Alguna
vez, siendo muy chico, alguien que ya no recuerdo me sentenció, dijo que la
rabia iba a terminar por matarme como a los toches, esos pajarracos diminutos y
amarillos, que según mi abuela se llenaban de tanta ira, hasta que el cúmulo
podrido los hacia estallar, pico, plumas y patas volando hechos mil pedazos.
Eso me dijeron, que si la rabia no me
mataba, me convertiría en un criminal demente. Pero llenarse de tanta
rabia que te hace temblar las piernas como si tiritaras de frio, es una
sensación, de un lado espantosa, como de torpeza inmanejable, pero es también un “envalentonarse”, como si te vaciaran por dentro y te llenaran gota a
gota de poder, poder para hacer lo que sea sin un poquito de culpa inmediata,
sin miedo.
Y
esta rabia que me pudre como a los toches es unan cosa que existe, pero que no
tiene mayor razón de ser: no odio a mi papá más que por haberse ido dejándome
en un nido de ratas comandado por mi dizque
papá, que en ultimas no es nada mío. No odio a mamá más que por ser común y
corriente, por haberme convertido por herencia en un tipo “común y
corriente”. No sé, a lo mejor si ella
hubiera sido una india cherokee, una artista de los malabares sobre los potros
salvajes que luego se convirtiera en una maltratadora alcohólica y medio
prostituta, como la madre del asesino sensible de aquel libro que una vez cayó
en mis manos, a lo mejor sería yo menos común y corriente; claro, sería un matón romántico, pero no sería común y corriente. Imagínenlo, yo hecho un soñador con la
cabeza llena de porquería y las manos manchadas de sangre de toda un familia de
Kansas. Al pueblo no es que lo odie,
pero si se cayera a pedazos por un terremoto, a lo mejor tendría una melancolía
fría detrás de una satisfacción enferma y cálida. Es que aquí no ha nacido un escritor
brillante y borracho, aquí nadie se convirtió en un científico loco o en un
político agrandado con la espalda ancha cubierta por un saco negro. Aquí todos son nadie, o debería decir
apelando a la verdad, somos todos unos cualquiera, porque cualquiera se encarga de una tienda de
víveres o maneja el archivo de la casa cural, cualquiera es obrero, cualquiera
pinta una casa en diciembre para que esté linda en año nuevo, cualquiera se
casa con la primera muchachita que le dejó mostrarle sus habilidades viriles
por las que es llamado “papá” por cinco niños; cualquiera es una monja que se
acuesta acalorada después de ver a escondidas una telenovela subida de tono,
cualquiera cura, cualquiera verdulero, cualquiera conductor de bus, cualquiera
profesora, cualquiera tía, abuela, cualquiera.
Pero
yo, que no me odio más que por mi suerte, en ese tiempo de juventud no quería ser cualquiera. Yo habría merecido la suerte de un marinero
que busca tesoros en océanos lejanos, de un pianista atormentado, un
gran actor que llora y sufre en las tablas y luego bebe hasta que su cuerpo se
ablanda, un escritor neurótico borracho
y puto, un aviador con un aeroplano colorado, un vidente que secretamente consultan
los negociantes europeos, un guerrillero legendario poeta y asesino, algo
grande que nadie olvidara contar, algo que fuera una historia para aleccionar
chiquillos, algo, lo que fuera.
En la
escuela, después de tantísimos años todavía me acuerdo, nos preguntaron una vez ese clásico de ¿qué quieren
ser cuando sean grandes? esa preguntita que sin saberlo quien la plantea, es un
bicho que se siembra bajo la piel y crece y crece comiéndoselo a
uno vivo. Por pura maldad se lo come a
uno el bicho, solo porque uno nunca podrá ser nada bueno, de fracasos se alimenta él, en lugar de dejarlo a uno en paz con su suerte de “cualquiera” el bicho se
lo come, me comió a mí mismo como se ha comido a tantos otros pobres diablos.
A
la pregunta aquella, la del bicho, se contesta cada cosa. Recuerdo a uno con
los pelitos rizados como niña de cuento, que contestó sonrosado, que quería ser
princesa. El muy maricón, a sus siete
años dijo que quería ser princesa. La
profesora, se lo tenía merecido por sembrar el bicho, se puso de todos los
colores y con voz temblorosa – pero Juan (por llamarle de alguna manera) tu no
puedes ser princesa, pero puedes ser un guapo príncipe. Juan absolutamente seguro de sí mismo, le
dijo que sería princesa y todo el mundo lo iba ver. Una niña rechoncha dijo que sería monja, y
seguro que sí, porque conseguir marido no es tan difícil para muchas, pero para
algunas puede ser una labor infructuosa
de toda la vida. Otra, sin que le
preguntaran, y como contestación apasionada a la respuesta de la rechoncha,
dijo que no, que ella se casaría y tendría muchos hijitos. Tonta, ¿qué las mujeres solo quieren servir
de hacedoras de más perdedores? Un niño
pálido de mirada anémica dijo que cuando fuera grande quería ser negro, yo no
entendí, pero no me pareció tan descabellado o indigno como tantas otras
respuestas. Uno muy flaco, y con rasgos de indio, dijo orgulloso que sería
bombero; ¿bombero? Para qué un bombero en un pueblo donde jamás se ha quemado
más que carbones en los asados de domingo, en un pueblo donde si un incendio se
iniciara acabaría con lo poco que hay, y dicho sea de paso, eso no sería tan
malo, aunque fuese por su extinción el nombre del pueblo saldría en uno que
otro periódico.
Muchos,
los más precozmente conscientes, dijeron que serían lo mismo que eran sus
padres: vendedor de tienda o en el mejor de los casos propietario; mamá, papá,
profesora rural, panadero, cocinera, e incluso, el más ambicioso quería ser
alcalde. Generalmente ese ambicioso era
el hijo o sobrino del alcalde, y claro, ese tenía esperanzas de serlo, el poder
político del pueblo es un bien familiar, como una casa o una mesa.
Yo
por mi parte estaba un poco aturdido por la pregunta. En mi casa, a diferencia
de muchas otras, la mamá no hablaba al pequeño jugueteando con sus fantasías
sobre hijos con grandes porvenires. Yo
en principio pensé en eso de ser grande, me preguntaba si la profesora se
refería a ser grande como ella o mi dizque
papá, o se refería a ser en verdad “grande”, a ser un gran sujeto que la
gente mirara al pasar pensando “ese que va allí caminando, ese es un gran
tipo”. Supongo que estuve mucho tiempo dándole
mentalmente la vuelta al pueblo, como lo hago ahora, antes de contestar a la
pregunta con la voz chillona de entonces –cuando yo sea grande, profesora,
quiero ser “grande”; lo que no sabía por aquella época era que al final iba a resultar siendo solo esto que soy ahora.
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