domingo, 7 de septiembre de 2014

REPORTE DE CONTROL

T
Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis... ¿hasta qué número se espera que cuente hoy?

JMD
Siga un poco más, por favor.

T
Siete. Ocho. Nueve. Diez. Veinte, treinta, cuarenta; economicemos el tiempo porque no debe quedarnos mucho; cincuenta, cien, doscientos, trescientos, cuatrocientos, quinientos, mil...

JMD
Ya está bien.  Ahora los días de la semana...

T
¿En el orden clásico o aleatoriamente? (Ríe haciendo mover su protuberante abdomen) Lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo.  Podría incluso explicarle la razón y origen etimológico de cada uno de esos nombres, a qué dios pagano hacen honor y podría también exponer una relación estadística sobre cuál es el más odiado y el que, según algunas culturas es el más apropiado para las practicas sexuales con fines reproductivos (Ríe una vez más haciendo mover, una vez más, su protuberante abdomen)

JMD
No va a ser necesario nada de eso. Empecemos otra vez desde el principio

T
Uno. Dos. Tres...

JMD
(Sonríe incómodo mientras sostiene entre las dos manos un lapicero de tinta negra) Desde Gengis Khan, por favor.

T
¿Alguna vez le han dicho que esa preocupante carencia de sentido del humor puede evidenciar una tendencia a la psicosis, el cáncer gástrico y la impotencia? (JMD estruja el lapicero entre sus manos) No se preocupe, no todo eso es cierto. Usted puede elegir dos de las tres dolencias.  (T parece contener una carcajada, JMD sostiene una mirada dura, toma un par de notas en su cuaderno, se acomoda con el dedo corazón las gafas que se escurren por su diminuta nariz)


T
Está bien, tranquilo. Habría que empezar por la profesora de sociales.  Creo, si mi memoria no me juega una mala pasada, que se llamaba Cecilia.  La señorita Cecilia seguramente tenía otro nombre delante o detrás del Cecilia, pero no lo recuerdo, igual podríamos dejarla con el “Señorita” a secas. Ahora que pienso en ella, a nosotros nunca, ni en nuestros más hormonales días, nos cupo la menor duda de que la señorita mereciera plenamente su título: la pobre era casta, seguramente lo fue hasta el final de sus días.

JMD
(Carraspea tímidamente) ¿Y Gengis Khan?

T
¿Él? No. Por supuesto que no. Su pregunta raya en la extrema ignorancia. (Suspira exasperado) Gengis Khan tuvo una gran descendencia, una descendencia que continuó su legado de dominación hasta que la historia de otros empezó a cobrar protagonismo.

JMD
(En un tosco gesto suspira y después pasa saliva, su gran manzana de adán se mueve violentamente de arriba abajo) Claro. Continúe, por favor.

T
Según los más versados, Gengis Khan fue un mongol, “El Gran Mongol”, y según muchos de los que lo creen, los mongoles por entonces estaban convencidos de que el mundo era una extensísima llanura rodeada por mares insondables.  Así que Gengis Khan era un mongol que, como otros, sabía que el mundo era finito. Por su parte, la Señorita también concebía este mundo como un ente finito al que lo seguía otro mundo infinito donde se nos premiaría o castigaría eternamente, infinitamente.

JMD
Discúlpeme, no entiendo a qué va la insistencia con “la señorita”

T
(Aunque mira directamente los ojos de JMD, no atiende a su pregunta) Ella era completamente redonda por donde se le viera. Los deditos de sus manos eran como salchichas muy rellenas que parecía que nunca podían juntarse del todo. Detrás de su codo había una enorme protuberancia redonda formada por la acumulación de carne que se veía claramente aun cuando el brazo estuviera flexionado. Su cara era redonda, tenía hoyuelos profundos en las mejillas que le daban un toque infantil, de ingenua pureza. Siempre me fue fácil imaginar los dos agujeros de la baja espalda rodeados de una carne blanda e inmaculada, era como imaginar a la virgen María amamantando a su niño: una imagen dulce y blanca. Su cabello rizado era como de mujer negra pero, delgado y flexible; siempre lo llevaba medio recogido por encima de los hombros con un gancho de carey; a cada paso que la señorita daba, todos los rizos sueltos daban desordenados tumbos. Ella siempre se ponía vestidos de flores diminutas sobre fondos de colores brillantes, la falda le llegaba hasta un poco más abajo de la rodilla y las mangas dejaban al descubierto el grueso brazo de marinero sin tatuar. 
(JMD mira a T entrecerrando los ojos como un miope. Con delicadeza dibuja un interrogante y una palabra ilegible en su cuaderno de notas. Encierra en un circulo el interrogante)

T
Las clases con la señorita redonda eran rutinarias como casi todas las clases. Su estructura y éxito, traducido en una apatía callada, dependían de variables tan irrisorias como el azar, el clima, la propagación de parásitos, el precio del pan y por su puesto: el libro de texto y sus capacidades hipnóticas, incluso narcóticas.  Tal vez el libro se llamaba Civilización seguido de un número que correspondía al grado escolar para el que estaba diseñado. Civilización # traía hermosas láminas de colores para cada tema. ¡Me encantaba ese libro! Se parecía mucho al Libro Gordo de Petete, también de mis amores, pero no era ni gordo ni tenía al pingüino café de tierras lejanas como guía...    

JMD
Disculpe, señor...

T
(Mira al vacío que hay al frente suyo con la boca ligeramente abierta, podría ser que hable sin emitir sonido) ...están indiscutiblemente ligados. Separados por siglos y kilómetros de distancia, son en mi memoria vecinos; uno es con el otro y solo con el otro.  Incluso los mongoles en mis recuerdos de esa época eran una comunidad mágica, imaginaria. Ellos no existían más que para mí, y su historia era una hermosa y violenta ficción escrita por quién sabe quién, pero que llegaba a mí gracias a la Señorita.

JMD
Señor, por favor, tratemos de apegarnos al esquema. ¿Qué tal si ahora hablamos de Napoleón?

T
Ella no decía gran cosa en clase, dudo que conociera realmente bien esas historias, por lo menos no también como “Civilización #”. Por eso necesitaba tanto del libro, porque ella no podía contarlo así, no conocía las palabras para crear una imagen de ese hombre legendario. 
La señorita se paraba entre el tablero y su escritorio y nos indicaba la página que debíamos leer y el taller a resolver, después se sentaba y esperaba. A veces alguien se acercaba a ella y le planteaba alguna pregunta obvia, a veces no; supongo que lo que ella hacía era esperar que el tiempo pasara. Lo mismo habría conseguido haciendo dibujos en el tablero con la tiza que a todos los profesores hacía toser o corriendo al rededor de la cancha de baloncesto, pero si hubiera hecho esto ultimo, a lo mejor habría terminado perdiendo su redondez inmaculada y seguro ya no le gustaría tanto a mi memoria, por donde se desliza ligera como un caramelo entre la lengua y el paladar, y se mueve así por su redondez y claro, por Gengis Khan.

JMD
Señor, si es posible, ¿podríamos dejar ya al señor Khan?

T
¡Temutchin! El mongol se llamaba Temutchin. Era hijo del líder de una tribu, de una de las tantas tribus de esas tierras inhóspitas por allá por el siglo XIII donde “Gengis Khan” era algo así como un título que distinguía al emperador del universo.

JMD
Señor, es muy importante que intente...

T
¡Claro! Es la epifanía. Temutchin debió haber tenido una epifanía, una revelación, ver de alguna manera que él era el elegido, que podría portarse como un elegido y convencer a todo el mundo  que era un ser que había venido al mundo con una gran misión. Creo recordar que alguna vez ella lo insinuó, o a lo mejor fue Civilización #; mi memoria me juega malas pasadas a veces...  (Su abdomen se hincha con un suspiro que parece triste) Debió saber de alguna mística manera que su deber era vincular a todas las diversas tribus y hacer algo así como lo que hoy llamamos una patria, unirlos a todos al rededor de la tierra, y eso ha de ser difícil tratándose de un pueblo nómada.  Pero ese era solo el inicio del gran plan. Después haría de toda la tierra “su” tierra, dominaría el mundo, se haría acreedor de todo cuanto pudiera mirar o pisar.
(Vuelve a mirar abstraído el espacio frente a él) A lo mejor dormía sucio, sudado; tal vez con una mujer al lado o con el cielo estrellado sobre su cabeza. Dormía tranquilamente y de pronto lo supo, supo que era él, supo que su misión era más grande que él mismo, supo que era un instrumento del destino. O tal vez no, tal vez todo fue menos novelesco.  Tal vez era una necesidad de la época, una de esas cosas que tienen que pasar y la responsabilidad de que pasen recae, de pronto, como si de una ruleta se tratara, en algo así como cualquiera… O a lo mejor fue como la designación del Dalai Lama y otros Lamas, que funciona a partir de la certeza de la reencarnación… 

JMD
(Se quita abruptamente el lapicero de la boca) Eso es, hablemos del Dalai Lama

T
...Es como si desde el principio de los tiempos alguien hubiera sido creado con una misión y tuviera que transitar por tiempos, lugares y contenedores diversos, hasta llegar al momento, lugar y contenedor indicado para que pase lo que debe pasar, para que sea el protagonista. Sigue siendo una hipótesis romántica pero, no hay  forma de justificar lo injustificable.
A lo mejor fue un movimiento humano natural en una sola dirección, como una ola, pero cuando la gente parece una ola no es natural. Hay quienes creen que no es posible que una mente común o el destino mismo los hubiera guiado “naturalmente” a todos en una misma dirección, así que en medio de todo esto tan extraño, lo lógico para calmar la angustia, es asumir que alguien, mucho más lúcido que todos los demás, hubiera tenido la mencionada epifanía, además de la voluntad, el carisma, el liderazgo y así, en un grito legendario hubiera hecho que todos los otros, todos los hombres como cosa genérica, hubieran tomado una misma dirección, la dirección del destino, la que debían tomar y jamás lo hubieran conseguido sin ese hombre, sin el elegido. 
(Toma el aire que parece faltarle tras la retahíla) La historia está llena de elegidos, parece que sin ellos la maquinaria de nuestro devenir no puede avanzar, no tiene posibilidades de locomoción, al parecer se necesita un maquinista.

(JMD pone su mano derecha en el hombro izquierdo de T. T, con el ceño ligeramente fruncido, mira al frente vacío, su mandíbula empieza lentamente a descolgarse en un gesto casi estúpido) 

T
Había demasiados dioses dominando el mundo. Dominaban pueblos y se ungían estandartes en campos de batalla. Eran dioses en pugna, en batallas mundanas por propósitos mundanos. Dioses con rostro de hombres. También había hombres que solían caminar y caminar sin descanso. Llegaban a una tierra y la consumían. Tras consumirla seguían adelante dejándola estar lista para su regreso o para el paso de otro. Iban a otra tierra y así, indefinidamente en un circulo al rededor de la tierra y el tiempo...  Es como un territorio muy accidentado topográficamente. Un hombre asciende y forma un imperio: la gran montaña. Un hombre cae catastróficamente, un imperio se derrumba: la meseta sucumbe arrodillada frente a la gran montaña que eventualmente será también meseta. Otros en cambio, parecen eternos y plácidos valles. A veces, en un agresivo nudo convergen enormes cadenas montañosas que parecen pelear hasta que se erige la más alta. Luego viene la depresión: uno que está más bajo que el límite de lo bajo...

JMD
¿Señor?

T
La historia de todos está escrita en las páginas de un ingenuo libro escolar... (Su mirada, claramente acongojada, parece detenerse en algo que no está ahí)
  
JMD
Señor, intente escucharme... (Su mano derecha está sobre el hombro izquierdo de T; la izquierda, en el hombro derecho de T)

T

(Alejando sus ojos de la ventana mira tiernamente a JMD, pone su mano derecha sobre la mano derecha de JMD) Solo estoy corriendo al rededor de ellos. Corro para tratar de ver si son o no laminitas en el libro Civilización #. (JMD y T se miran en medio de un angustioso desencuentro)

lunes, 4 de agosto de 2014

EL CLUB DE LOS RABIOSOS (XI) Impunidad (Por: El Darko)


Si pudiera elegir un don, un súper poder diría alguno, pediría impunidad.  Pediría ser un monstruo, un bicho tan malo que hasta a una santa viejita se le antoje golpearme en la cara, castigarme con mano dura. Pido ser un monstruo, pero uno libre, uno que se salga siempre con la suya.  Quisiera andar orondo por el atrio de la iglesia, voltear a mirarla,  echarme la cruz con la mano derecha, escupir algo espeso abajito del portón gigante y seguir de largo sabiendo que acabo de cometer una lista larga larga de crímenes y maldades, como si con disimulo le hiciera pistola al Dios que vive enjaulado en ese edificio. Lo que quisiera es estar seguro, haga lo que haga, que al final todos terminan muertos menos yo.  Me veo tendido en una hamaca mirando a mi alrededor y echando una carcajada miedosa, una risa de villano que sacuda el suelo. Imagino mi cara y es como si solo faltara que una lista de nombres infinita, como en las películas, empezara a rodar sobre mi risa congelada donde se alcanzan a ver claramente mis colmillos largos y una calza que hoy es negra, pero que un día será dorada. Ese sería un buen final para mi, un final de película. Impunidad, solo pido impunidad, el resto lo pongo yo.

Es que lo que no admito, lo que me parece una canallada es que el castigo lo alcance a uno por más que corra a través de un laberinto de calles.  Como aquella vez, llevábamos todas las vacaciones haciéndolo tranquilos, como unos profesionales, que si nos viera cualquiera se sorprendería, pero justo ahí estaba la maestría, no nos veía nadie.  Aunque fueran filas de carros las que estaban detrás de la camioneta a la que nosotros nos encaramábamos en un momentico aprovechando el trancón, nadie nos veía.  Éramos dos arriba y dos abajo, los de arriba sacando cuanta cosa nos cupiera en las manos, y los de abajo corriendo o en un cicla, con una camiseta grande que servía de red para recibir lo que los otros lazábamos desde el camión. Luego corríamos monte adentro llevando nuestros tesoros. Pero eso fue esa vez, esa única vez, que por no se qué derrumbe la ruta se desvío, y se desvío tanto que fue a dar hasta el pueblo.  Llegaban decenas de camiones, tractomulas, motocicletas y pequeños automóviles que enlataban a familias numerosas.  Todos tenían que pasar por el pueblo durante esos diez días que duró la gloria.  Y yo embelesado como andaba con eso de asaltar camiones como zorros invisibles no me di cuenta, no vi que lo que tuve al frente durante diez días fue mi puerta de salida, mi ruta de escape de este pueblo-cementerio donde todos somos almas en pena.  El Trompas si lo vió, dicen que fue más bien un accidente, un secuestro, pero para mi que el Trompas con lo tonto que parecía logró vernos la cara a todos, consiguió salir del pueblo en un carro rojo sin dejar ningún rastro.  Yo no, yo estaba ocupado por esos días acumulando 4 bultos de harina, 9 cajas de Cocosetes, doce cobijas y 17 maravillosas pacas de cigarrillos; eso entre los tesoros más valiosos, porque también nos tocaron bolsas de ropa sucia, libras y libras de yuca que tiramos al río, y hasta una gallina que escondimos en el lote detrás del colegio donde logró poner tres huevos antes de morirse, según el Negro de pena moral.

Fumábamos un cigarrillo detrás del otro mientras esperábamos a que cerraran el paso en una dirección para que avanzará la otra, y ahí era cuando elegíamos el camión y lo asaltábamos en silencio. Nunca nos quedábamos dentro más de quince segundos, era solo cuestión de elegir casi a ciegas lo primero que tuviéramos a mano, lanzarlo y salir antes de que el camión se pusiera en marcha. Todo iba bien, esa carretera para nosotros era el reino de la impunidad, hasta que elegimos ese maldito camión de estacas y cabina verde oliva. Nos subimos, y al abrir una caja descubrimos que lo que había adentro eran botellas, botellas de trago, guaro caro que donde el viejo Cantor nadie pedía pero todos querían probar.  Los ojos nos brillaban, los sentía centelleando como si hubiera mirado el sol por mucho tiempo. Sin hablar nos dijimos que sí, que nos la llevábamos toda y empezamos a tirar con cuidado las botella a los dos de abajo.  Una, dos, tres, cuatro, ocho, nueve.  En la caja quedaban todavía más de diez botellas y en ese momento se me atravesó la imagen de nosotros tirados junto al rio tomándonos el trago que nadie en el pueblo podía pagar, derramándolo en el suelo pa’ que beban las ánimas, un chorro, un litro, dos litros pa’ los muertitos. Y cuando el Flaco estaba por bajarse del camión lo agarré por la camisa.  Él me miró asustado y siguió lanzando botellas pa’ fuera. Y entonces, cuando vimos a los otros dos hacerse chiquitos y perderse entre los matorrales fue cuando nos dimos cuenta que el camión se movía con nosotros dentro.  Rapidito el Flaco y yo abrazamos unas cuantas botellas y nos lanzamos del camión en el mismo momento que el conductor dio un volantazo saliéndose de la carretera y frenó de golpe.  Los dos terminamos en el suelo sobre un charco agrio de aguardiente y vidrios rotos. Lo próximo fueron las patada. Mi estomago, mi oreja, la espalda del flaco, su nariz.  ¡Castigo, puto castigo! pensaba mientras caminaba por el atrio pegado a las faldas de mi mamá, la gente miraba mi enorme oreja colorada y palpitante, mi oreja avergonzada. ¡Castigo, puto castigo! O tal vez no, si es imposible huir del castigo, si definitivamente no se puede, pues me lo quedo, que venga el castigo si es una garantía de que se hablará de mis hazañas.  Quién sabría de los villanos si el castigo no los hubiera hecho famosos. El castigo inmortaliza, lo pienso y de pronto lamento no tener un ojo morado que hiciera pensar a todos en el pueblo y decirse unos a otros –si él quedó así, ¿cómo habrá dejado al otro? 

domingo, 22 de junio de 2014

MATAR UN MUERTO

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Ya pasaron dos días de aquello, y parece que el Tieso sobrevolara el pueblo.  Por aquí todos se han puesto muy raros, hablan quedito y miran por las rendijas de las ventanas sin llegar siquiera a asomarse.
Lo de esa tarde fue allá arriba, en lo alto de La cabeza del perro, la loma que se parece a un pointer echado con las orejas largas colgándole de lado y lado, eso dice la gente, pero para mí siempre ha sido una loma sin más, hasta ese día pasadas las tres de la tarde. 
Estábamos sentados cerquita uno del otro, los tres nos reíamos como tontos al ver el humo denso de la hierba mezclándose con la neblina que viene de allá abajo, del río.  Era la primera vez. No porque antes no quisiéramos, es que en un pueblo como este conseguir marihuana para tres hijos de fulanos públicos, fulanos “respetables”, no resulta nada fácil.  Finalmente, la solución vino de afuera.  En el hotel de los papás de X que alguna vez sirvió como centro de retiro espiritual para curas y monjas, y que terminó por convertirse en  hospedaje barato para hippies y visitadores médicos, una parejita de peludos olvidó dos pares de medias bajo la cama.  Las cuatro medias eran negras y estaban llenas de motas blancas y azuladas, nosotros las vimos, porque X las puso frente a nuestros ojos mientras nos miraba maliciosamente como si fuera un yerbatero, un mago.  Después de advertirnos que lo que estaba por mostrarnos era el mejor regalo que indirectamente su mamá nos haría en la vida al obligarlo a él, su hijo menor, a trabajar como aseador del hotel, extendió la pequeña bolsa frente a nosotros.  Un héroe, X fue por unos minutos un héroe cargado de marihuana sin semillas, aunque fue Z quien con una habilidad adquirida con los ojos pegados a la pantalla del cine, consiguió armar el cigarrillo: un poco barrigón, un poco frágil, un poco feo. ¡Era perfecto! 
Con nuestro alboroto de los doce años, encendimos aquello y fuimos pasándolo de mano en mano, de boca en boca, hasta que se terminó entre risas alargadas y divagaciones sobre la niña bonita esa de sexto que desde tan temprano se ve como una mujer, con sus caderas anchas y las teticas como carpas.  
–Como las de su mamá: redondas y gordas pero al final puntuditas.   
En eso estábamos, en un Z risueño pero indignado abalanzándose sobre X, no sé si para hacerle cosquillas o para darle un golpazo en la boca por andar pensando en las tetas de su mamá, cuando de repente lo vi.  Mis ojos se paseaban por los alrededores de La cabeza del perro mirando cada tanto a X y Z cuando allá abajo, entre unos matorrales, lo alcancé a ver y quedé como una estatua.  No podía moverme, hablar o dejar de mirarlo.  Debí pasar mucho rato así, porque finalmente X y Z se acercaron intrigados por mi “ausencia”, como dicen que le pasa a la Inés, que de repente se queda como tonta, como ida, congelada mirando a la nada; pero el médico y el profesor nos explicaron:  dijeron que no se hacía la boba, era solo que estaba ausente, le daba un ataque y ella se iba dejando su cuerpo ahí tirado para volver al rato.  Así debía verme yo, como la tonta Inés, porque cuando me fui a dar cuenta, X y Z estaban sobre mí sacudiéndome y dándome golpes en la cabeza para que regresará.  Y regresé.  Hablando rapidito pero en baja voz les dije que nos estaban espiando, que alguien nos vigilaba escondido entre los matorrales, y eso en un lugar como este, aún produce terror.   Es cierto que hace ya mucho que no pasa nada, pero todos saben que antes, cuando ni habíamos nacido nosotros, este lugar fue escenario de cosas bien feas.
            X y Z se quedaron quietos, no paralizados como yo, solo quietos, alertas.  Sin mover la cabeza trataban de girar sus ojos hasta dar con los matorrales pero sin conseguirlo.  Yo en cambio era el único que estaba en posición de mirarlo de frente sin tener que hacer ningún movimiento.  Así estuvimos por una eternidad hasta que Z, el valiente Z, se levantó de repente y dirigiéndose a los matorrales empezó a gritar: 
–¡Oe! ¡Oiga! Usted. ¿Qué quiere, qué se le perdió? 
Nosotros también nos levantamos y miramos con terror disfrazado de osadía hacía los matorrales donde, claramente, se veía a la altura de unos cincuenta centímetros del suelo un brazo que casi ocultaba una cara.  El tipo no contestaba, no movía un pelo.  Claro, así son los muertos, calladitos y quietos.
A los muertos no hay que tenerles miedo, a los que hay que temer es a los vivos –eso dice siempre mi abuela y las abuelas de muchos, o al menos las de nosotros tres, porque cuando empezamos a intuir que aquel no era un vivo, nos fuimos calmando, recuperando fuerza en las piernas, calor en las manos, humedad en la boca.  Y ya más curiosos que asustados, fuimos bajando por el filito de La cabeza del perro rumbo a los matorrales aquellos.  Rodeamos la zona que es pedregosa y llena de maleza alta y dimos con él.  Z le tocaba insistentemente el costado con una rama larga y fuerte que encontró ahí al lado, dos golpecitos entre las costillas, otros dos más abajo, uno fuerte casi en la axila y otra vez abajo.  La mandíbula había quedado sobre un montículo de tierra y el brazo derecho estaba estirado hacia el frente.  El otro brazo estaba casi oculto debajo del cuerpo.   El Tieso estaba vestido como cualquier campesino de la zona, pantalón de tela ruin y camiseta de equipo de fútbol de barrio. En medio del círculo del nueve dibujado en la espalda había un agujero pequeño y redondo, debajo un charco rojinegro espeso que yo imaginé caliente, hirviendo.
A unos cinco metros del Tieso, los tres nos sentamos a pensar en silencio mientras fumábamos esos cigarrillo sin filtro que a mí nunca me han gustado, pero que en ese momento me ayudaban a mantener la boca ocupada para no tener que hablar hasta que alguno de los otros lo hiciera primero. 
–Ya estaba así cuando llegamos. Eso es lo que hay que decir cuando pregunten… y, tiene que sonar a cierto. 
–¡Es cierto!
–Que sea cierto no quiere decir que “suene” a cierto.  Yo no me voy a meterme en líos por un tieso que no es mío. 
–¿Y es que tiene alguno propio?
Silencio.  Yo entonces miré a X como si mis ojos fueran dos lámparas que despiden una luz fortísima, brillante.
–Si…. No….. Más o menos.  Ustedes no entienden.
–¿Qué? ¿Mató  una vaca, una gallina?  –dijo Z irónico.
–No. Nunca he matado una vaca.   Pero una vez mi tío El Gato me enseñó a disparar… y, disparamos una noche… y, luego mi tío El Gato… él dijo que no fui yo…
Ninguno de los tres dijo nada por más de veinte minutos.  Fumamos sin parar, sin cruzar miradas.  No sé en qué estarían pensando ellos, no me importa, yo pensaba en La cabeza del perro, en que nunca hasta ahora he visto un pointer, un perro de caza dicen, aquí se caza sin perros; el olfato y el instinto los tiene el cazador solitario que con un machete o una escopeta sale a matar un bicho más grande que él mismo.
–¡Qué arma tiene su tío El Gato?
–Una 35 de cacha de madera con un águila labrada.
–¿35?
–Si. ¿38?  Lo que sea, pero tiene un águila con las alas abiertas, un águila imperial dijo mi tío.
Yo seguía callado.  Pensaba en el perro aquel siendo sobrevolado por el águila. El águila en un descenso rapidísimo. El perro confundido corriendo entre la maleza.  Las garras como cuchillos envenenados clavadas en la piel del perro.  El águila elevándose y llevando consigo al perro casi muerto. Un hilito de sangre cayendo del cielo. 
–¿Lo vio?
–¿El qué?
–El muerto.
–¿Este? –señalando al Tieso
–No hombre…  El otro.
–Ah, no. Era de noche. Oímos como un quejido largo y mi tío El Gato se fue a perseguir el sonido. Antes de irse me dijo que no había sido yo.
–¿Pero sí?
–¿Qué?
–¿Sí había muerto?
–No sé… él no me dijo nada más.
–¡Pura mierda! ¡eso es pura mierda!  –dije yo como si alguien hablara a través de mí. Estaba iracundo, me levanté y movía los brazos de arriba abajo –mierda, mierda, mierda, mierda.  Ellos me miraban sin mirarme, como viendo a través de mí.
–Es cierto. Lo juro por Chuchito lindo que es cierto.
Z deslizó con destreza un cigarrillo entre sus dedos como hace con las monedas el tipo de aquella película.  Y yo: mierda, mierda, mierda.  X: lo juro, lo juro, lo juro.
–¿Y el Gato la carga encima?
–¿Qué?
–El Águila.
–No. La tiene en su cuarto, entre los calzones de la finada María.
–¿Sabe qué? Yo tampoco le creo.
Y yo, que seguía con mi mierda mierda mierda como si de una letanía se tratara, quedé en silencio de pronto.
–¿Ah no? En media hora voy y vuelvo, pero me llevo su cicla que corre más.
X lo dijo mientras se ajustaba los pantalones grandes a su cintura estrecha. 
–Allá abajo lo esperamos los tres –y con habilidad de tipo grande lanzó el cigarrillo, estiró un poco el labio inferior y lo atrapó, le quedó colgando casi en la comisura, se veía viejo y oscuro. Z parecía un villano.
Nosotros dos, flacos, largos y angulosos debíamos resultar penosísimos arrastrando al Tieso loma abajo.  No olía a nada, pero se sentía frío y duro, como si hubiera dejado de ser gente, gente viva, hace ya mucho rato.  Así lo bajamos, Z adelante cargando las piernas y yo arriba con los brazos.  La cabeza colgaba como si pendiera de una hebra, se balanceaba de lado a lado y yo temía que en alguna sacudida quedara sobre la espalda con los ojos mirándome, acusándome no se de qué.  Yo no quería verla, por eso insistí en que lo lleváramos así, boca a bajo, cosa de no tener un rostro que recordar.  Es como con los bocachicos que mi mamá prepara los domingos, a mí denme solo la cola.  Si llego a mirar esos ojos, si los pillo mirándome, escrutándome desde su nubosidad de muerte, se que no voy a poder, me sentiré un desalmado, y aunque el pez –o los ojos del pez– no tienen derecho a hacerme eso, yo sé que si nuestras miradas se cruzan voy a sentir que me como un vivo, y eso por encima de cualquier otro, debe ser el peor de los pecados.
Bajamos unos metros hasta un valle amplio y entre jadeos y sudores tendimos al Tieso bajo la sombra de una gorda acacia negra.  Z lo miró –la espalda del Tieso con el pequeño agujerito, las piernas flacas, los brazos largos, un pie desnudo, no sé si perdimos su zapato loma abajo o, si ya le faltaba– y con un gesto de su boca me indicó que volviera a agarrarlo.  Yo, como un robot obediente, lo hice y tras una lucha con su cabeza y hombros conseguimos sentarlo contra el tronco, los brazos pesados extendidos, la muñeca derecha doblada extrañamente contra el suelo, la cabeza desgonzada sobre el pecho.  No los veía, aún no veía sus ojos porque una mata de pelo liso, castaño oscuro y grasoso, pelo de indio, alcanzaba a cubrirlos; sólo se asomaba la punta roma de la nariz y se esbozaba una mandíbula filosa encajada entre los huesitos de la clavícula.  Es joven, pensé. El Tieso es joven, no tanto como nosotros, pero seguro que no tiene mujer, ni hijos.  El Tieso no es un señor, el Tieso es un muchacho.  Y al pensar en eso, temí reconocerlo, darme cuenta de pronto que esas uñas llenas de tierra eran las del hijo de cualquier Don Pacho, el novio de cualquier Lucero, el primo de cualquier Juan.  Pero no, esa gente no es del pueblo, es de allá arriba, de allá lejos, de los campos de papa que floridos se ven tan bonitos.    Dibujando flores moradas en mi cabeza vi alejarse a Z,  antes de irse le dio una ojeada al Tieso,  lo miró con desdén, sin curiosidad, era como ver a mi mamá de pie en medio de la ferretería, lo que había allí no era de su interés, no era nada que mereciera ser examinado.
Aún no regresaba X y yo había terminado por ponerme nervioso.  No era normal, no puede ser normal que Z incluso consiguiera pegar el ojo acodado sobre el césped con su cabeza reposando en el mismo árbol, el mismo donde descansaba el Tieso. Así tendidos, los dos se veían mansitos.  Yo los miraba y, si lo hacía rápido, si me imaginaba a mí mismo solo pasando por ahí, seguro que llegaría a pensar que eran dos amigos durmiendo la siesta. A lo mejor si yo no fuera yo sino otro, el que resultaría extraño en ese cuadro sería el muchacho rubio acurrucado a unos diez metros mirando aterrorizado a los durmientes mientras no dejaba de roer sus uñas como un hambriento. 
Por fin llegó X y se dejó caer en el suelo para recuperar algo de aire, Z, que de pronto estaba completamente despierto,  lo inspeccionó con curiosidad.
            –Largos sus veinte minutos.
X no podía articular palabra, se levantó la camisa y dejó ver entre el cinto y la barriga un arma con cacha de madera tallada.  Z se abalanzó sobre X y le quitó El Águila, la miró con curiosidad, la empuñó como un profesional y entrecerrando el ojo derecho fue girando sobre sí mismo poniendo todo en su mira. Cuando pasó frente a mí, se detuvo unos segundos, abrió el ojo derecho, sonrió mostrándome su colmillo izquierdo y siguió de largo.
–A ver si es cierto que tiene el estómago pa’…
–¿Pa´qué? Ya la traje, esa es la prueba.
–De que su tío El Gato tiene un pistola bonita, de nada más…
Z caminó hasta quedar frente al Tieso, tocó con sus pies los de él; le dio la espalda y echó a caminar alejándose a zancadas.
–…7, 8, 9 y 10.
Nos miró y extendió El Águila hacía X.  La cara de X no fingía, realmente no parecía entender.  Miró a Z, miró al Tieso y me miró a mí que por inercia movía de lado a lado la cabeza.  Se veía como un idiota.  Yo tampoco entendía bien, pero intuía.
–¿Si ve?  Usted no pudo ser capaz.
Tac.  Sonó el estruendo del disparo y Z se quedó todavía un rato largo con el brazo que sostenía El Águila extendido.  Respiraba como si hubiera corrido una maratón y sonreía de lado. Z parecía un villano.  X miraba en dirección al árbol y yo seguía mirando a Z hasta que recordé al Tieso.
–No le dio….
X y Z estaban sobre el Tieso y yo acababa de entrar en mi fase La tonta Inés.  Ellos seguían discutiendo: que sí le dio… que no, que solo tiene el hueco que ya traía, que al menos yo sí puedo, que yo también, deme El Águila, que no, que sí, que es mía.
Tac, ese que sonó después fue de X.  La tonta Inés no sabe disparar, nunca ha disparado. 
–A ver, hágale usted.
–¡Oiga!
–Está muerto, ese muchacho está muerto –decía yo como un niño.
–Pero el Tieso ya estaba así, nosotros no fuimos.
–Está muerto. Está muerto. 
Y la cacha con el águila resultó de pronto a unos centímetros de mi nariz. Está muerto, está muerto, está muerto. El Tieso está muerto.
–¡Maricón! Tan grande y tan cobarde.
Tac, otro disparo de Z.  ¿Sangrarán los muertos?  No, la sangre debe ser privilegio de vivos.  Por esos huequitos de águila solo debía escapar aire frío, olor a flores podridas y humo negro, humo espeso.  Es cierto, el Tieso ya estaba así, nosotros no fuimos. Matar un muerto no cuenta, es como besar a una niña dormida.   Matar un muerto, matar al Tieso.
Con mi mano derecha le di un fuerte empujón en el hombro a Z,  que es el que tenía El Águila en sus manos y en un movimiento rápido que no parecía mío se la quité, puse el índice en el gatillo y por fin mire de frente al Tieso. No, desde ahí parecía que no sangraba.  Algo decían X y Z, yo no los oía.  Tac, me acerqué dos pasos. Tac tac, me acerqué tres pasos. Tac, tac, cuatro pasos.  Tac. Desde ahí veía su coronilla, parecía tan pequeñito.  Tac. No, El Tieso no sangra. Tac, tac, tac, tac.   Soy un villano.
La mano de Z en mi hombro me trajo de vuelta.   Al parecer en mi fase de La tonta Inés soy un asesino de muertos.  X también estaba parado al lado mío, me quitó El Águila con cuidado, como en las películas cuando tratan de que el muchacho trastornado no salte del puente. Z se inclinó sobre el Tieso, acercó su cara casi como si quisiera olerlo y le picó con los dedos los ojos abiertos. El Tieso estaba dos veces muerto.
Lo dejamos ahí contra la acacia negra y cada cual se subió a su bicicleta. X llevaba El Águila otra vez entre el cinto y la barriga.  Z cogió velocidad rápido y se alejó sin mirar atrás.  Yo iba lento, lento y pesado.

Eso de La cabeza del perro fue hace ya dos días, pero desde entonces en el pueblo todos parecen caminar en puntitas de pies. Mi mamá y las otras viejas susurran en la iglesia. Todos susurran. Los señores en el billar también hablan bajito y se van a la casa con sus esposas y sus niños antes de que atardezca.  El partido de hoy lo cancelaron, dicen que es orden del Alcalde, igual yo fui el único que consiguió salir para llegar a la cancha.
Volvieron –dijo mi papá entre dientes hoy en la mesa– Esos hijueputas salvajes volvieron para jodernos la vida otra vez.