Mostrando entradas con la etiqueta Cortitos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cortitos. Mostrar todas las entradas

lunes, 19 de agosto de 2013

INQUINA


Estaba segura que la vieja le tenía ojeriza, siempre seguía todos sus movimientos con esos ojos emponzoñados y rodeados de profundas arrugas, esos ojos verdes que sólo cuando la miraban a ella se tornaba de un amarillo mórbido.  La acechaba mientras ella iba de aquí para allá moviendo sus grandes caderas al ritmo de cada trapeada, o cuando, con el delantal ciñendo su cintura, agitaba con cuidado el guiso en la enorme olla.
Ella sabía, la vieja le tenía inquina.  De poder hacerlo al amparo del día, le habría clavado palillos en los ojos y bajo las uñas de manos y pies pero, nunca llegó a imaginarse que el odio de una mujer pudiera llegar a convertirse en eso, en un sapo negro, gordo y baboso que aparecía entre sus piernas cada mañana después de haber recibido la vista del viejo.

miércoles, 14 de agosto de 2013

PRINCIPIANTE


Sólo pensaba en su mano, en tocarla, en sentirla caliente acariciando su cuerpo.  Ella hablaba sin parar sobre cualquier cosa.  No era ningún experto, pero había oído rumores, sabía cómo asentir de forma convincente, cómo hacer sutiles ruidos con la garganta que indicaran que estaba absolutamente concentrado en lo que ella decía, aunque, por supuesto, importara tan poco de lo que hablara. 
Pero algo debió presentir ella, algo debió habérsele escapado a él, porque antes de que se diera plena cuenta, ella lo sacó de la cajita de plástico, hizo un anillo con  el índice y el pulgar alrededor de su cuello y apretó a la vez dedos y dientes hasta que, finalmente, estuvo segura de que había muerto.  Después, mientras se alejaba, lo tiró por encima de su hombro a la calle justo antes de que pasara un taxi que no se detuvo ante el triste cadáver del hámster.

DE MAL AGÜERO


Hacía horas que ninguno hablaba. Ahora ni siquiera se miraban, ya no sentían ninguna curiosidad, ningún interés por ocupar los pensamientos en algo que no fuera eso, ahí, ellos.  El pudor también había terminado por esfumarse con el tiempo. Que los cuerpos se vieran de ese color enfermo, que hedieran así, tan diferente al olor de cualquier cosa realmente viva,  ya no le importaba a ninguno.
Cuando la sombra de las enormes alas dibujada en el suelo se fue haciendo más pequeña, hasta que quedó casi cubierta por el ave gigantesca, la mayoría ya había muerto. 

martes, 13 de agosto de 2013

LA HUIDA


Cruzó el largo pasillo sin levantar la vista en ningún momento. A ambos lados se abrían, como bocas desdentadas, ventanas y puertas sin marcos, eran agujeros negros hechos a golpe de pica en las viejas paredes de bahareque. 
A veces sentía sobre su hombro, o su mejilla, un haz de luz tibia que venía de los agujeros, una voz lejana, el chillido de la madera bajo algún peso, una bocanada de aire caliente que alcanzaba a estrellarse contra su oreja; pero aún así, no levantó la vista ni detuvo su marcha. Miraba sus pies aparecer debajo de sus rodillas y solo pensaba que si consiguiera llegar al final, si lograra salir con vida, podría estar plenamente seguro de que nada nunca lo mataría.

lunes, 12 de agosto de 2013

CONCORDANCIA DE GÉNERO


–¿Te imaginas la calor que hace allá adentro?
El niño sostiene la paleta violeta cerca de su boca, de vez en cuando extiende la lengua hasta tocar con la punta el pedazo de hielo saborizado, mientras tanto mira como hipnotizado la enorme tela del globo aerostático que empieza a hincharse con la entrada del aire caliente.
Mamá, distraída, enreda su dedo índice en los rulos dorados de la niña dormida en sus piernas.
–Se dice “el” calor.
–Por eso, la calor que debe hacer allá adentro.
La niña de los rulos se mueve inquieta sobre la falda de mamá, abre los ojos, la mira fijo y se pone en pie; sobre sus piernas rechonchas se aleja al parecer siguiendo una pelota dorada que ha ido a parar ahí cerca.
–No, “el calor”.  ¿No ve que el calor es machito?
El niño continúa mirando el globo, la tela de parches rectangulares de colores brillantes hondea y empieza a tomar la esférica forma.  Papá, que con su mano acaricia la espalda de mamá bajo su camisa, se yergue un poco y se sostiene acodado sobre el césped, de inmediato cae en el juego hipnótico de la tela que se hincha.
–Pues claro, el calor viene de “el “ sol.
El niño sin dejar de mirar el globo parece de repente perturbado, su cabeza se inclina un poco hacia la izquierda y sus ojos se entrecierran en un gesto que bien podría parecer concentrado o estúpido.
–¡Pero si ya es de noche! Esa calor no viene del sol sino de “la” candela.
Mamá sale de su sopor y voltea a mirar a papá que aunque parece que mirara el globo, en realidad espía de reojo a su hijo.  Se tarda, lo piensa.
–No se dice candela Camilo, se dice “el” fuego.  El calor del fuego.