al llegar ahí debía entrar como si nada, caminar hasta la mesa larga que estaba llena de cachivaches para la cocina y juguetes muy viejos y, ahí detrás, en el mostrador, sobre una cunita de terciopelo rojo estaría esperándome mi tesoro. Lo siguiente era la parte del plan más delicada, la que solo podía hacer el artista de la distracción.  Era necesario empujar con el pie la pata de la mesa, que era como una de esas casas en las faldas de la montaña, que se sostiene por puro milagro.  Con mi golpecito la mesa debía irse abajo: decenas de calderos apilados, cucharones, molinillos de palo, anillos de plástico, soldaditos de madera y ligas para el pelo; todo al suelo en un instante. En medio del alboroto de gente y trastos yo tenía que acercarme con cuidado a la vitrina, pasar mi mano por detrás, abrir silenciosamente la puerta de vidrio y, entonces era momento de agarrarlo, de llevarme el objeto más preciado, el caro, el orgullo de doña Mechas y de todo el mercado. Todos se darían cuenta de pronto, gritarían espantados al notar que faltaba y verían que en lugar del amado objeto habría una nota mía, como hacen los ladrones de las películas.
            Ese día caminaba zarandeando los hombros y repetía una y otra vez el plan en mi cabeza. Era cómo cuando iba por el mandado de mi mamá y temía que con cada paso fuera olvidándome uno a uno de los huevos, o el queso, o el pan.
            Primero pasé por el puesto de verduras lleno de pimentones. Pasé por el de las frutas con leche condensada en coquitas de cristal que parecían conchas. Por el de pescado, que olía tan mal. Pasé por los duraznos, las lechugas, los repollos, los pollitos pintados con anilina. Por tomates, zanahorias, papas, piñas, peras, uvas.  Por el de los canasticos tejidos, por el de los quesos de todas las formas y colores, y allá en el fondo, como fantasmas, vi pasar a Los de quinto. El grupito de Los de quinto eran cinco malacarudos que se la pasaban corriendo y tirándole a todo el mundo bolas de papel apelmazadas con babas. Ellos caminaban como si quién sabe quién los hubiera nombrado los reyes del mercado y mientras tanto yo, que no debía dejarme ver la cara por ellos, estaba escondido detrás de una señora tan redonda que parecía que se hubiera comido entero un ula ula: 
            —Una pesita de aquel, por favor. 
            La señora giró a la derecha, yo giré a la derecha; que era tan gorda que seguro Los de quinto no alcanzarían a verme. Giró a la izquierda, giré a la izquierda; Los de quinto odiaban a todos los que no eran ellos. Se agachó la señora, yo me agaché, y me encontré de frente con su cara redonda redonda y sus ojitos achinados mirándome raro, como se mira algo que definitivamente no se entiende. Yo me volteé y le di la espalda a la señora pero, otra vez, sin ser visto saqué un poquito la cabeza. Miré al rededor de la cadera redonda y los vi venir. Caminaban agigantados como animales enormes atrapados en esos cuerpos pequeños, no tan menudos como el mío, pero al fin cuerpos de niños. Miraron para todos lados como buscando algo y el Negro pasó sus ojos por la espalda de la señora gorda y yo, que fingía ser parte de ella, me sentí descubierto. Sin pensármelo mucho di dos pasos atrás y quedé del lado interior de la vitrina.
            Me hice tan pequeño como pude, las rodillas pegadas a la cara y los brazos rodeando las piernas. Aunque según mi abuela yo parecía enfermo, ser tan flaquito tenía sus ventajas, me doblaba como un muñeco de los que hacen hablar sentados en las piernas de un señor. Apreté los ojos y casi casi los alcancé a escuchar entre el ruido desordenado del mercado: 
—A mil tres kilos 200 gramos El Huesitos por ahí debe estar una libra El Huesitos me las va a pagar setecientos cincuenta en la cara pa’que no se le olvide El Huesitos El Huesitos.  
            Y yo, El Huesitos, estaba a dos pasos de distancia con el piso mojado debajo de las nalgas y el miedo atragantado entre pecho y espalda.  Como para pensar en otra cosa, yo miraba las chanclas del de los quesos: cuich cuich de aquí allá, cuich cuich se movían de un lado a otro. Sus pies parecían animalitos peludos encima de la suela de plástico, cuich cuich cuiiiiichhh… y de pronto una mano de plástico húmedo me cogió por el cuello de la camisa y me levantó como si de verdad yo no pesara nada. Era la cara gigante del de los quesos a dos centímetros de la mía que me soltaba su aliento a leche rancia. Seguramente algo dijo, y seguramente yo no lo escupí asqueado, ni le pegué en la oreja una palmada de niñita y ya libre no salí corriendo. Pero sí, así fue. Corrí pensando solamente en el puesto de doña Mechas, en la nota doblada en mi bolsillo y en que nunca más iba a poder hacerle el mandado de los quesos a mi mamá. Corrí, corrí y corrí.  
            Allá, en mi glorioso destino de doña “Mechas” estaba el Negro amarrándose los zapatos, al lado suyo Bermúdez miraba para lado y lado mientras que, como un vaquero de las películas, sostenía un palito entre los dientes muy amarillos para ser solo un niño.  Entonces tuve la certeza de que era el final, que todo se iba al diablo, que Los de quinto me habían atrapado.  Pero aunque lo más posible era que me dejarán el ojo morado otra vez, no pensaba admitir haber sido yo.  Dos días antes Bermúdez había quedado como el tonto que en el fondo era cuando las niñas leyeron la carta esa que él escribió: dulce amor de mi vida, mi corazón se sale del pecho, el mundo se ilumina y tus ojos, tus labios, tú, solo tú. ¡Claro que fui yo! Cuando la vi en la cafetería accidentalmente descubierta entre sus cuadernos, fue una tentación a la que no pude resistirme.  Todavía me río. Ya no tanto pensando que mi suerte se deba a burlarme de la de otros, pero un poquito sí me río de pensar en el muy bravo, el muy malo de Bermúdez escribiendo bobadas del corazón. 
            Ahí estaba yo mirándolos a lo lejos, arrancándome pedazos de uña con los dientes y temiendo por mi suerte y la suerte de mi plan. Pensaba solo en salvar mi pellejo y tratando de encontrar alguna salida, me volteé y me encontré de frente con el puesto de “las vainas”, como mi mamá le decía. Todo lo que la naturaleza haya mandado en una vaina estaba ahí, y eso no tiene nada de raro, lo que sí era raro eran las dos mujeres que lo atendían diciendo solo lo estrictamente necesario: 
            —A la orden. Si. No. Un kilo. Doscientos. Gracias. 
            Me aterrorizaba “el puesto de las vainas”, pero la situación en la que estaba era aun más aterradora: estaba huyendo del de los quesos y temiendo ser visto por Los de quinto que no dudarían en partirme los dientes. Así que “el puesto de las vainas” se dibujaba como la única opción, como lo que parecía ser mi escapatoria, mi salvación.
            Mi mamá decía que aunque se hicieran los locos, todos sabían que las dos viejas del puesto eran brujas. Una vez, hace muchísimo tiempo, cuando no había pensando ni remotamente en volverme ladrón, mi mamá me dijo que esas señoras eran realmente peligrosas. No eran de las que ganaban dinero por sus maleficios, eran brujas de verdad. Hacían lo que hacían porque eran los instrumentos del destino de los desdichados, de los que iban a tener desgraciadas sus vidas. Mi mamá decía que los que tenían la desgracia marcada en su destino, cuando cruzaban su camino con el de las viejas del puesto de las vainas finalmente recibían lo que les tocaba, lo que los estaba esperando desde que nacieron.  Ahora cuando pienso en eso, me lleno de tanta rabia que no puedo recordar nada, y recordar lo que pasó y mirar a los que no me ven es lo único que puedo hacer día tras día.  Me llena de ira saber que nací desgraciado, que estaba en mi destino ser esto y que a lo mejor lo único que hubiera podido hacer era retrasar mi encuentro con las viejas del “puesto de las vainas”, dejar plantada un rato a mi desventura.
            Una de las brujas era una mujer viejísima como yo no he visto otra, tenía la cara cruzada por una cantidad infinita de arrugas profundas y se la pasaba durmiendo entre los costales. Uno habría pensado que estaba muerta, si no fuera porque cada tanto levantaba su brazo arrugado y tembloroso para rascarse la cabeza y, sin abrir los ojos, volvía a bajar el brazo lentamente, como si soltarlo de golpe significara desprenderlo.  La otra se veía más joven, pero igual tenía muchas arrugas y pasaba todo el santísimo día desenvainando granos: grano aquí, vaina allá, grano aquí, vaina allá. Pero esa, la despierta, no veía. Tenía los ojos grises casi blancos y todo el tiempo los tenía abiertos de par en par.  Mi mamá decía que tenerlos así de abiertos y sostener la cabeza con el mentón tan arriba moviéndola como una gallina, eran mañas de bruja. Que lo que realmente hacía, era usar su cabeza como un radar para saber todo lo que pasaba al lado suyo sin necesidad de mirarlo.  Yo, muy torpe entonces, no le creía mucho a mi mamá. Todo eso me parecían cuentos de vieja, historias para espantar niñitas.
            Con mucho cuidado me senté entre un costal y otro. A tres pasos delante de mí la ciega desenvainaba alverjas, a dos o tres pasos a la derecha, la vieja vieja dormía haciendo mover la piel sobre los huecos de la nariz. Yo, quietecito para parecer un bulto más del puesto de las vainas, por puro aburrimiento empecé a mirar con atención: un grano cae, un grano cae, un grano cae, ungra nocae. Los párpados iban tirando para abajo un grano cae, un grano cae. La cabeza me pesaba como ocho kilos de arroz un grano cae, un grano cae. En la frente se reunía todo el arroz un grano cae, un grano cae. La frente como que quería dar contra las rodillas, un grano cae, un grano cae. A lo mejor eran las rodillas las que venían hacia la frente, un grano cae, un grano cae, un gran... un...cae. 
            Hasta el sol de hoy no he visto la nieve, pero lo que vi era como tiene que ser una avalancha de nieve. Una cosa enorme, verde, brillante y redonda redonda, venía de muy arriba. Giraba y giraba. Por todos lados la enorme bola se veía igualita. Al mirarla fijo, era como si de verdad no se moviera, aunque yo sabía que se iba a estrellar de golpe contra mi cabeza que estaba puesta con el mentón contra el pecho, como esperando la bola. Detrás de la bola venía otra bola y detrás de la otra bola una bola más, y otra bola más, muchas bolas más. Todas eran enormes, verdes, brillantes y redondas redondas. Nunca he visto la nieve, pero eso era como tiene que ser una avalancha de nieve. Sentía el pecho mojado de tanto respirarme encima y esperaba que la cabeza me doliera. Como si también tuviera ojos encima de la cabeza, veía que venían las muchas bolas, que se acercaban girando.  Yo esperaba y no pasaba nada. Sudaba, respiraba con dificultad como un viejito y apretaba los dientes tanto, que me dolía la mandíbula y solo podía pensar en dientes y mandíbulas, muelas y mandíbulas, colmillos y mandíbulas. Man-dí-bu-la: una bisagra gigante. Con los mismos ojos de encima de la cabeza vi algo como una rama larga, temblorosa y arrugada que venía bajando como tratando de no bajar, pero bajaba directamente hacia mi cabeza. Mientras la rama bajaba, yo seguía viendo venir las bolas, pero la de adelante ahora parecía una uva pasa, una bola pasa. Seguía siendo redonda pero estaba arrugada por todos lados y, de pronto, la bola ya no era la bola sino la cara de la vieja vieja, que de un momento a otro abrió sus ojos y con un gesto de pocos amigos dijo: 
            —¡Ya vienen!  
Plafff. La rama-brazo cayó sobre mi cabeza.
            Desperté de golpe, asustado y adolorido. Ahí cerca estaba la vieja vieja, la vi fijo durante un rato para tratar de agarrarla mirándome. Miré su brazo arrugado y todavía sentía el golpazo vibrándome en la cabeza, y si lo sentía era que de verdad me había pegado.  Ahí adelante todavía estaba la otra vieja en su infinito: grano aquí, vaina allá, y cuando otra vez empezaba a mirar de más la caída hipnótica de los granos, vi que Los de quinto venían directamente hacia mí. Serían solo cincuenta pasos lo que había entre ellos y yo. Ahí supe que nadie nunca iba a leer: “usted ha sido robado por: ” y al lado el dibujo de una calavera con dos huesos cruzados atrás.  Un par de días antes, cuando dibujé la calavera, me emocioné creyendo que la gente iba a pensar que era un mensaje de la muerte, que la muerte con sus brazos infernales les había quitado sus pequeñas cosas.  Cuarenta pasos. Igual planeaba enterrar el reloj, ese grande y dorado con números romanos y cadenita también dorada, el reloj-orgullo de doña Mechas y de todo el mercado. El reloj-botín de mi primera hazaña pensaba enterrarlo en el patio de la casa, no fuera que mi mamá lo encontrara entre mis cosas.  Pensé por un segundo que a mi mamá tampoco le habría hecho gracia lo del brazo de la muerte y el dibujo de la calaca. Temí meterme en un lío, temí ser descubierto, así que con la mano sudada saque la nota del bolsillo.  Treinta pasos.  La mire largo y pensé qué podría hacer con ella. Veinte pasos.
            —¡Échatela a la tripa! 
Aunque nunca la había escuchado -ningún vivo debía haberla escuchado- yo supe que esa voz era la de la vieja vieja.
            —¡Échatela a la tripa!
            La voz retumbó dentro de mi cabeza mientras mi mano húmeda de sudor sostenía la nota.
            —¡Échatela a la tripa! 
            Sin pensármelo más, la arrugué y me la metí en la boca. Le di el primer mordisco a mi nota de ladrón legendario.  Nueve pasos. Ocho pasos. Siete, seis, cinco, cuatro. No lograba imaginarme qué lado de la cara me iba a romper Bermúdez. Tres. Ya era solo una masa pastosa. Dos. Tragué. Ahora tenía la boca vacía. ¡Uno! 
            Primero pasó el Negro y sentí como si me soplaran una enorme bocanada de aire caliente a la cara, quemaba. Luego vino Bermúdez. Así debía sentirse dentro de la caja la asistente del  mago cuando metían uno a uno los cuchillos. Luego pasó Carlos, el Enano y Oscar al final. Aún caminaban agrandados pero siguieron de largo, como si yo no existiera. 
            Sin tener que mirar, por alguna razón yo supe que en ese mismo instante la vieja vieja tenía el brazo levantado por encima de su cabeza. La ciega estaba inmóvil con su mentón muy arriba y los ojos casi blancos tan abiertos que debía parecer que se saldrían de sus orbitas.  Había una alverja verde y brillante detenida en el aire, a medio camino entre la mano de la ciega y el tazón de plástico.  La nota me bajaba despacio por el gaznate como si no me hubiera comido una bola de papel sino una babosa, una babosa grande y gorda que se deslizaba a disgusto por las paredes de mi garganta. 
            Los de quinto caminaban sin mirar atrás y a lo lejos alcancé a escuchar: 
            —¿Se desapareció? 
            —Pero si ahí estaba, ahí delante.
            —Tiene que andar todavía por ahí. 
  Y el Negro, con algo parecido al miedo en la voz, dijo:
            —A ese como que lo cuidan las brujas.
            Pero no, a mí ni las brujas me cuidan ya. He intentado hablarles, tocarlas, pero parece que su trabajo conmigo ya se acabó. Los primeros meses los pasé gritando y gritando, pero nadie me escucha desde ese día.  Con el tiempo me he ido acostumbrando a que la gente camine atravesándome, ya casi no se siente como el filo de los cuchillos del mago. Pero hay algo que todavía duele. Algo que quema aun más que haber visto a mi mamá vagando enloquecida por el mercado, preguntando día a día durante años si habían visto a su chinito, el flaquito, ese que le decían Huesitos.  Más que eso, lo que me llena de algo entre furia y melancolía es verlo ahí, en su cunita de terciopelo rojo. De tanto asumir que está ahí y que siempre va a estar, ya nadie más que yo mira el reloj dorado de doña Mechas. Me paso los días mirándolo, viendo a la gente pasar y recordando detalle a detalle ese día en que, en “el puesto de las vainas” y con una bola de papel bajándome al estomago, me volví invisible.

domingo, 7 de septiembre de 2014

REPORTE DE CONTROL

T
Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis... ¿hasta qué número se espera que cuente hoy?

JMD
Siga un poco más, por favor.

T
Siete. Ocho. Nueve. Diez. Veinte, treinta, cuarenta; economicemos el tiempo porque no debe quedarnos mucho; cincuenta, cien, doscientos, trescientos, cuatrocientos, quinientos, mil...

JMD
Ya está bien.  Ahora los días de la semana...

T
¿En el orden clásico o aleatoriamente? (Ríe haciendo mover su protuberante abdomen) Lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo.  Podría incluso explicarle la razón y origen etimológico de cada uno de esos nombres, a qué dios pagano hacen honor y podría también exponer una relación estadística sobre cuál es el más odiado y el que, según algunas culturas es el más apropiado para las practicas sexuales con fines reproductivos (Ríe una vez más haciendo mover, una vez más, su protuberante abdomen)

JMD
No va a ser necesario nada de eso. Empecemos otra vez desde el principio

T
Uno. Dos. Tres...

JMD
(Sonríe incómodo mientras sostiene entre las dos manos un lapicero de tinta negra) Desde Gengis Khan, por favor.

T
¿Alguna vez le han dicho que esa preocupante carencia de sentido del humor puede evidenciar una tendencia a la psicosis, el cáncer gástrico y la impotencia? (JMD estruja el lapicero entre sus manos) No se preocupe, no todo eso es cierto. Usted puede elegir dos de las tres dolencias.  (T parece contener una carcajada, JMD sostiene una mirada dura, toma un par de notas en su cuaderno, se acomoda con el dedo corazón las gafas que se escurren por su diminuta nariz)


T
Está bien, tranquilo. Habría que empezar por la profesora de sociales.  Creo, si mi memoria no me juega una mala pasada, que se llamaba Cecilia.  La señorita Cecilia seguramente tenía otro nombre delante o detrás del Cecilia, pero no lo recuerdo, igual podríamos dejarla con el “Señorita” a secas. Ahora que pienso en ella, a nosotros nunca, ni en nuestros más hormonales días, nos cupo la menor duda de que la señorita mereciera plenamente su título: la pobre era casta, seguramente lo fue hasta el final de sus días.

JMD
(Carraspea tímidamente) ¿Y Gengis Khan?

T
¿Él? No. Por supuesto que no. Su pregunta raya en la extrema ignorancia. (Suspira exasperado) Gengis Khan tuvo una gran descendencia, una descendencia que continuó su legado de dominación hasta que la historia de otros empezó a cobrar protagonismo.

JMD
(En un tosco gesto suspira y después pasa saliva, su gran manzana de adán se mueve violentamente de arriba abajo) Claro. Continúe, por favor.

T
Según los más versados, Gengis Khan fue un mongol, “El Gran Mongol”, y según muchos de los que lo creen, los mongoles por entonces estaban convencidos de que el mundo era una extensísima llanura rodeada por mares insondables.  Así que Gengis Khan era un mongol que, como otros, sabía que el mundo era finito. Por su parte, la Señorita también concebía este mundo como un ente finito al que lo seguía otro mundo infinito donde se nos premiaría o castigaría eternamente, infinitamente.

JMD
Discúlpeme, no entiendo a qué va la insistencia con “la señorita”

T
(Aunque mira directamente los ojos de JMD, no atiende a su pregunta) Ella era completamente redonda por donde se le viera. Los deditos de sus manos eran como salchichas muy rellenas que parecía que nunca podían juntarse del todo. Detrás de su codo había una enorme protuberancia redonda formada por la acumulación de carne que se veía claramente aun cuando el brazo estuviera flexionado. Su cara era redonda, tenía hoyuelos profundos en las mejillas que le daban un toque infantil, de ingenua pureza. Siempre me fue fácil imaginar los dos agujeros de la baja espalda rodeados de una carne blanda e inmaculada, era como imaginar a la virgen María amamantando a su niño: una imagen dulce y blanca. Su cabello rizado era como de mujer negra pero, delgado y flexible; siempre lo llevaba medio recogido por encima de los hombros con un gancho de carey; a cada paso que la señorita daba, todos los rizos sueltos daban desordenados tumbos. Ella siempre se ponía vestidos de flores diminutas sobre fondos de colores brillantes, la falda le llegaba hasta un poco más abajo de la rodilla y las mangas dejaban al descubierto el grueso brazo de marinero sin tatuar. 
(JMD mira a T entrecerrando los ojos como un miope. Con delicadeza dibuja un interrogante y una palabra ilegible en su cuaderno de notas. Encierra en un circulo el interrogante)

T
Las clases con la señorita redonda eran rutinarias como casi todas las clases. Su estructura y éxito, traducido en una apatía callada, dependían de variables tan irrisorias como el azar, el clima, la propagación de parásitos, el precio del pan y por su puesto: el libro de texto y sus capacidades hipnóticas, incluso narcóticas.  Tal vez el libro se llamaba Civilización seguido de un número que correspondía al grado escolar para el que estaba diseñado. Civilización # traía hermosas láminas de colores para cada tema. ¡Me encantaba ese libro! Se parecía mucho al Libro Gordo de Petete, también de mis amores, pero no era ni gordo ni tenía al pingüino café de tierras lejanas como guía...    

JMD
Disculpe, señor...

T
(Mira al vacío que hay al frente suyo con la boca ligeramente abierta, podría ser que hable sin emitir sonido) ...están indiscutiblemente ligados. Separados por siglos y kilómetros de distancia, son en mi memoria vecinos; uno es con el otro y solo con el otro.  Incluso los mongoles en mis recuerdos de esa época eran una comunidad mágica, imaginaria. Ellos no existían más que para mí, y su historia era una hermosa y violenta ficción escrita por quién sabe quién, pero que llegaba a mí gracias a la Señorita.

JMD
Señor, por favor, tratemos de apegarnos al esquema. ¿Qué tal si ahora hablamos de Napoleón?

T
Ella no decía gran cosa en clase, dudo que conociera realmente bien esas historias, por lo menos no también como “Civilización #”. Por eso necesitaba tanto del libro, porque ella no podía contarlo así, no conocía las palabras para crear una imagen de ese hombre legendario. 
La señorita se paraba entre el tablero y su escritorio y nos indicaba la página que debíamos leer y el taller a resolver, después se sentaba y esperaba. A veces alguien se acercaba a ella y le planteaba alguna pregunta obvia, a veces no; supongo que lo que ella hacía era esperar que el tiempo pasara. Lo mismo habría conseguido haciendo dibujos en el tablero con la tiza que a todos los profesores hacía toser o corriendo al rededor de la cancha de baloncesto, pero si hubiera hecho esto ultimo, a lo mejor habría terminado perdiendo su redondez inmaculada y seguro ya no le gustaría tanto a mi memoria, por donde se desliza ligera como un caramelo entre la lengua y el paladar, y se mueve así por su redondez y claro, por Gengis Khan.

JMD
Señor, si es posible, ¿podríamos dejar ya al señor Khan?

T
¡Temutchin! El mongol se llamaba Temutchin. Era hijo del líder de una tribu, de una de las tantas tribus de esas tierras inhóspitas por allá por el siglo XIII donde “Gengis Khan” era algo así como un título que distinguía al emperador del universo.

JMD
Señor, es muy importante que intente...

T
¡Claro! Es la epifanía. Temutchin debió haber tenido una epifanía, una revelación, ver de alguna manera que él era el elegido, que podría portarse como un elegido y convencer a todo el mundo  que era un ser que había venido al mundo con una gran misión. Creo recordar que alguna vez ella lo insinuó, o a lo mejor fue Civilización #; mi memoria me juega malas pasadas a veces...  (Su abdomen se hincha con un suspiro que parece triste) Debió saber de alguna mística manera que su deber era vincular a todas las diversas tribus y hacer algo así como lo que hoy llamamos una patria, unirlos a todos al rededor de la tierra, y eso ha de ser difícil tratándose de un pueblo nómada.  Pero ese era solo el inicio del gran plan. Después haría de toda la tierra “su” tierra, dominaría el mundo, se haría acreedor de todo cuanto pudiera mirar o pisar.
(Vuelve a mirar abstraído el espacio frente a él) A lo mejor dormía sucio, sudado; tal vez con una mujer al lado o con el cielo estrellado sobre su cabeza. Dormía tranquilamente y de pronto lo supo, supo que era él, supo que su misión era más grande que él mismo, supo que era un instrumento del destino. O tal vez no, tal vez todo fue menos novelesco.  Tal vez era una necesidad de la época, una de esas cosas que tienen que pasar y la responsabilidad de que pasen recae, de pronto, como si de una ruleta se tratara, en algo así como cualquiera… O a lo mejor fue como la designación del Dalai Lama y otros Lamas, que funciona a partir de la certeza de la reencarnación… 

JMD
(Se quita abruptamente el lapicero de la boca) Eso es, hablemos del Dalai Lama

T
...Es como si desde el principio de los tiempos alguien hubiera sido creado con una misión y tuviera que transitar por tiempos, lugares y contenedores diversos, hasta llegar al momento, lugar y contenedor indicado para que pase lo que debe pasar, para que sea el protagonista. Sigue siendo una hipótesis romántica pero, no hay  forma de justificar lo injustificable.
A lo mejor fue un movimiento humano natural en una sola dirección, como una ola, pero cuando la gente parece una ola no es natural. Hay quienes creen que no es posible que una mente común o el destino mismo los hubiera guiado “naturalmente” a todos en una misma dirección, así que en medio de todo esto tan extraño, lo lógico para calmar la angustia, es asumir que alguien, mucho más lúcido que todos los demás, hubiera tenido la mencionada epifanía, además de la voluntad, el carisma, el liderazgo y así, en un grito legendario hubiera hecho que todos los otros, todos los hombres como cosa genérica, hubieran tomado una misma dirección, la dirección del destino, la que debían tomar y jamás lo hubieran conseguido sin ese hombre, sin el elegido. 
(Toma el aire que parece faltarle tras la retahíla) La historia está llena de elegidos, parece que sin ellos la maquinaria de nuestro devenir no puede avanzar, no tiene posibilidades de locomoción, al parecer se necesita un maquinista.

(JMD pone su mano derecha en el hombro izquierdo de T. T, con el ceño ligeramente fruncido, mira al frente vacío, su mandíbula empieza lentamente a descolgarse en un gesto casi estúpido) 

T
Había demasiados dioses dominando el mundo. Dominaban pueblos y se ungían estandartes en campos de batalla. Eran dioses en pugna, en batallas mundanas por propósitos mundanos. Dioses con rostro de hombres. También había hombres que solían caminar y caminar sin descanso. Llegaban a una tierra y la consumían. Tras consumirla seguían adelante dejándola estar lista para su regreso o para el paso de otro. Iban a otra tierra y así, indefinidamente en un circulo al rededor de la tierra y el tiempo...  Es como un territorio muy accidentado topográficamente. Un hombre asciende y forma un imperio: la gran montaña. Un hombre cae catastróficamente, un imperio se derrumba: la meseta sucumbe arrodillada frente a la gran montaña que eventualmente será también meseta. Otros en cambio, parecen eternos y plácidos valles. A veces, en un agresivo nudo convergen enormes cadenas montañosas que parecen pelear hasta que se erige la más alta. Luego viene la depresión: uno que está más bajo que el límite de lo bajo...

JMD
¿Señor?

T
La historia de todos está escrita en las páginas de un ingenuo libro escolar... (Su mirada, claramente acongojada, parece detenerse en algo que no está ahí)
  
JMD
Señor, intente escucharme... (Su mano derecha está sobre el hombro izquierdo de T; la izquierda, en el hombro derecho de T)

T

(Alejando sus ojos de la ventana mira tiernamente a JMD, pone su mano derecha sobre la mano derecha de JMD) Solo estoy corriendo al rededor de ellos. Corro para tratar de ver si son o no laminitas en el libro Civilización #. (JMD y T se miran en medio de un angustioso desencuentro)