jueves, 17 de octubre de 2013

SI LA MUERTE LLEGA


Cuando lo vi garabateado en su pecho, apenas dos centímetros debajo de la clavícula, no conseguí leerlo con claridad.  Mientras él lo dibujaba con el dedo lo repetía como para que yo entendiera: si la muerte llega, si la muerte llega, decía como quien repite un mantra.  Un tatuaje hecho “a la mala”, una marca semejante a la que identifica a una res como propiedad de su hacendado. Ahora le pertenecía a ellos y si le fuera solicitado -o mejor, cuando le fuera solicitado-, tendría que abrirse la camisa y mostrar su marca a manera de santo y seña. –¿qué quiere cruzar el río? ¿Quiere atravesar este pedazo de tierra para ira allí, a la casucha de su vecino? Muestre su marca.
Así, con la muerte pisándole los talones y con el anuncio de su proximidad rayado en el pecho, un día ya sin más opciones, agarró a su esposa, sus tres hijos y a Pepo, su liebre de monte y tomó rumbo a la ciudad, a la gran ciudad que está habitada por gente cuyo gentilicio no coincide con el nombre del lugar donde residen.  En Bogotá al parecer pocos son bogotanos, o por lo menos pocos lo son de nacimiento, pocas familias tienen sus raíces arraigadas en está ciudad desde generaciones atrás.  Bogotá está poblado por gente de la provincia, de todos los rincones de esta geografía colombiana llegados aquí por las más diversas razones y, un nutrido grupo arriba por las mismas razones que él, porque una guerra de varias caras los sitió, les dio cacería, y en lo que bien podría parecer un gesto noble, en lugar de darles como quien dispara al blanco, los dejó salir corriendo a buscar suerte llevando ya inoculado el bicho del miedo.


En Bogotá lo que a él le queda de su lejana tierra son historias que desgrana fragmentariamente, como esa de los indios que en el turbio río le hacen el amor a los delfines hembra –él no, él nunca-.  Le queda el recuerdo de las correrías transportando prostitutas desde el otro lado de la frontera en lanchas fantasmas.  Le queda la rabiosa nostalgia por la tierra, la dulce tierra entre sus manos, los peces enormes, casi míticos de nombres igualmente poderosos que no puedo yo repetir.  Pero también le quedan recuerdos de cuerpos sepultados en el río, porque allá donde vivió, donde es su tierra y de donde es su acento, allá no se puede caminar catorce horas para llevar a un muerto a tierra sagrada, a veces, es incluso peligroso pretender pescarlos y sacarlos del agua, se corre el riesgo de terminar flotando a su lado.  Su río, como tantos otros de los nuestros, es una enorme y anónima sepultura que fluye entre piedras y montañas. 
Atrás quedó el vecino, el amigo, atrás la cadena interminable de parentescos y filiaciones, atrás la vida de entonces. Ahora las noches frías con la vida dentro de un par de cajas que otro quiere robarse y que él defiende a machete.  Ahora un puesto improvisado para vender cigarrillos al menudeo después de meses con la mano extendida frente a la entrada de un centro comercial.  Ahora un hijo que más que a él, se parece a los raperos citadinos, un hijo con cejas perforadas a mansalva por la propia mano.  Ahora una hija que en lugar de pensar en la tierra perdida, sueña con su rostro en la portada de una revista.  Ahora Pepo, la liebre aquella, muerta de repente un mal día, el mismo día que el hijo mayor estuvo acostado por horas bajo las manos de médicos que trataban de enderezar la pronunciada S de su espalda.  Y Pepo murió, dice él, porque esa noche alguno de los suyos tenía que desaparecer, y al morir así, tan de repente, Pepo salvo a su hijo que ahora vive una vigilia que parece sueño en la clínica, custodiado por su mamá que ha terminado por hacer de ese cuarto aséptico su casa. 
Si la muerte llega.  ¿Qué pensará la muerte cuando finalmente llegue?

domingo, 6 de octubre de 2013

A LA ESPERA DE PRONTA RESPUESTA


Hace exactamente siete noches soñé contigo. Fue un sueño misterioso, aún me siento inquieta, temerosa. Siento que desde esa noche hay algo que no termina de encajar. Cuando me desperté, extrañamente pasadas las diez, me sentía profundamente abatida, como se debió sentir esa anciana que salió en la televisión. Su marido murió después de haber sido su compañía por más de cinco décadas y ella, con el corazón y la razón partidas a la mitad, lo único que pudo hacer para menguar su tristeza, fue embalsamarlo ella misma y pasarse los días que le quedaban arrastrándolo por la casa: en la mañana, a la mesita para tomar el desayuno; por la tarde, al estudio para leer; al caer la noche, a la cama para acompañar sus sueños. Así me siento yo desde que desperté ese día, como si de pronto supiera que toda mi vida he arrastrado un cuerpo muerto pretendiendo siniestramente que está con vida.  
Ese día tenía otra entrevista, tantas entrevistas y al final tan pocos trabajos. La cita era a las ocho en punto al otro lado de la ciudad, así que tenía que tomar dos buses y eso me llevaría por lo menos una hora, pero no hizo falta, porque desperté demasiado tarde. Cuando abrí los ojos tuve la certeza de que había perdido la única entrevista que habría terminado con un apretón de manos amigable y una sonrisa sincera: bienvenida, este es su cubículo, empieza el lunes pero tiene pago desde hoy.  Aun cuando estaba segura de haber perdido mi oportunidad no era eso lo que me hacía sentir tan desolada, tampoco era todo lo que había pasado la noche anterior.  No, era el sueño.
Me había acostado mucho más tarde de lo habitual porque esa noche lo había visto. Y lo digo así porque yo lo vi a él pero él no me vio, seguramente ni sospecha que suelo mirarlo a lo lejos.  Y no es que yo me proponga perseguirlo y hacer eso que de lejos debe parecer vigilarlo. No, yo voy por ahí, por mi camino, y a lo lejos lo veo. Pasa solitario mirando al suelo o, acompañado de otros tres entra al cine mientras yo, de pie en el otro andén, compro distraídamente un cigarrillo. No es culpa mía, es el destino lo que me empuja.  Esa noche yo caminaba por la callecita de los libros de segunda, “libros leídos” dicen algunos.  Me acababa de tomar un mal café con una vieja amiga de conversación más bien sosa, porque cuando una mujer se dedica casi exclusivamente a tener hijos no tiene mucho más de qué hablar además de pañales, colegios, juguetes, mocos, primeros pasos, primeras palabras, primeras veces de todo una y otra vez. Al salir de la cafetería y despedirme cordialmente de mi insulsa amiga, caminé media cuadra y entonces lo vi pasar. Iba solo, vestía un traje de gala con el que parecía haber dormido porque estaba arrugado y desordenado. Andaba rápido y miraba cada tanto el reloj en su muñeca. Me resistí un par de segundos pero, no pude evitarlo, tuve que seguirlo.  Y aunque lo que pasó de ahí en adelante es extraño, insisto en que es el sueño, el sueño en el que tú aparecías, lo que me ha dejado tan descolocada, y aunque se que tú no crees en premoniciones o en ocultos significados de las cosas triviales, yo estoy convencida de que todo esto es un signo, un mal presagio.
Él caminaba en impecable línea recta, yo iba media cuadra atrás y, desde donde lo veía, parecía mirar su reloj cada dos o tres pasos. Indudablemente tenía mucha prisa. Así seguimos por más de veinte cuadras, todas callecitas oscuras y desoladas por las que no creo haber transitado antes.  Tras mucho caminar, llegamos a un parque, un parque de barrio con bancas de cemento de aquellas que tienen grabados nombres de gente insigne y completamente desconocida por todos. Casi todas las luces del parque estaban apagadas, y las casuchas alrededor parecían deshabitadas o sumidas en el sueño, como si no fueran apenas las ocho sino las dos o tres de la mañana.  Ya en el parque, es decir a media cuadra del parque pero frente a su inminencia, me aterrorice. Me di cuenta que en las ocasiones anteriores, siempre lo había visto haciendo tonterías: conversando, leyendo, en el cine o en un concierto pero, esta vez era distinto. Esta vez pensé que sí podía tener razón, que ese hombre, tu hermano, estaba inmiscuido en algo turbio, era un asesino o un ladrón, un malvado al fin.  Si el azar o lo que sea ha conseguido que aún sigas leyendo, por favor no vayas a dejar de hacerlo ahora. Ya se que antes me has prohibido acusarlo, si quiera mencionarlo pero, esta vez es importante que conozcas lo que pasó esa noche y finalmente, tras saber su contenido, puedas entender mi turbación por culpa del sueño.
            Él llegó al centro del parque, yo continúe atrincherada en la esquina, si me acercaba más estaría demasiado expuesta y podría descubrirme.  Durante minutos eternos estuvo inmóvil en el claro del parque hasta que, como si se tratara de un sonido proveniente de otro tiempo, empecé a escuchar primero un silbido tímido, luego muchos más como respuestas que venían de todos lados: del parque, de las cuadras adyacentes, incluso, y para terror mío, de la misma calle donde yo estaba.  Quien había silbado primero era sin duda él, lo hizo una vez más y de nuevo recibió respuesta de todos lados, pero esta vez el sonido parecía desplazarse. Se acercaban.  En este momento solo pude pensar en huir. Por primera vez podría comprobar si mis ya viejas intuiciones sobre tu hermano eran ciertas pero, yo solo pude pensar en huir, en alejarme todo lo posible de ese sujeto que parecía estar convocando un ejercito. 
Seguro pensarás que exagero, que siempre exagero con lo que tiene que ver con él.  Por eso huiste, o eso fue lo que dijiste, que yo tenía un problema, que necesitaba ayuda, que mi paranoia requería medicamentos.  
Como es fácil suponer, no huí, no pude hacerlo. Estaba inmovilizada por los silbidos, escuchaba sobretodo el que parecía provenir de la cuadra en la que yo me escondía. Este, como los demás, parecía avanzar.  Temí de pronto sentir que los silbidos me envolvían, que se arremolinaban sobre mí.  Pero eso no pasó, los silbidos seguían avanzando mientras yo apretaba mi cuerpo contra la pared y mantenía los ojos fuertemente cerrados, como si solo pudiera usar uno de mis sentidos a la vez.  La sangre se me heló, te juro que se heló cuando sentí pasar el silbido cerca de mi cara. Por fortuna siguió de largo.  Cuando estuve segura de no escuchar más silbidos pude por fin abrir los ojos.  Mire hacia el claro del parque, ahí seguía él, pero ahora estaba rodeado de un grupo de por lo menos veinte hombres vestidos también con un trasnochado traje de gala.  Los hombres formaron un círculo al rededor de él y empezaron a caminar, el circulo giraba. No se escuchaba el menor ruido.  Entonces, decidí que era momento de marcharme, que fuera lo que fuera que hacía tu hermano en medio de la noche, no me importaba.  Alcancé a torcer mi cuerpo para alejarme por donde vine cuando reconocí mi mentira. ¡Claro que me importaba! Me importaba por fin poder probar que yo no estaba loca, que efectivamente él ocultaba un siniestro secreto.  Así que no me moví, apreté fuertemente mis dientes, como sabes que hago cuando estoy por demostrar un derroche de voluntad, cuando hago un sacrificio.  De pronto lo escuché, era su voz.  Si en algún momento de insensatez pensé que a lo mejor lo había confundido con otro, que todo podía ser un error, al escuchar su voz, cualquier atisbo de duda se esfumó.  Era él.  Aunque su voz me llegaba apagada por la distancia y el viento de la noche, alcancé a escuchar las instrucciones, mencionó dos calles, tres barrios y dos nombres masculinos, uno de esos nombres, lo escuché claramente, era el tuyo.  Al oír tu nombre pensé que me desvanecía.  Sentí como si la pared sobre la que estaba fuertemente tumbada empezara a destilar un líquido tibio que corría por mi cuerpo, mi piel hervía.  Sin darme cuenta me deslizaba pared abajo.  
Cuando me percaté, estaba en el suelo, respiraba con dificultad y tenía la mente en blanco.  Miré temerosa a mi alrededor y por un par de segundos no tuve idea de dónde estaba o cómo había llegado allí. Lentamente fui recuperando la compostura y, envuelto en una luz fantasmal, en mi cabeza fue apareciendo la imagen de él, él con su vestido de gala rodeado de los hombres también de gala. Con menos temor que premura, me levanté y asomé la cabeza para alcanzar a ver el claro del parque. A riesgo de confirmar tus hipótesis sobre mi locura, he de decir que, muy a mi pesar, el parque estaba absolutamente vacío.  No se bien qué pasó, cuánto tiempo permanecí sumida en mi estupor pero, al parecer fue suficiente para que se diera por terminada la siniestra reunión. 
Esperé hasta pasada la media noche pero, nada pasó, nadie apareció por el parque.  Todo el tiempo procuré tener aguzado el oído pero el único silbido que volvió a escucharse era el que producían las ramas de los arboles al ser violentamente agitadas por el viento que, de tanto en tanto, azotaba el parque.  Pasado este tiempo, mi tensa posición contra la pared tenía todos mis músculos entumecidos y mi mente empezaba a divagar. Al repasar lo que había sucedido me percaté de mi descuido.  De todo lo que pude escucharle decir, lo único que recordaba con total claridad era tu nombre, pero esforzándome logré recordar el nombre de una de las calles, el resto lo he olvidado irremediablemente.  Casi corriendo, me dirigí a la calle Mares, cómo olvidar el bonito nombre de esa horrible callejuela en el centro.  Mientras recorrí las casi cuarenta cuadras que me separaban de Mares, solo rogaba al dios del cielo que bajo ninguna circunstancia tuvieras algún nexo con esta calle.   Algo más de la una de la mañana de un miércoles de Julio, la calle Mares estaba desolada. Ansiosamente corrí al teléfono público que está justo en medio de la calle y marqué el número de tu casa. Sentí que la espera duraba una eternidad. Alcancé a escuchar que levantaban el teléfono del otro lado de la línea. Colgué. No quería hablar contigo, solo quería saber que estabas en casa, que no estabas ni habías estado en la calle Mares, eso de alguna manera me producía una tibia calma. Fue entonces, cuando trataba de alejarme de la calle Mares con un repentino cansancio que me doblegaba las piernas, cuando decidí casi con risa, que había sido todo un desatino.  Tomé el primer taxi que encontré y me largué a casa.  Caí como una roca a un estanque de agua, morí por un rato, hasta pasadas las diez.
Cuando desperté, el abatimiento ya estaba ahí, en el aire, pero no pensaba en él, ni siquiera en el sueño, inicialmente solo pensaba en la entrevista perdida. Fue al poner un pie en el suelo cuando irrumpió el sueño. Lo vi de pronto y me aterrorizó lo vívido de las imágenes, lo poco fragmentario del recuerdo.
Mi sueño transcurría en un terreno rocoso y árido.  Rojo el suelo y negro el cielo. Las formaciones que se alzaban de la tierra parecían salidas de una pintura de Dalí, eran estructuras de equilibrios imposibles, o solo posibles en altos salares andinos.  En una de estas formaciones alta y angulosa como una torre, estaba yo de pie, entrecerraba los ojos, supongo que por la arena que debía arrastrar de un lado al otro el viento. De repente, en el cielo brillante empezó a desplazarse a una velocidad vertiginosa una espesa nube negra. Todo se hizo gris, el suelo, el cielo, mi piel. Yo entonces me sentí aterrorizada, la nube era la fatalidad. Con más insistencia seguía mirando al frente. Finalmente, muy lejos, en otra torre de piedra como la mía, tal vez una torre idéntica a la mía, estabas tú de pie, mirando y entornando los ojos como yo. Tu imagen me tranquilizó, verte al otro lado incluso me hizo gracia. Con esas habilidades cinematográficas propias del sueño, lograba verte a lo lejos, porque tu torre parecía estar a cientos de kilómetros, pero a la vez, o sucesivamente, podía ver tu rostro, solo tu rostro ocupando todo el espacio. Yo empecé a llamarte, temía que aun cuando miraras en dirección a donde yo estaba, no me vieras.  Grité tu nombre, pero no se escuchaba nada. Veía mi boca moverse, incluso la sentía moverse, pero no escuchaba mis palabras. Y entonces sobrevino la angustia. Temía que si yo no me escuchaba seguramente tú tampoco me escucharías. Supe de pronto que era apremiante que nos comunicáramos, era indudable que había algo urgente que decirnos.  Veía tu cara inexpresiva rozada por la arena gris que movía el viento y esperaba que tu boca de pronto se abriera pero, tú solo seguías mirando al frente, inmóvil.  Yo gritaba a todo pulmón, sentía que mi garganta se desgarraba y aun así no se oía nada.  De pronto noté que estabas vestido de traje. Con expresión severa continuabas mirando al frente, parecías disgustado. Tenías la boca un poco inclinada a la derecha y la ceja izquierda ligeramente levantada. Era ese gesto engreído que me resultaba tan sugerente hasta que conocí a tu hermano y me di cuenta de que era un ademán compartido, era una sutil expresión que los igualaba. Al pensar en eso me percaté de lo evidente.  Ahí, con tu traje, de pie sobre la torre, eras terriblemente parecido a él, eras él. Sentí como los músculos de mi abdomen se crispaban y mis manos temblaban sin control.  No sabía si eras tú o era él. Era como si los rasgos de tu rostro cambiaran sutilmente en cuestión de segundos, aparecían unos pocos pelos más en las cejas, la nariz se achataba casi imperceptiblemente, el mentón se alargaba. Ya no quería gritar, temía que de un momento a otro mis palabras sonaran, pero quien las escuchara fuera él y no tú. Contra mi voluntad seguía gritando cada vez con más violencia.  Desde el estómago sentí que algo subía lenta y dolorosamente, me despedazaba a su paso. Subió por la garganta, sentía como si fuera una bola de tenis ascendiendo a mi boca.  Traté de mantener los labios sellados, apretados los dientes, pero la pelota de tenis salió: 
—En julio, será en julio—Grité sin darme cuenta.  
 Tu -o él- empezaste a abrir lentamente la boca, pasaste tu lengua por los labios como si estuvieras muy sediento, fatalmente sediento:
—Mares. Mares. Mares—Sonó tu voz de pronto, yo la escuchaba como una prolongación del sonido del viento.
—Mares. Mares. Mares—Decías con gesto doloroso, como si articular la palabra cada vez te punzara como una herida en el pecho.
Sentí que lloraba. No me vi llorar ni estuve segura de que llorara, solo lo sentía.  Y de pronto tu torre pareció alejarse.  Tenías un gesto acongojado. Tu rostro era el de él pero, ensombrecido.  Desperté.
Desde la noche siguiente a la del sueño, cuando se me hizo insoportable el abatimiento, cuando noté que las imágenes que recordaba no se iban como los jirones de un sueño cualquiera, te llamé.  He marcado tu número telefónico cientos de veces en estos pocos días, nadie contesta. He llamado desde el teléfono de la cafetería de la esquina y desde una cabina pública temiendo que quizá tengas identificador y no quieras contestar sabiendo que soy yo, pero todo ha sido inútil.  Pensé en ir a tu casa, a tu oficina y corroborar que está todo bien pero, desde hace dos días no puedo poner un pie en la calle.  Es como si me hubiera hecho presa de esta casa, me aterroriza solo pensar en el exterior.  He de verme como una estatua humana: pálida, gélida, petrificada por el pánico.  La señora Flores, que me piensa contagiada por un virus respiratorio, me deja sopa caliente en la puerta, me trae el periódico y se lleva el correo.
Ayer fue el ultimo día de Julio. Hoy he leído la noticia. Dicen que fue desde el puente de Luces hasta Mares, que era un grupo pequeño, tal vez cinco o seis, con máscaras como las que se ponen los niños en noche de brujas; que bajaron desde el puente exhibiendo sus armas (¿como las de los niños en noche de brujas?) y terminaron disparándole a dos tipos.  He llamado al periódico, a la policía, nadie me dice quiénes eran los dos tipos. Te envío esta carta, que cordialmente la señora Flores ha llevado al correo, con la esperanza de que me contestes.  Por favor, por favor responde esta carta y demuéstrame que estoy loca, que no existen los malos presagios.


miércoles, 18 de septiembre de 2013

EL PEZ LEGENDARIO

I
Tras los estallidos de las primeras descargas, la mayoría despertó con un grito ahogado, aterrorizados descubrían que al fin se cumplía la vieja promesa de sitiar el pueblo. Él por su parte, dormía hecho un cálido ovillo entre sus cobijas pesadas y peludas.  
Los disparos parecían venir de todos lados y sin necesidad de aguzar mucho el oído era fácil imaginar que su casa, en mitad de la Calle Real, era el mismísimo blanco de los forajidos. A pesar del alboroto afuera y del tenso silencio que todos los de la casa sostuvieron durante tres horas sentados en el suelo alrededor de su cama, él no despertó.   Todos contenían la respiración, se agarraban de las manos y lloraban hacia adentro.  Estaban ahí como una corte de animalitos acorralados no solo porque su cuarto estuviera tan al fondo de la casa, sino porque sabían lo que podía pasar en caso de que él ¡no quisiera Dios! despertara fuera de su horario. Sus rutinas eran estrictas, severas. Si una de sus doce idénticas camisas blancas de rayitas azules casi invisibles, no estaba planchada y colgada en el espaldar de la silla -que debía estar a treinta centímetros de la mesita que hacía las veces de escritorio y que desde la noche anterior quedaría impoluta- él gritaba, gritaba como un loco durante quince minutos;  había quien decía que sus bramidos podían oírse desde el otro lado del pueblo.  Si por alguna razón despertaba un martes antes o después de las siete en punto, pasaba lo mismo; pero si se trataba de un sábado, la hora inamovible para ponerse en pie eran las cinco y treinta. Si algo llegaba a cambiar esta rutina, él, como un endemoniado, levantaba la casa a gritos hasta que no le quedaba un jirón de voz.
La familia entera lo sabía. Sabía que uno de sus gritos podía ocasionar que llenaran sus cuerpos de balas.  Así que prefirieron rodearlo, cuidarlo, vigilarlo mientras afuera agujereaban las paredes de la casa, del mercado, de la escuela y de la alcaldía que quedaba solo cruzando la esquina.  
5:30.  Se levantó y se cepilló los dientes con bicarbonato. La tía decía que si lo hacía todos los días, al final iban a quedarle tan blancos como los de los negros del río que tanto se mofaban de él diciéndole que su boca parecía la de un anciano que ha fumado toda la vida un chicote tras otro. Treinta y cinco veces de abajo hacia arriba; treinta y cinco de arriba hacia abajo; treinta y cinco en círculos sobre los de abajo; treinta y cinco en círculos sobre los de arriba. ¡La lengua no! le daba náuseas, así que compensaba con cinco buches que duraban cada uno lo que se tardaba pensado: mil uno, mil dos, mil tres, mil cuatro y mil cinco. 
Miró el reloj de plástico verde militar en su muñeca derecha; a él le habría gustado llevarlo en la izquierda, pero su hermana le había dicho, muy seria, que en la izquierda lo llevaban los maricas. 5:45. Sintió en su vientre un furioso mordisco, como si algo tratara de comérselo desde adentro; se agarró el abdomen con fuerza y esperó a que el bicho o lo que fuera que se lo comía por dentro, se aquietara solo.
Pulcra camisa blanca de rayitas azules casi invisibles, pantalón negro con impecable quiebre de plancha, botas negras de cuero a diario embadurnadas con betún y brilladas hasta el cansancio. Al lado, en el suelo, el pequeño morral de tela cargado con sus tesoros. No había ni un plato. La panera no estaba. No estaba, ocupando su puesto, ninguno de los otros comensales. Él, sentado en la cabecera de la gran mesa del comedor con las palmas de las manos sobre las rodillas esperó mirando con atención al frente como si observara a un interlocutor invisible.  5:50. 5:55. Nadie aparecía con el chocolate y las tostaditas tan pequeñas que le cabían tres en la boca. 6:00. ¡Oe! –empezó a gritar primero suave, sin quitar las manos de las rodillas como para conservar la calma.  Después de mirar de reojo el reloj y descubrir que marcaba las 6:05, el ¡Oe! se volvió más fuerte y, sincronizado con un nuevo mordisco desde adentro de su estómago, volvió a gritar un ¡Oe! iracundo.
Arrastró su morral y empezó a deambular por la casa. Cada cinco pasos miraba su reloj y mientras apretaba los puños, rabioso, seguía con su ¡Oe! altanero. Nadie contestaba, no había nadie.  6:15. Furioso fue abriendo a patadas las puertas de cada uno de las habitaciones, pero tampoco encontró a nadie tendido en cualquier cama. No había nadie. 6:30. Pensó en gritar, gritar más fuerte y agudo de lo que jamás había hecho, pero el aullido se le atoró a medio camino en la garganta, de qué valía gritar si no había quién escuchara.
 Era el colmo, las 6:40 de un sábado y él aún estaba en casa. Él sabía, lo había entendido con claridad cuando, hacía ya varios años, se lo dijo don Chucho: “al pez grande hay que salirle temprano”. Si su retraso seguía acrecentándose, ese sábado tampoco atraparía a su pez legendario, ese que no había conseguido ver más que en sueños; ese enorme, más grande que el bulto que formaba el tío Jaime al abrazar al abuelo; ese pez de bigotes larguísimos y brillantes como hilos de plata; el pez de las escamas zarcas, que lo hacían parecer confeccionado con pequeñísimos azulejos de baño. Ese mismo pez que en sus sueños saltaba fuera del agua, giraba la cabeza como si tuviera cuello y con una voz delicada y dulce que no correspondía a su volumen, decía su nombre: ¡Jhoncito!, y al decirlo abría grande la boca, tanto que alcanzaba a vérsele, destellante, un diente de oro.
Tras pensárselo un rato, decidió que sería un valiente y tomaría el destino por sus manos: colgó de sus hombros el morral de tela, se puso la gorra, tomó su caña de pescar y, fingiendo para si mismo una seguridad que no tenía, se enfiló hacia la puerta de entrada. Trató de girar la perilla, pero esta no se movió, parecía asegurada con fuerza; pero él bien sabía que esa puerta no tenía tranca ni nada parecido, y que en el pueblo pocas eran las puertas que se cerraban bien cerradas. De pronto lo supo, lo que no lo dejaba salir era algo así como una mano que del otro lado tenía agarrada la perilla para impedir que él la girará. Trató y trató, pero no consiguió moverla ni un milímetro. Puso la oreja contra puerta y lo que escuchó se parecía al silencio de un montón de gente, como si todos hubieran abierto la boca para decir ¡Dios mío! o ¡Santísima virgen!, o sólo ¡oh!  pero no les hubiera salido nada. Así le pareció que sonaba, como palabras tragadas a la mala. Luego escuchó algo que parecían baldados de agua y unas escobas que empujaban el líquido calle abajo. 6:20. No tenía otra alternativa, como los reos de aquella película, escaparía dando un enorme salto sobre los muros.
Todos los sábados era más o menos lo mismo, él se levantaba a las 5:30 y realizaba su rutina que terminaba involucrando a todos los de la casa que, como un batallón bien entrenado, corrían de una lado a otro ajustando sus pequeñas vidas a los tiempos y caprichos de él.  En el comedor, mientras todos pasaban el pan, la mantequilla batida y la mermelada invariablemente roja –que era su color favorito- él no dejaba de decir que esta vez sí sería, que su pez no conseguiría esconderse, que por fin lo atraparía y lograría, lleno de dicha, ver su diente de oro. Todos lo escuchaban con fingida atención y asentían con la cabeza, no convenía cuestionarlo o poner en duda alguna de sus ideas, disgustarlo implicaba enfrentarse a sus gritos, a su enorme cuerpo abalanzándose contra la pared o al espectáculo del dorso de su mano dando golpes a su propia cabeza.
Tras el corre corre matutino, él conseguía siempre estar en el río antes de las 6:15. Rozagante se preparaba para atrapar a su pez legendario mientras los negros lo miraban como el bicho raro que siempre fue. Ese sábado él estaba, si es posible, aún más seguro de que se trataba del gran día, del único día en que atraparía a su pez; lo sentía en las manos, en los hombros, en el vientre. Eso creía él, que los mordiscos en el estómago, el sudor en las palmas de las manos y ese peso enorme en los hombros era la premonición del encuentro.  Pero, aunque algo de esto había, todo su cuerpo trataba de advertirle -como a los del pueblo les avisaron con cartas deslizadas bajo las puertas- que lo que se acercaba a pasos pequeñitos era el miedo, el miedo que se le metería bajo la piel y se instalaría de forma vitalicia en su cuerpo.
6:25. Ya en el solar se metió entre la maleza espesa, se encaramó en lo alto del naranjo y desde ahí saltó al techo de los Acevedo sin soltar su caña. Un salto más y estaba sobre la casa de los Rojas, se descolgó por la canal y listo. Estaba orgulloso de sí mismo, había conseguido alejarse una cuadra de la puerta trancada de su casa. Miró una vez más su reloj y como un poseso echó a correr calle abajo.  Tras dos cuadras se detuvo en seco en la intersección de dos calles. Volvió a mirar su reloj y se dio cuenta que no había escuchado las campanas que marcaban la hora, y mucho menos las que anunciaban la misa.  Ni un alma caminaba por esas callecitas largas que a esa hora debían estar animadas por el tímido alboroto de los paisanos. La panadería y la miscelánea de arriba estaban cerradas. La tienda de don Chucho seguro también, no alcanzaba a ver bien hasta la otra esquina pero, podía notar que no estaba la bicicleta del viejo afuera, y si no estaba la bicicleta, el viejo no estaba; y si el viejo no estaba, la tienda estaría cerrada. 
Su pez se atravesó en el pensamiento de nuevo y echó a correr una vez más. Tan rápido corría que tenía que hacerlo llevando la espalda muy atrás, cosa de no caer de cara contra el asfalto.
6:50. Llegó al puente, cruzó despacio mientras subía y bajaba los brazos de forma acompasada para tratar de recuperar el aire y la compostura, no quería que los negros pensaran que nada más bajar al río le costaba tanto trabajo. Llegó hasta su bajío, el de todos los sábados, el único donde mamá lo dejaba pescar, pero no encontró ahí ni un solo negro, ningún hombre sentado sosteniendo la caña, ninguno royendo una pajita mientras hablaba de las mujeres del pueblo. No había ninguno. Por un momento él pensó que se había equivocado, no de bajío, si no de mundo entero. Creyó que a lo mejor después de su intento, no tan deshonroso, de jugar un partido de fútbol con los del barrio al final de la tarde del viernes, del todo agotado dentro de ese cuerpo suyo tan redondo y torpe, había caído en un sueño tan profundo pero tan profundo, que se elevó y se elevó hasta que desde una altura inimaginable el pueblo debía verse diminuto, como un hormiguero con un riachuelo abajo; y después el Rey Sueño, siempre traicionero, quitó sus manos tibias y lo dejó caer. Eso pensaba él, que se había desplomado a través de esponjosas e infinitas nubes hasta que fue a dar a una cama idéntica a su cama, en medio de un cuarto decorado con peces de colores igualito al suyo, en una casa como la de él ubicada en el centro de un pueblito parecidísimo a su pueblo; un mundo igual pero donde la gente había desaparecido o cruelmente jugaban a las escondidas con él, sin contárselo. Eso pensó, que accidentalmente había caído en el mundo equivocado. Las manos empezaron a sudarle más, de pura angustia que tenía, hasta que se le ocurrió pensar que si este era un mundo igual al suyo pero tan al revés donde las puertas, antes siempre abiertas, estaban aseguradas por manos invisibles, y las tiendas en lugar de abrirse en la mañana permanecían cerradas, a lo mejor en este mundo, el esquivo pez legendario nadaría a su encuentro para volver a llamarlo por su nombre y dejarle ver su diente de oro.
En todas estas cosas estaba pensando, y cuando le daba por pensar con profundidad en un idea, se quedaba como una estatua hecha de piedra,  cuando de pronto, una voz dulce que canturreaba lo sacó de su ensimismamiento y en ese mismo instante él sintió, una vez más, que algo se lo comía por dentro.


II
Cuando la vi –pa’qué lo voy a negar- me pareció bien bonita, pero en menos de dos segundos sentí que el bicho que seguro guardaba en la panza, me mordía desde adentro. Fue como cuando entro a la iglesia y creo que detrás de cada vidrio de colores unos ojos gigantes me miran como acusándome de cosas que yo ni creo que se pueden hacer.
En todo eso estaba yo pensando, cuando sentí una pedrada en el codo y otra atrás, donde el brazo se vuelve espalda. Dejando la cabeza quieta, como para pasar por muerto, moví tantito los ojos y alcancé a ver que una niña de vestido de rayas estaba tirándome piedras y, qué mala suerte la mía, la condenada por fin tuvo buena puntería y me dio con una piedra grandota en la coronilla. Como un bulto de harina yo me desparramé en el suelo.
Cuando por fin me desperté, me di cuenta de dos cosas terribles, miedosísimas:  uno, habían pasado cuarenta y tres minutos desde la última vez que vi el reloj. Dos, por primera vez en la vida al mirar mi reloj, la hora no terminaba en cinco ni en cero. Yo alcancé a mirarlo de lejos pero fue difícil, aunque quería moverme, llevar mi muñeca izquierda hasta la cara para ver la hora, no pude. Tuve que esforzar los ojos para alcanzar a ver el reloj.  Luego miré para el otro lado y lo que vi, en lugar de los negros que debían estar sentados con sus cañas y sus chicotes, fueron todas mis cosas, las que llevaba en el morral, puestesitas con cuidado en el suelo, una al lado de la otra como si fuera día de inventario en una tienda. Las maras ordenadas de cuatro en cuatro como un batallón. Los pitillos de papel para armar castillos, uno detrás de otro haciendo una fila larguísima. Dos chicles, uno azul y otro rojo a medio masticar, puestos al lado, como dos novios. Y todos mis papelitos: los de los caramelos, las bolsitas vacías de azúcar, las servilletas con dibujitos, todos planchados como camisa de uniforme y extendidos en el suelo con una piedrita arriba,  a lo mejor para que no se los llevara el viento. Estaba viendo moverse la punta de un hoja de papel que tenía como veinte soles de colores dibujados, cuando de pronto sentí un golpe entre las costillas, otro, otro más.  Era la niña, que con mi caña de pescar me picaba por aquí y por allá mientras me miraba como si yo fuera un bicho. Así me miraba, como a esas babosas que Jesús, el de quinto, pone al sol y luego les echa sal, sólo que yo no me movía desesperado, yo parecía la estatua de un bicho, un bicho de museo clavado con alfileres a un pedazo de madera. Sentía como si con el sedal de mi caña la niña hubiera cosido una red que yo no alcanzaba a ver, pero que me tenía pegado al suelo, atrapado con la cabeza hundida en un charco espeso y caliente.
Ella se acercó más y me miró con un gesto que yo sólo le he visto a los grandes: esos ojos que medio se ríen burlones con una boca que no se ríe, más bien parece muy brava, a punto de soltar un sermón a gritos. La niña me miró así, se sentó ahí cerquita y, con una habilidad que todavía yo no tengo después de tantísimos sábados de bajar al río, tiró hacia atrás la caña y con un golpecito hacia delante metió el anzuelo allá lejos, en el fondo.  Estuvo un rato largo ahí sentada, luego clavó la caña en la arena y se fue. Después la vi volver arrastrando una carreta y otra vez, muerto de susto, volví a verle esos ojos burlones. Se sentó al pie de la caña y, esperó.   
8:17. Yo ya estaba acostumbrándome a ser un bicho, tanto así que pensé que en cualquier momento la niña me iba a clavar el anzuelo debajo de la cumbamba y me iba a tirar al agua, cuando de pronto su cuerpo, que hacía fuerza con la caña, me distrajo de mis ideas de bicho. Mi caña, mi preciosa caña estaba a punto de romperse en dos pedazos, pero la niña, como si tuviera la fuerza de diez gigantes, luchó, y al fin logró sacar su enorme presa. Era gigantesco, mucho más grande de lo que yo mismo me había imaginado. Era idéntico, era él, era mi pez legendario. La condenada mocosa lo había pescado en un santiamén y ahora lo acomodaba dejando su cola colgar de la carreta. Lo ponía así a propósito, quería que yo no pudiera verle la cabeza. La muy infeliz volvió a preparar el anzuelo y tiró la caña.  8:32. Sacó un segundo pez legendario y, aunque yo parecía como muerto, estaba revolcándome de rabia debajo de mi propia piel.  Ella puso una vez más al pez con la cola por fuera de la carreta. Ocho y cuarenta y cinco. El tercer pez legendario. Ocho y cincuenta y ocho. Apareció el cuarto.  Todos estaban ahora puestos con cuidado en la carreta, y yo, que le habría pegado un puñetazo al abuelo si eso hubiera hecho que pudiera verle la cara a un solo pez, seguía atrapado en la red invisible. 
Sentí que unos lagrimones gordos rodaban desde mis ojos y se metían en el pelo encima de mis orejas. Cerré los ojos duro para que se salieran de golpe todas las lágrimas y cuando los abrí, ahí encima mío estaba la niña; con unas manos babosas me agarró la cabeza y la levantó para que viera bien las colas grandísimas que colgaban de la carreta. Me tuvo así un rato, como para que no se me olvidara lo que veía, y después soltó mi cabeza que fue a estrellarse contra el charco espeso y caliente.  Todo se veía como si tuviera unas gafas de vidrios matecosas delante de los ojos, pero todavía la alcanzaba a ver. Parada al lado de la carreta, la niña volteó a mirarme y se rió con una risa miedosísima, las esquinas de su boca casi tocaban el nacimiento de las orejas, y cuando separó un poquito los labios, lo alcancé a ver: su colmillo derecho brillaba como un bombillo.


III
Cayó en un profundo sueño. 5:58. Cuando me desperté estaba en mi cama, no en la cama igualita a la mía, sino en la mía; en la pared de enfrente estaban todas los carteles de peces ordenados por tamaños y colores. Traté de contarlos, pero rápido se me sellaron otra vez los ojos. 6:42. Pensó que era sábado, ese mismo sábado, y de ser así todo se repetiría y, a lo mejor esta vez sería menos extraño, tal vez ahora sí conseguiría atrapar a su pez legendario. Al pez grande hay que salirle temprano al pez grande hay que salirle temprano, alpezgrandehayquesalirletemprano; traté de levantarme pero sentí que algo como una matera de barro se rompía en mi cabeza. Mis ojos escurrían chorros de agua, salía de los huecos de mi nariz, de mis orejas, toda mi cabeza debía estar llenita de agua y entonces el peso la jaló para abajo otra vez.
4:27. La tía le tomaba la fiebre una y otra vez con el dorso de la mano; mamá, tan nerviosa que estaba, permanecía tumbada en un sofá que acomodaron al lado derecho de su cama, cada tanto levantaba la cabeza y lo miraba fijo como esperando que de pronto se pusiera en pie y empezara a conversar.  El tío, al otro lado, lo miraba de cerca y daba media vuelta, como si mirara un enorme sembradío, permanecía con sus ojos pegados a la pared blanca un rato largo y después volvía a mirarlo a ver si algo había cambiado. Las niñas y el abuelo iban y venían con compresas para el enfermo y café para los alentados.  
7:58.  Parecían una manada de toros o algún animal grande. La respiración de todas esas cabezas como infladas se estrellaban contra mi cara, hablaban quedito y enredado, yo me esforzaba pero no entendía nada; parecían como muertos con sus caras blancas y los ojos tan salidos de sus huecos. Cuando alguno me tocaba la cabeza, yo sentía un hueco redondo en la coronilla que se hacía cada vez más hondo, por ahí seguro se me escapaba el agua que todavía me quedaba en la cabeza.  
5:59. A lo mejor pensó que había pasado sólo un minuto, pero alcanzó a mirarse el cuerpo y se dio cuenta que era otro pijama el que llevaba puesto.  Levantarme no fue tan difícil, cogí impulso y me alcancé a sentar de un solo tirón, pero antes de que alcanzara a sospechar que otra vez estaba en el mundo que no era el mío, el tío, mamá y el abuelo me empujaron de un golpe otra vez contra la cama. En un movimiento que era casi continuo iba con el índice derecho a la coronilla y luego la muñeca derecha a pocos centímetros de la cara.  Traté con fuerza de meter el dedo en el hueco, pero no había nada, solo faltaba pelo y se sentía como una raya larga y regordeta. Aunque el reloj no estaba en su muñeca, él parecía mirarlo y descubrir que otra vez se hacía tarde. Después de tanto tiempo volvió al fin a escucharse su voz, gritaba como un demente, les pedía entre lágrimas que lo dejaran ir en busca de su pez legendario; hablaba de un niña con vestido de rayas, de la niña-monstruo que quería robarlo, de la niña-pez, de la niña-diente de oro. Mamá, que tenía la cara toda encharcada, me agarró la cabeza y la puso cerquita a la suya y, como si fuera un secreto, me dijo: –Jhoncito hoy no es sábado, es martes. –¿Cuál martes, cuál martes?, gritaba con dificultad, las palabras se le ahogaban en el pecho de mamá mientras ella lo envolvía con sus brazos; se veía como el niño grande que ella siempre dijo que era.
            Martes, 6:01. Aunque él medía bastante más del metro y medio y por eso días contaba ya con más de treinta y cinco años, parecía un niño de brazos sobre el cuerpo de mamá que besaba su cabeza y pasaba las manos una y otra vez por las lagunas de sus ojos. –¿Cuál martes, cuál martes? Y entre los de la casa, que tenían la cabeza tan gacha, se alcanzó a escuchar entre un martes y el otro: –no les bastó con matar al alcalde al frente de nuestra casa.  De alguna manera los pillos esos lograron llevarse la poca razón que le quedaba a Jhoncito.  –Pobre Jhoncito.  –Jhoncito el bobito, bobito Jhoncito.