domingo, 6 de septiembre de 2015

SOMOS LOS ENCUERADOS

Septiembre 2 de 2015.   Ciudad de México, México.

En pleno centro de Ciudad de México, allí junto al fastuoso Palacio de Bellas Artes,  a unas cuantas calles de la explanada del Zócalo, más de quinientos campesinos y campesinas exhiben sus torsos dorados, ellas con pantalón, ellos con calzoncillo y la foto de un tal Yunes justo al frente.  Todos con sombrero, botas de esas que llamamos texanas, por allí; tenis y sandalias, por allá; todos los pies se mueven frenéticamente durante dos horas al ritmo de la música fiestera, que tocada en vivo, sale escupida de unos enormes parlantes hacía la fachada del edificio del Banco de México.





La gente que pasa y se detiene a mirar, a tomar una foto y, algunos a reír entre dientes, lo dice, estos son “los encuerados”. Según unos, cada tanto estos campesino andan desnudándose por Ciudad de México y Veracruz, según ellos -los integrantes de Los 400 pueblos- se hace cuando es necesario.
  


A Ciudad de México llegaron vestidos, a bordo de camiones vienen desde tierras que, dicen, huelen a limón y mandarina.  Más abajo del edificio del Banco de México, siguiendo en trolebús por Eje central, después de la Plaza Garibaldi, después de la Plaza de las tres culturas, se llega al cruce con Manuel Gonzales, allí entre tendidos de plástico, carpas, y ollas que ya humean con los olores de la cena,  duermen desde el 26 de Agosto los campesinos del Movimiento de los 400 pueblos.



Somos millones de campesinos, pero en la cadena de la sociedad de mi país somos los últimos.  No tenemos un sueldo fijo, no tenemos prestaciones, no tenemos seguro de vida, no tenemos seguro social, no tenemos aguinaldo, solo tenemos las dos manos, entonces no, no es fácil ser campesino. El campesino no tiene nada, nada mas que sus brazos –dice Alfonsina Sandoval, una de las encueradas, y miembro de la Asamblea de Mujeres del Movimiento.



El asunto concreto aquí, en medio de la música con reminiscencias de cumbia y los torsos redondos o angulosos, está referido a Yunes, el dueño de la cara en los calzoncillos de los campesino, el diputado federal más rico –dicen ellos– el protagonista del desfalco al sistema de salud de los trabajadores del estado, el represor del movimiento campesino en Veracruz, además de despojador y violador de amparos legales a los presos durante la represión, así rezan las voces campesinas.

Yunes es un represor, un mentiroso, un saqueador, una persona que ha hecho su dinero a base de chingar al pueblo y darse el lujo de gozar de la impunidad– dice apasionadamente Alfonsina en el trolebús nte las miradas incómodas, mestizas, citadinas.






El movimiento de los 400 pueblos empezó por allá por los setenta con el propósito de reclamar tierras para ejidos en Veracruz y otros Estados, después, al principio de los 90, los gobiernos locales los despojaron de parte de esas tierras conseguidas.  Luego vino la represión, la persecución y los encarcelamientos:  –acusados de abigeato, y sí, nos comimos muchas vacas; de invasión de tierra, sí tomamos muchas tierras; de robo de frutas, pos dicen que me robe un camión de naranja; y me querían echar hasta homicidio, pero los muertos eran nuestros, cómo nos iban a acusar –dice Cesar del Ángel, asesor político del movimiento, algo así como el líder, un líder muy controversial que pagó junto a otros tantos del movimiento, varios años de cárcel. 



Tras las represiones empezaron las huelgas para llamar la atención del gobierno nacional; en una de ellas, en el 2002, después de 20 días de huelga de hambre –un agua de manzanilla con miel, y nada mas, recuerda Nereo, uno de los huelguista de aquella vez–  tras ver que nada pasaba, se les ocurrió desnudarse frente a las cámaras de diputados y senadores para intentar conseguir que alguien los viera.  Y funcionó, eso dice Alfonsina, –en una madrugada Fox llamó y hizo un convenio por dos hectáreas, y levantamos la huelga.



Desde entonces se encueran para llamar la atención, para que los escuchen.



Nos desnudamos, y bailamos, porque la gente de Veracruz es alegre, tampoco vamos a estarnos manifestando así como si estuviéramos agonizando, no –en voz de Alfonsina.






Ellas bailan con un gesto rígido, para que no pienses que es frívolo lo que hacen.  Ellos a ratos ríen, cantan, conversan y unos cuantos hasta se dejan seducir por el juego de una viandante que en un arrebato aprovecha el alboroto para desnudarse también, frotarse contra ellos y contra los autos.   Dos horas al medio día y dos al caer la tarde, bailando ininterrumpidamente.  Se apaga la música, las mujeres se retiran de los espacios que separan los carriles y los hombres empiezan a sacar la ropa de sus morrales.    Entre la multitud de la calle, ya vestidos, desaparecen los encuerados, son otros más entre los muchos.



A nosotros no  es que nos funcione esto, es que no nos queda de otra, si nos vestimos somos muy pocos.  Por eso somos necios –con un orgullo rabioso dice Alfonsina–  no somos simples campesino, somos lo encuerados.

jueves, 3 de septiembre de 2015

FORTUNATO Y EL DON

Agosto 31 de 2015.  Ciudad de México, México.



En el corazón de la ciudad de México, la Plaza de la Constitución; en las bocas de locales y visitantes, el Zócalo; en los códices y las historias mexicas, el centro político y religiosos de México-Tenochtitlan, poderosa ciudad con la que se encontró Cortés y sus huestes conquistadoras.

Aquí, donde la historia hispanoamericana se edificó sobre las ruinas de la historia precedente casi como un perverso calco, al lado norte se levanta engreída la Catedral Metropolitana de la ciudad, enorme edificio, lujo de piedra, fauces excesivamente doradas que se yergue sobre lo que un día, en un pasado que suena a leyenda, fue templo mexica.

Al costado poniente de la catedral –como bellamente dicen los mexicanos–  detrás de una línea amarilla dibujada en el suelo, varios hombres esperan.  Al frente de cada uno un letrero: caños, plomería, electricista, carpintero. Sobre el bulto donde lleva nopales cocidos con chile y sobresale un serrucho, está un letrero donde se lee “albañil”, justo detrás del letrero, está Fortunato Ramírez Jiménez.





¿Cuáles son tus sueños? –pregunta Fortunato con una sonrisa de ojos achinados– porque los míos ya pasaron. Guapo no soy guapo, de billetes no soy.  De conseguir dinero, todavía puedo hacerme ilusiones, pero ya todo pasó para mí. 
   

Fortunato, 77 años tras la gorra ladeada, es albañil desde 1955 en ciudad de México.  Sin saber leer ni escribir, aprendió solo a interpretar planos y levantar paredes, y fue a sentarse al costado de la catedral, que tradicionalmente ha sido un espacio para los trabajadores eventuales.

Fortunato viene todos los días, primero en camión y luego en metro desde San Cristóbal Ecatepec para ver las horas correr junto a la Catedral.    Su esposa, menor que él casi 40 años, espera en casa con lo niños.  –Yo la vi y le dije: ta bien, me gustas, pero no tengo tiempo como para andarte buscando y andar de novios, no tengo tiempo.  Si quieres verme, estoy en mi casa, donde vivo, de donde salgo a trabajar.  Si me quieres, te voy a dar dos meses pa que lo pienses”  Pasados los dos meses, Esperanza, de unos 16 años en ese entonces,  le pidió que fuera por ella y sus cosas. 

–Imagina que  justo ahora, aquí, aparece el genio de una lámpara, ¿qué le pedirías?  
 Nada, no le creo.


Hace más de cincuenta años, un Fortunato de 18 años fue a la cabecera de su pueblo, Xocoyolzintla, allá en el estado de Guerrero, porque era hora ya de prestar el servicio militar.    Allí, por una equivocación, dice Fortunato, casi lo matan a cuchillo.   Herido echó a andar cruzando un arrollo que iba pintando con su sangre, se desmayó en la orilla y cuando se despertó, vio el rostro de dios.   – Un hombre barbón, de cabello blanco. Lo vi en el aire, como volando, has de cuenta como un papalote;  me miró y me dijo: no tengas miedo que estoy contigo, no vas a morir.

Tres años pasó sin médico, pensando que iba a mejorar solo, pero andaba orinando por la herida.  Finalmente se fue a ciudad de México, donde le hicieron 20 operaciones en el hospital General.  Tres años pasó en el hospital, ya sabía poner inyecciones, sondas, tomar la presión; de día se volvió un enfermero ad honorem que caminaba tomado del brazo de las enfermeras, pero en la noche se quedaba solo y se sumía en la tristeza pensando que lo mejor era irse a una sierra para que se lo comieran los animales.  No mejoraba, no podía trabajar ni volver a su tierra donde seguramente lo matarían, era solo un muchacho con tres sondas colgando de su cuerpo.


–¿Eres feliz? 
Pos si, estoy vivo.


–Y un día lo vi en las sagradas escrituras, Marcos 16, 16.  “Y estas señales seguirán a los que crean en mi nombre, pondrán las manos sobre los enfermos y estos sanarán”.  Tonto tonto, sonso sonso, pero alcancé a entender lo que me decían esas palabras.   Pues aquí está la solución, no voy a buscar más médicos o charlatanes, o santos o vírgenes, la cosa es creer.  Y de ahí para acá me olvidé y me compuse.

Paralíticos que caminan,  leprosos que se curan, ciegos que ven, por todos ha orado Fortunato, porque dice la biblia que si sabes hacer lo bueno y no lo haces, es pecado, dice él con firmeza.  –Yo creo que todos tenemos dones, por ejemplo tu, con la fotografía,  tocar una guitarra, hablar en público, todos son dones, y vienen de dios.  El mío es este.

Ya curado, en su primer trabajo construyendo una casa, le llevaron 18 planos, él se encomendó a dios y de a poco, sin confesar que nos sabía, fue aprendiendo.  –Es que yo no sabía cuanto era medio, y entonces yo supe que el cero a la izquierda no vale, a la derecha si vale.  Para que tu tengas un entero deben de ser dos cincos,  cinco y cinco y ya van diez, entonces, ahí yo conocí que cinco es la mitad de uno.  Me entregaron los planos y me dijeron, si tienes alguna duda revisa el plano que ese te manda a otro plano y luego viene otro plano, y así, es como las estaciones del metro, una después de la otra, y fíjate como dios me ayudó, el fue mi maestro.  ¿Lo crees o no lo crees?

Fortunato, sigue tranquilo y risueño detrás de su anuncio de albañil, hace ya dos semanas que no sale trabajo, pero el ultimo duró 2 meses y fue bien pago, así que aún hay para que él, Esperanza y los tres hijos que van a la escuela, la prepa y la secundaria, vivan dos semanas más, porque –cuando hay, se aparta para cuando no hay.





viernes, 12 de junio de 2015

LOS GALLOS, SI SON BUENOS NO MUEREN EN EL PALENQUE

Ellos nacieron pa’ eso, uno no tienen que hacer mucho pa’ que con solo mirarse ya se quieran matar.  Giro, pinto, blanco, saraviado, colorado, tabaco, crestón, amarillo.  No se pueden dejar juntos en el mismo lugar, sino uno segurito despedaza al otro, porque si, porque eso son.   En el palenque siempre hay quien meta plata, quien gane, quien pierda, pero hoy hay más gente todavía, hoy el pueblo está de gala.  A cada uno lo dejaron amarrado en un cuarto distinto, pero uno se soltó y se fue a donde estaba el otro amarrado, indefenso, y lo que yo encontré era una carnicería horrorosa. Por allá los pesan, allí les refuerzas sus “armas” naturales. Los otros, los ganadores porque que siguen con vida, se pavonean a borde de techo; los otros esperan su turno en maletas de plástico.  ¿Cuál le gusta monita? ¡Al saraviado, le voy al saraviado!  30, 50, 200, 600.  Los billetes pasan rápido por las manos de los jueces, suena un pito, el bombillo rojo del reloj se enciende.  La gente grita como si sus indicaciones motivara a los peleadores.  Revoloteo, plumas, espuelas, sangre, alboroto.  Todo termina rápido, el perdedor está muerto.










domingo, 7 de junio de 2015

POR BUENAVENTURA


“Distrito Especial, Industrial, Portuario, Biodiverso y Ecoturístico”,  Buenaventura es el primero y principal puerto Colombiano sobre el océano Pacifico. En una de sus comunas, la número 7, desde 1970 se levanta San Francisco, un barrio fundado por pobladores que venían de Yurumanguí, el Chochó, Anchicayá y diferentes zonas ribereñas.   Aunque a San Francisco aun muchos no quieren entrar, hoy, según sus pobladores ya no se libran combates, lo que podría indicar que una de las partes en conflicto, las llamadas BACRIM o bandas criminales, ha ganado el territorio.  Aun así la comunidad, sus jóvenes y varias organizaciones desde muchos frentes trabajan día a día para hacerse completamente de su territorio.





Más fotos en mi web:  http://www.anakarinadelgado.com/#!por-buenaventura/c20hh

LOS DÍAS ACIAGOS DEL LLANO (El Castillo, Meta)

Kilómetros más allá de Villavicencio, rumbo a la cordillera Oriental por el piedemonte llanero, transita raudo y caudaloso el rio Ariari delimitando una región a su paso. Una región socioeconómica, cultural, una región unida por el legado de violencia que acumula.  La historia en la zona y en gran parte del llano empieza no hace mucho, con la colonización que ya traía consigo la marca de la violencia.  En El Castillo, uno de los cinco municipios que ha sufrido con más crudeza los embates del conflicto según estudiosos, la violencia entró desde mitad del siglo pasado siguiendo de cerca a los colonizadores que venían del otro lado de la cordillera rompiendo monte.  Después vino la conformación de las guerrillas liberales y más adelante las FARC.  En los 80`s la creación de la UP (Unión Patriótica) en el marco de los diálogos de paz ente las FARC y el gobierno de Belisario Betancour.    El Castillo como otros municipios del Meta y otras regiones del país, se volvió un bastión de la UP, y por tanto también uno de los más cruentos escenarios de su exterminio por manos paramilitares en coordinación con las fuerzas armadas del Estado.

Entre el 98 y el 2002 se instauran y adelantan los Diálogos del Caguán entre el gobierno Pastrana y las FARC.  En el 2002 los diálogos se rompen y arranca el primer período electoral de Álvaro Uribe Vélez.   Este periodo, desde el 2002 hasta el 2008 aproximadamente, es el de la guerra sucia, el de arremetida paramilitar, el de la persecución y el terror contra la población civil.  Ese mismo que para otros sectores de la sociedad colombiana y en otros parajes representó una sensación legitima de seguridad, de retorno de la presencia estatal, un abandono del miedo en las veredas, en las carreteras y caminos, en el El Castillo y buena parte del Meta, fue la guerra, sobre algunos de sus pueblos se dibujó una diana que parecía verse a kilómetros.   


La zona de despeje para los diálogos comprendió La Uribe, Mesetas, Vista hermosa y La Macarena en el Meta y San Vicente del Caguán en Caquetá; pero la arremetida del Ejercito Nacional en macabra sociedad con lo que algunos llaman con un tufo a eufemismo: “civiles armados de la estrategia encubierta del Estado” llegó más allá de los límites de estas poblaciones, hasta otras consideradas corredores guerrilleros, asentamientos de colaboradores de la guerrilla, pueblos guerrilleros.  Entre estos pueblos, El Castillo, su casco urbano, sus caseríos, sus bastos campos, sus caminos, los caños, los ríos. 






Crónica y fotos:

Entrega 1:  http://pacifista.co/la-violencia-viene-por-tandas-parte-1/

Entrega 2http://pacifista.co/la-violencia-viene-por-tandas-parte-2/



Más fotos en mi web:  http://www.anakarinadelgado.com/#!los-dias-aciagos-del-llano/cv3



miércoles, 15 de abril de 2015

ITINERARIO DE LA CULPA O EL TIGRE DE LOS RIOS


                        Lo que estoy por contar no es la confirmación de un rumor, de una leyenda dirían muchos.  No. No seré yo quien certifique que él no era lo que se dice, normal. Esas historias han dado la vuelta al pueblo, se han deslizado por los callejones del mercado, se han escabullido entre las cortinas púrpura de los confesionarios de la iglesia y entre las botellas y ceniceros hediondos de la cantina. Lo que él es, o lo que dicen que es, se ha filtrado entre bocas y oídos de todos en el pueblo desde hace ya tiempo. Desde ese día que en la puerta de la iglesia, la viejita de la limpieza encontró eso que debía ser un niño envuelto en bolsas de papel. Así que no seré yo quien inicie el rumor, ni siquiera quien lo prolongue. Solo trataré de explicar cómo inevitablemente tuve que pasar esa larga noche con él. A pesar de las escamas, del olor a agua estancada, a pesar de todo, no hubo más remedio que dormir a su lado hasta bien entrado el amanecer.
            Para no faltar a la verdad, habría que decir que yo no dormí en ningún momento de esa, bien o mal, memorable noche.  Desde el principio sentía ese olor agazapado en la garganta; era como si esa hediondez a charco, a cadáver de animal a orillas del río, no viniera de él sino que hirviera en mi estomago y tratara de salirse por mi boca pero se quedara varado en mi garganta.  Juro que no vomite por pura fuerza de carácter que tengo. Apretaba con todo ímpetu los pulgares entre los demás dedos y cerraba los ojos. No quería mirarlo y, además, así me costaba menos pensar en otra cosa, en algo tierno y fresco, en algo dulce.  Entre más fuerte aprisionara los pulgares, se hacía más vívida la imagen de mi abuela y su torta de ahuyama fuera del horno mágico enfriándose sobre la nevera.  Si los apretaba más, hasta que me doliera, alcanzaba a sentir el olor, la textura de un pedazo de torta deshaciéndose en mis manos, llegando incluso a rozar mis labios.  Si no fuera porque eventualmente, por puro dolor, tenía que relajar los dedos y volver a mi tortuosa situación, mi dulce recuerdo de ahuyama estaría intacto.  Si no fuera por ese olor de él, por su sola presencia en mi pasado, aún sentiría mi boca inundada de saliva con solo pensar en el color naranja, en el tenedor en las manos arrugadas de mi abuela aplastando la ahuyama pastosa, en los pedacitos de bocadillo de guayaba fundido dentro de la torta, la dulce torta. Pero no, ahora la ahuyama es él, es charco sucio, es mala noche.
            Para mí ese día había empezado como todos los días, me había levantado con el primer rayo del sol y había dejado la ducha para el medio día, porque al amanecer el pueblo está envuelto en una neblina espesa que hiela hasta el ultimo hueso.  Me lavé la cara y me vestí apurada para ganarle por velocidad al frío. Para agarrar fuerzas me bastaba por esos días con un café negro y un pan redondo, de esos que estaba cubiertos con una mantequilla nevada de azúcar.  Me envolví en cuanta ropa de lana tenía y salí.  
            Abrir la tienda no tomaba mucho tiempo, era fácil: dos candados, una tranca de madera y ya está, pero el frío ya entonces empezaba a hacer lentísimos todos mis movimientos.  Cuando estuvo abierto, me ubiqué detrás de la vitrina y me dispuse a ver el tiempo pasar.  Agarré mi “tejido de Penélope", como le decía la hija de mi comadre cada vez que al final del día venía por el mandado y con una hojeada rápida se daba cuenta de que a pesar de tejer y tejer durante el día, no había avanzado una puntada. Eso decía, que yo tejía y destejía todo el día pero, la verdad era otra. Yo no terminaba ese suéter, nunca lo terminé, porque no tenía la menor idea de cómo hacerlo. Casi la totalidad del día transcurría con el tejido en mi regazo, las agujas empuñadas y mi mirada fija en la lana. Largo rato pasaba así hasta que me animaba a enredar la lana en una aguja y trataba de anudarla de alguna manera para que se quedara en el suéter pero, lo único que lograba era que los esporádicos clientes, al entrar a la tienda, me sorprendieran balanceando la aguja en el aire o sosteniendo frente a la cara el tejido como si admirara mi obra.  Encontré ese suéter embrionario en el asiento de un bus en la ciudad cuando fui a un entierro y, desde ese día, durante varios meses, estuve tratando de probarme a mí misma que si las ancianas casi ciegas, casi seniles, casi muertas tejen toneladas de bufanditas, suetercitos y gorritos, yo seguramente podría, por lo menos, terminar ese suéter de espantoso color verde. 
            Así solían transcurrir esos días, yo sentada tras mi vitrina de marcos de madera sosteniendo en el regazo mi proyecto de turno y, atendiendo con desgano a los contados clientes que iban por arroz, pan, panela, una cajita de chinches, una bolsa de pasta en moñitos; puras tonterías rutinarias endulzadas con chismes románticos, mención a los difuntos recientes y preguntas que realmente no esperan respuesta: buen día, ¿cómo está?, lindo clima, ¿no?
            El chisme del día, como abrebocas del destino, me lo traía a rastras entre las palabras cuchicheadas de Doña Paulina.  Según la vieja decía, Él ya no estaba. Había escapado. El cura había ido a darle los santos óleos como todos los viernes desde hacía 20 años -por prevención decía-, y se había sorprendido al no encontrarlo en su casucha que quedaba allá afuera del pueblo, sobre esa tierra roja en la que no crecía nada, mala hierba y malos bichos, nada más.  A mí la cosa no me interesaba mucho, ningún chisme de estas viejas llegaba a interesarme realmente, pero si uno quiere seguir siendo quien les cobre por el arroz, hay que fingir cierta afectación por sus parloteos.  Yo asentía con la cabeza, me lucía con mi mejor gesto de espanto y sostenía sobre mi boca abierta de preocupación, mi mano de actriz de segunda. Mientras la vieja Paulina seguía hablando como si la hubieran mantenido muda toda la vida, entraron “Los Pichones”, los tres mocosos hijos de ese que le dicen “El Pájaro”. Venían, por supuesto, hablando de Él. Decían que era un monstruo, que una vez lo habían visto abajo, en el río, que medía más de cuatro metros y tenía sobre los hombros en lugar de la cabeza humana, una de bagre con todo y bigotes.  Según Los Pichones, ellos le tiraron piedras, dijeron que las que dieron contra la cabeza se absorbían por la piel como si se tratara de la arena movediza de las películas. Según ellos, Él volteo enfurecido y abrió su boca de par en par dejando salir millones de bichos que los persiguieron por todo el pueblo hasta pasada la media noche.  
            Esa mañana la cosa siguió más o menos igual: uno entraba y contaba de las aletas, otros dos venían conversando sobre el charco podrido que se escurría de su boca, otro más decía que dormía de pie con una pecera en la cabeza. Todos tenían alguna bobería que decir de alguien que nadie más que el cura había visto de cerca; porque, valga decir que la viejita de la limpieza que lo encontró, murió hace años, algunos meses después de aparecer Él y, hasta donde sé, siempre se negó, sin posibilidad de negociación, a decir palabra sobre el susodicho. El desfile de chismosos siguió ininterrumpido hasta el medio día, hora en que yo, realmente desentendida del asunto, cerré la tienda y fui a prepararme el almuerzo, quería además leer mi novela de aventuras y darme la ducha aplazada. 

            En el fondo de la olla, muy grande para albergar alimentos para una solterona con poco apetito, había un puñado de alverjas. Yo solía pararme frente al fogón sintiendo cómo el calor enrojecía mi cara y me divertía mirando las alverjas saltar por el hervor. Estuve por un buen rato en mi placentera tarea frente a la olla, con mi novela de turno bajo el brazo. Por esos días, solía pasar más tiempo paseando mis libros por la casa que en realidad leyéndolos. No es que no me gustara leerlos o que secretamente solo pretendiera ser tomada por una intelectual, es que cuando llegaba a esa parte, a veces tempranísima, en que es inevitable presentir el destino de los personajes, prefería aplazar el placer de corroborar mis intuiciones. Podían pasar semanas enteras en las que yo disfrutaba amargamente el retrasar mi lectura. Caminaba, incluso dormía con el libro bajo el brazo para no olvidar que esperaba, para seguir teniendo presentes a los personajes y poder regodearme imaginando qué sería de sus vidas, qué me deparaba el interior del libro.  
            Me comí mi sencillo almuerzo mientras rozaba tiernamente con los dedos el lomo de mi libro y, cuando bien acabé, me preparé para la ducha que, sin yo saberlo, era en realidad el preámbulo de mi encuentro con Él.
            En esos días mi casa, como la mayoría de las casas del pueblo, no tenía lo que se llama hoy un cuarto de baño, una ducha.  Afuera de las casas, en el gran patio, había un cubículo con lo necesario.  En la mía estaba ese cubículo pero, además, tenía una pequeña bañera algo improvisada que había mandado secretamente a confeccionar a un viejo albañil con cemento y azulejos. Me encantaba mi bañera azul brillando a pleno sol. Ahí, en medio de la maleza, esa suerte de piscina cuadrada y rústica era la representación de mi capacidad para complacerme. Mi bañera era grande; yo, con un poco de decoro, diría que habrían cabido cuatro personas bien acomodadas. Era ancha e inusualmente profunda. Estaba ubicada entre el cubículo y una pequeña bodega, la rodeaba una cerca con enredaderas enmarañadas que alcanzaban a ocultarla a la mirada de un observador ubicado en la puerta de la casa.  Nunca tuve vecinos por la parte trasera, de modo que meterme ahí desnuda no preocupaba a mi pudoroso espíritu. No podía ser vista desde ningún flanco.  
            Llevaba conmigo el libro de turno, porque ya habían pasado seis días de placentera espera para retomarlo y, era ya hora de darme ese gran gusto.  Me quité la bata y metí los dedos de mi pie izquierdo en la bañera. El agua había estado ahí desde la noche anterior y durante toda la mañana había estado calentándose con el sol que le caía directamente. Ya completamente dentro del agua levemente tibia cerré los ojos como anticipando el placer que en la bañera y el libro me esperaba. Sentía mis nalgas blancas contra el azulejo húmedo, los dedos de mis pies dibujaban círculos sobre las paredes. Pensaba en el Arthur Gordon Pym de mi libro encerrado bajo cubierta a la espera de una gran aventura y, sin darme mucha cuenta, empecé a enredar con mis dedos los dorados vellos de mi antebrazo, costumbre que sin excepción alguna terminaba siempre sumiéndome en un profundo sopor. Ahí estaba yo, adormecida bajo el sol y con los dedos de pies y manos arrugados por exceso de hidratación, cuando algo ligeramente baboso rozó mi rodilla derecha.  Me quedé de una sola pieza. Aunque estaba petrificada, confiaba en que me había adormecido y la sensación en mi rodilla era parte de uno de esos sueños súbitos que esperan para asaltarlo a uno a los pocos segundos de cerrar con fuerza los ojos. Apreté los dientes y pasé saliva con dificultad, se demoraba en bajar. Sentía mi lengua aferrada al paladar, la punta aplastada contra los dientes del frente. Fueron dos minutos años.  Abrí los ojos y miré hacia abajo, en la dirección en la que se extendía mi cuerpo. No sentía mis pies, ni siquiera alcanzaba a verlos desde la posición en la que estaba, pensé que ya no los tenía cuando vi moverse, casi imperceptiblemente, la superficie del agua. Entonces supe que podía no estar sola.  Temiendo no se claramente qué, cerré fuertemente los ojos y me quedé inmóvil como hacen algunos pequeños animales para pasar por muertos frente a sus atacantes, contando claro con que no se trate de feroces carroñeros.  Respiré una enorme bocanada de aire y me abandoné en el agua. Traté con fuerza de pensar en Gordon Pym pero cualquier imagen clara de su bergantín se me escapaba. De pronto, sentí la cosa babosa, una vez más, cerca de mi rodilla derecha, dos segundos después, contra mi muslo izquierdo y, luego algo áspero rozó mi cintura y yo temí que un leve suspiro de terror hiciera mover mi ombligo. Algo como dos pequeñas garras aceradas y a la vez babosas, una sobre la cara posterior de mis muslos y otra sobre el arco de mi espalda, me levantaron sutilmente. Sentí mis nalgas separándose pesadamente del suelo de la tina. Estaba flotando en la superficie del agua tibia. Cualquiera supondría que en un momento como el que describo, una persona como yo, una solterona de pueblo, pensaría en mil posibilidades alocadas para tratar de encontrarle explicación a la situación. Pero no. Yo entonces tenía la cabeza completamente obnubilada con un único pensamiento que me ocupaba: no respirar, extender por un tiempo eterno mi vida con la ultima bocana que había aspirado. Mi abdomen estaba rígido, los hombros entumecidos y las manos a punto de crisparse.  Sentí de pronto la cima de mis senos asomarse fuera del agua, una corriente de aire rozó mi cuerpo y producto de un acto reflejo, aspire. Mi pecho se abombó desmedidamente con la entrada de aire, y, casi al mismo tiempo, las garras me soltaron. Con un suave golpe mi cuerpo volvió a su lugar contra el suelo de la tina. Abrí los ojos y aun cuando la luz del sol era casi dolorosa, no podía volver a cerrarlos. Ahora respiraba agitadamente sintiendo al rededor mío otro cuerpo que se movía con la dificultad que le ofrecía el estrecho espacio. Debí levantarme y salir desnuda corriendo a pedir ayuda sin importarme nada lo que pasaría con Él, aunque para este momento aún no se trataba de su destino, sino de mi imposibilidad para reaccionar a lo que pasaba. 
Tras algunos segundos, el otro cuerpo dejó de moverse; como sabría después, al igual que yo, Él estaba aterrado. También Él había tratado de no ser notado pero mi respiración había terminado por perturbar la aparente calma de nuestro encuentro. 
            No creo poder calcular cuánto tiempo pasó en esa inmovilidad, en esa tensión que nos impedía desenfundar las piernas del agua, pedir auxilio con un grito desesperado, o por lo menos buscar con la mirada la causa del miedo.
            Ahí estaba yo, con la cabeza fuera del agua y la mirada clavada en el cielo, y en el lado opuesto, solo asomado desde la nariz, Él como mirando a través de mí. Casi estoy segura de haber visto planear como un enorme ave de mal agüero, la desgracia sobre nosotros. Sobre mí, para ser más exacta. Como si la desgracia planeara pesadamente sobre mi cabeza, solo sobre mi cabeza, única cabeza en el mundo. Así es el miedo, más aun que el amor o la tristeza, el miedo individualiza, te deja absolutamente solo en el mundo, como si nadie más, ni antes ni después, pudiera sentir el terror en los huesos que solo tu, esa única vez, sentiste.  
            El patio estaba entonces sumido en una pausa cargada de zozobra. No corría ni una suave brisa. Todo estaba detenido.
            Me gustaría decir que lo que me trajo de vuelta fue un repentino arranque de valentía, de curiosidad por lo menos, pero lo que me sacó de mi terror inmóvil fue esa extraña sensación de cosquilleo como si te rozaran con unas manos ásperas desde adentro: tenía los pies adormecidos y, casi involuntariamente, los sacudí de forma violenta haciendo mover el agua. Seguramente lo golpeé, o solo lo asusté con mi brusquedad, porque él también se agito en el agua.  En lugar de saltar, de tratar de alejarse de mí, se sumergió y se movió reptando sobre el suelo de la tina. Yo traté de seguirlo con la mirada pero solo veía el agua moverse y, arrastrada por no se qué impulso, también yo me sumergí.  Cerca al suelo de la tina, entre el azul que me rodeaba por todos lados y los haces de luz que se filtraban, la visibilidad era por lo menos difícil, confusa. Yo me movía torpemente y veía piernas y brazos, no sabía si me pertenecían o si eran el cuerpo del intruso. De pronto, mi torso giró rápido, el agua se sacudió con violencia y yo, a menos de diez centímetros, me encontré de frente con unos ojos especialmente redondos y de un amarillo que solo podría llamar enfermo.  Sentí que el aire se escapaba rápidamente de mis pulmones. Él parpadeó. Yo me desvanecí. 
            Dicen que cuando uno se desmaya no sueña, que es como un corto circuito sin contenido, pero yo soñé. Soñé mi cuerpo yerto y desnudo sobre el césped de una cancha de fútbol, no había nadie más pero, escuchaba gente gritar y corear arengas. No tenía miedo ni vergüenza. Solo me invadía una sensación de vacío, de callada angustia, de desmedida desazón que aún hoy no olvido.
            Cuando desperté, lo único que sostenía mi cabeza fuera del agua era mi mentón puesto sobre el borde de la tina haciendo que mi coronilla casi tocara mi espalda. Las rodillas contra el suelo estaban rodeadas por una cuna de pequeñas pero pesadas piedras, al parecer estaban ahí para que mi cuerpo no se deslizara al fondo de la tina conduciéndome, hoy estoy segura, a una horrorosa muerte.
            Parecía que había pasado mucho tiempo, estaba cayendo lentamente la noche, lo que quiere decir que llevaba por lo menos cinco horas en el agua, cada músculo me dolía como si lo hubieran apaleado minuciosamente durante un día entero.  Pero más intensa que el dolor, era la pesada mirada que sentía sobre mi cuerpo, clavada insistentemente en algún lugar entre mis omoplatos. 
            Ya completamente despierta, apreté fuertemente los ojos y traté de pensar en la yema de mis dedos, me concentré con fuerza en visualizar cada uno de los veinte dedos arrugados para así tratar de evadir el irracional impulso que trataba de obligarme a girar la cara para encontrar la mirada invasora.  Era mi meñique, el de la mano derecha. Vi en mi cabeza las tres falanges y la yema completamente arrugada hasta rozar la pequeña uña con pintura nacarada, pero entonces irrumpió una vez más la mirada o el recuerdo de haber sentido esa mirada y casi como un acto reflejo moví un poco la cabeza, lo que me permitía el entumecimiento y, con el rabillo del ojo, lo vi.  Fuera del agua solo se veían su frente y sus ojos que estaban cubiertos por unos párpados con muchas pequeñas venas dibujadas. Parecía dormido. Haciendo un esfuerzo bíblico logré levantarme lentamente, parecía que mis rodillas no soportarían el peso pero no me detuve hasta tener todo el cuerpo fuera del agua.
            Ahora sé que no estaba dormido, que me vigilaba en silencio, me veía caminar desnuda e insegura alejándome de la tina, yendo hacia la bodega, abriendo la puerta, agarrando con temor la pala y después desandando mis pasos.  Supongo que no pensaba claramente, sentía que tenía que luchar por mi vida o, por mi honor.  El golpe sonó seco, sonó a desolación, sonó a tormenta legendaria, a latidos de corazón asesino. 
            Lo que pasó de aquí en adelante es el itinerario de la culpa.  Inmediatamente después de que pasara caí en una repentina confusión, era como si no hubiera sido yo, aun cuando seguía sosteniendo la pala con fuerza entre mis dos manos. Sentía como si acabara de ver a otra persona, a un salvaje, castigar esa cabeza. Me quedé otra vez petrificada y sin entender por qué, caí de rodillas llorando como un niño.  Lloré mucho, lloré mares. Solo me detuvo la idea de una tina azul llena de agua teñida de sangre y, entonces me levanté y sin pensármelo mucho me metí una vez más y, como si se tratará de la profundidad de una piscina olímpica, busqué y busqué hasta que lo vi.  Los párpados cubrían sus ojos color amarillo enfermo, solo que ahora sobre la sien derecha se escurría un delgado hilo de sangre. Me vi colgada, sentada en la silla eléctrica sintiendo la esponja húmeda sobre la cabeza, con ciento dos años acurrucada en la esquina de una celda húmeda en una isla siniestra, decapitada, muerta, asesinada en nombre de la justicia. 
            Ya era noche cerrada cuando terminé de sacarlo de la tina. Dejé su cuerpo extendido sobre la hierba del patio y me senté respirando con dificultad en el suelo, a unos cinco metros de él.  No había casi nada de luz, solo un haz oblicuo entraba franqueando la pared del patio, era la farola del alumbrado público. El delgado chorro de luz caía justo en medio de los dos iluminando levemente su cuerpo. Acurrucada en el suelo, desnuda y tiritando de frío, miraba fijamente el bulto que era su cuerpo, un bulto amorfo sobre un charco oscuro.  Lo miraba y aún sentía la textura de su cuerpo, también desnudo, sobre mis manos.  Era una repulsión culposa, un profundo temor de constatar que ese cuerpo no respiraba más, sumado a la extrañeza, a la animadversión que naturalmente Él despertaba.
            Lo miré durante minutos eternos tratando inútilmente de pensar qué debía hacer ahora, cuál debía ser mi paso a seguir, qué habría hecho Gordon Pym si estuviera en mis zapatos pero, un movimiento conjunto y violento de su cuerpo, como si todos sus músculos se contrajeran en simultánea, me distrajo de mis pensamientos. Sin moverme de mi lugar miré aterrorizaba como contorsionaba su cuerpo, era obvio que estaba vivo pero parecía sufrir inmensamente. Se sacudía cómo si tratara de saltar de costado, de elevarse y alejarse del suelo.  De pronto lo supe, literalmente era un pez fuera del agua. Sin ninguna duda era Él. 
            Me levanté y tomé mucho aire por la boca, quería llenarme de fuerza, fuerza en mis brazos para volver a arrastrarlo y fuerza para conseguir hacerlo sin sentir arcadas.  Traté de acercármele, pero sus movimientos hacían imposible que llegara a tocarlo. Sin pensármelo mucho tomé otra vez la pala, logré ponerla en su abdomen y hacer presión con cuidado consiguiendo que bajara la intensidad de sus movimientos y, finalmente lo agarré por las piernas. Aparatosamente hacía presión con la pala y lo arrastraba hacia la tina, hasta que, de una forma que es para mi casi un misterio, conseguí tirarlo dentro. El cuerpo se hundió pesadamente, y después de unos diez segundos, yo, presa del miedo, me zambullí para sacarlo a flote. Sus manos se aferraron con fuerza a mi brazo y subimos juntos a la superficie.  Una vez más estaban sus ojos y frente fuera del agua, pero ahora, más de cerca, su piel se veía verde pálida y las venas de sus párpados parecían inflamadas, enormes.
            Traté de zafarme de sus garras y salir de la tina, pero estaba fuertemente aferrado a mi brazo, me aprisionaba hasta casi hacerme daño.  Al principio pensé que estaba perdida, que me había engañado, que lo que quería era rozar a toda costa mi cuerpo desnudo pero, cuando entreabrió sus ojos y pude ver la esfera terriblemente amarilla y algo nublada mirándome, supe que era Él quién tenía más miedo, temía soltar mi brazo y ver lo que vendría después. Así que no tuve más remedio que aquietarme, dejar de resistirme y solo esperar.  Fue entonces cuando mi recuerdo de ahuyama entre las manos de mi abuela finalmente dejó de ser entrañable. Fueron larguísimas horas, horas de silencio, de quietud, de ese olor, de esa presencia suya que me obligaba a aferrarme a mi recuerdo de ahuyama para impedir que saliera huyendo. Era algo superior a la culpa, era algo semejante a la compasión, como una soledad que ve su reflejo y aunque la imagen es aterradora, se niega a dejar de mirarlo.
            De alguna manera hoy sé, y lo intuía entonces, que no fue el golpe, ni siquiera el tiempo que pasó fuera del agua desde que salió del estanque en su casa lo que terminó por matarlo.  Era inevitable.  Al principio me obsesionó la idea de descubrir por qué se había alejado de su segura casa. Lo consideré todo, pero finalmente he llegado a pensar que un ser de su calaña debe intuir claramente el final y a lo mejor solo quiso salir a conocer el mundo antes de abandonarlo, pero sus fuerzas solo lo dejaron llegar a mi patio, a mi cuerpo desnudo, a mi tina.  Antes del amanecer su cuerpo se apagó lentamente, sentí sus manos liberando mi brazo, luego se hizo pesado y se hundió.